Nos han traído unas caracolas y dentro canta un mar de mapa, parafraseando a García Lorca en un pequeño poema de título deducible. En este caso nos presentan algunas de las ocho mil, aproximadamente, recolectadas por Neruda, a veces como hacen las mariscadoras a la orilla del mar, otras con afán de coleccionista entre mercados de anticuario o amigas como Juana de Ibarborou, otra gran coleccionista y poeta, mas siempre con ansia de mar, su persistente aliada en poesía.

Los moluscos de las caracolas forman su concha secretando unas sustancias proteínicas que desarrollan una matriz de cristales, logrando esa textura pulida que tanto atrae. Las conchas guardan el eco del rumor del mar, y aunque la explicación científica viene a decir que al ponérnosla en el oído amplifica el murmullo de la sangre recorriendo el sistema auditivo, en nada resta poética, pues lo que hace es evocarnos nuestro origen. Estos caprichos marinos nacarados, tienen una forma semejante a la cóclea, con lo que en nuestro oído interno se logra un reencuentro de espirales, dos metonimias que fertilizando sonidos reconstruyen un completo mar de recuerdos.

Sólo cuando muere el molusco, su exoesqueleto renace para la admiración, igual que el arte de los cenotafios. Ahora llegan las caracolas a Madrid, una tierra siempre deseosa de océano cuyas gentes saltan a las playas al menor descuido del calendario, playas del azul o playas de cuero de Castilla como diría Neruda desde la Casa de las Flores, cercana al antiguo “Barrio de Pozas”, donde habitó un tiempo. Y las caracolas pasan a ser metáforas: de las casas del alma, de los caracoles del mar de Castilla, del cementerio marino donde quedan varadas estas flores de porcelana, de aquel mar de mapa que Lorca cantaba y que se llenó “de sombra y plata”.