Spielberg es sinónimo de aventura en estado puro. Y es eso, lo que nos ofrece por todo lo alto en esta superproducción con la colaboración de Peter Jackson. El trabajo de estos dos cineastas, probablemente, los más talentosos y visionarios del cine de aventuras de todos los tiempos, no sólo ha dado como resultado el acontecimiento cinematográfico del año, sino el inicio de una complicidad para producir un cine de atracciones que irrumpe por primera vez en la tercera dimensión a partir de unos criterios estéticos que fuerzan el desarrollo de la tecnología digital. Técnicas magníficamente ejecutadas en cada una de las puestas en escena, que las engrandecen y en ningún momento están de más. Con el empleo de esta tecnología que tan magistralmente emplea Jackson, se logran movimientos imposibles de cámara en el mundo real. Una mención aparte merece la imagen basada en la captura de interpretación facial, ya utilizada con Gollum en El señor de los anillos y en las últimas versiones de King Kong y El planeta de los simios, con la que alcanzan una desconocida dimensión los rostros de Jamie Bell (Tintín), Andy Serkis (Haddock), Daniel Craig (Shakarine) y demás personajes que quedan en un limbo digital donde cada rasgo y textura responden a su modelo, entre la apariencia de la realidad y el trazo claro y colorido de Hergé.

Esta adaptación de los cómics de Hergé, no es sólo del que da nombre a la cinta sino una elaborada síntesis de tres de ellos (El secreto del Unicornio, El cangrejo de las pinzas de oro y El tesoro de Rackham el rojo). Eso sí, con la inexcusable ausencia del doctor Tornasol.

Las persecuciones acrobáticas rememoran al auténtico Indiana Jones, su espectacularidad a Hook, su tono y ritmo narrativo nos reconcilian con Spielberg, incluso haciéndonos olvidar su última entrega del célebre arqueólogo en el reino de la calavera de cristal.

De esta primera entrega, de la segura saga, recomiendo dos momentos inolvidables de la película; la persecución por el pueblo ficticio de Bagghar realizada en plano-secuencia y la de la lucha en alta mar entre los galeones de Francisco Haddock y el de Rackhman el Rojo. Ambos son de una culminación estética y un vértigo narrativo que convierten la aventura en memorable.

Sin olvidar que Georges Remí, Hergé fue colaboracionista con los nazis, integrista católico y racista ocasional, sus trabajos han pasado a la historia, sus dos docenas de historietas de cómic protagonizadas por Tintín y Milú se han traducido a un centenar de idiomas, han vendido más de 250 millones de copias y han dado lugar a adaptaciones teatrales, radiofónicas y televisivas, gracias única y exclusivamente a la capacidad que tienen sus aventuras para trascender idiomas, culturas y escenarios temporales.