La contemporaneidad de estas ideas es evidente y contrastable, basta para ello visitar algunos de los espacios destinados a las compras en un país mediterráneo como el nuestro, tan propenso, por razones culturales, a los mercadillos y, más recientemente, a la tendencia internacional de las tiendas “factory”. Paradigmas de modelos de consumo, que segmentan a la población en función de su nivel adquisitivo.

Los mercadillos suelen ser lugares populares, en donde es posible comprar cualquier objeto y bienes de primera necesidad a precios económicos. El ambiente es en sí mismo un espectáculo y los mercaderes son personas singulares que, a voz en cuello, atraen la atención de los compradores. Son quizá la versión posmoderna de los mercados medievales, por cierto, tan de moda en España en los últimos años.

Además, de los mercadillos tradicionales, es habitual encontrar en las grandes ciudades españolas rastrillos espontáneos de objetos, en su mayor parte incomprables, algunos de procedencia dudosa e incluso ilegal, que son ofrecidos a pie de calle por personas de nacionalidades diversas.

Las tiendas “factory”, por su parte, se presentan para un público de clase media. Un público que adquiere productos de marca en espacios simulados de lujo, en los que se sienten realizados y parte de la sociedad más opulenta por el mero hecho de adquirir y llevar el sello visible de marcas, que previsiblemente resultarían inaccesibles bajo otras condiciones.

Las falsificaciones de productos de grandes marcas de lujo, que son buscados y consumidos, no sin cierta paranoia de grandeza, por ciudadanos con deseos de notoriedad aparente. Estas personas realizan un simulacro de lo que querrían realmente ser, representando al hombre esclavo de su sociedad, que por el hecho de vivir en sociedades de cara al exterior, son más susceptibles de caer en procesos de pauperización psicológica y de anomia, si no pueden alcanzar con facilitad sus deseos y sus aspiraciones de status.

Los que acuden a todos estos lugares de venta tienen como denominador común buscar la ganga, el mejor precio. Unos lo hacen con la intención de no menguar en exceso sus exiguos recursos económicos, comprando buena parte de sus artículos de primera necesidad. Además, los asiduos de los mercadillos, fundamentalmente amas de casa, se sienten integradas entre los allí presentes, cumpliendo estos espacios de encuentro una función social cohexionadora.

Sin embargo, los que acuden a las tiendas “factory” no tienen como objetivo adquirir bienes de primera necesidad, sino que buscan primordialmente un buen precio en ropa y complementos de marca. En este caso se trata de espacios cerrados, de largos pasillos, iluminados con luces alógenas, que denotan frialdad, percibiéndose un mayor hermetismo entre el público que allí acude. Nadie conoce a nadie y a diferencia de las microsociedades que representan los mercadillos, los compradores de estas tiendas son meros consumidores, competidores por el botín de la prenda mejor y más barata, que les permita mostrarse ante los demás con el status que desearían tener o aparentar, aunque no lo tengan.

Los mercadillos populares, los rastrillos y las tiendas “factory” están proliferando y previsiblemente tendrán un buen futuro, máxime en tiempos de crisis económica como la actual y con la implementación de una serie de medidas anticrisis, que van a repercutir directamente en el bolsillo de los ciudadanos. Esperemos que no afecte negativamente a otro tipo de comercios dedicados también a la venta de bienes y artículos similares.