Retomando los resultados de Forbes cuatro cuestiones merecen ser consignadas: la primera que el norteamericano Bill Gates, con una fortuna de 76.000 millones de dólares, el mexicano Carlos Slim, con una riqueza personal de 72.000 millones y el español Amancio Ortega con 64.000 millones se simultanean en los primeros puestos desde hace años. La segunda, que la riqueza personal de las 1.645 fortunas que engrosan la lista asciende a 6,4 billones de dólares (un billón más que en 2013). La tercera que por países dominan los Estados Unidos, con un total de 492 millonarios; seguido por China con 152 y Rusia con 111, estrenándose en esta lista Argelia, Lituania, Tanzania y Uganda. La cuarta, que del año 2013 al 2014 han aumentado en 6 los ricos españoles, contabilizándose un total de 26, al tiempo que su fortuna aumentó casi un 20%.

Y algunos de ellos, borrachos de poder se toman la licencia, más que amoral, de hacer declaraciones como las de un conocido empresario norteamericano, dueño de un capital de 6.000 millones de euros que ha llegado a decir que los ricos deberían tener más voto que los pobres o las de un importante inversor canadiense quien considera que la desigualdad en la distribución de la riqueza es algo “fabuloso” y una inspiración para que la gente luche por llegar a lo más alto.

Más que amoral cuando según el informe de Save de Children Acabar con la mortalidad infantil, publicado el 25 de febrero, un millón de niños murieron en 2012 durante las 24 horas tras su nacimiento; con especial incidencia en Pakistán, en diversos países africanos, Afganistán y Bangladesh y cerca de tres millones no sobrevivieron los 28 días.

Más que amoral cuando según datos proporcionados en la III Conferencia Global sobre el Trabajo Infantil, celebrada en octubre de 2013, se manejó la cifra de 168 millones de menores trabajadores en todo el mundo (10,7%), concentrados particularmente en el África Subsahariana (21,4%), en Asia(9,3%) y en América Latina (8,8%).

Una cantidad tan abultada de infantes trabajando en el mundo violenta la Convención sobre los Derechos del Niñode Naciones Unidas de 20 de noviembre de 1989, en concreto los Artículos 28 y 29 en los que se les reconoce el derecho a la educación con la finalidad de “desarrollar la personalidad, las aptitudes y la capacidad mental y física del niño hasta el máximo de sus posibilidades”, y les impide vivir una infancia entre juegos y algodones de azúcar, a resultas de la pésima situación económica de sus familias y/o a consecuencia de factores ligados a su cultura de procedencia, en donde el empleo está vinculado a la organización familiar. Lo cual explica, a pesar de no poder aprobarlo, la existencia del Movimiento Latinoamericano y del Caribe de Niñas, Niños y Adolescentes (MOLACNATS), en el que se encuentran sindicados 8.000 y cuyo secretario Ángel González sostiene que “Ninguna política, inclusive las de erradicación, se puede llevar a cabo sin escuchar a los niños. El movimiento no hace una defensa del trabajo, sino de los niños trabajadores”.

Más que amoral cuando el nuevo Informe sobre Acción Humanitaria de UNICEF, hace un llamamiento para recaudar 2.200 millones de dólares, la cifra más alta de su historia, con la finalidad de dar solución a las nuevas emergencias humanitarias que no fueron financiadas suficientemente en 2013 e incluso no fueron atendidas. Es el caso de Malí y Somalia, frente a Siria que obtuvo el 40% de las contribuciones.

Más que amoral cuando entre los retos de UNICEF del año 2014 se encuentran el tratar a 2,7 millones de niños contra la desnutrición aguda grave, vacunar a 19 millones contra el sarampión, dar acceso a agua potable a 23 millones para beber, cocinar y su higiene personal, asegurar una mejor educación formal y no formal para 6,9 millones u ofrecer apoyo psicológico a 2 millones.

Finalmente, salvando las distancias, pero también más que amoral, cuando en un país desarrollado como el nuestro, la pobreza infantil ha seguido una tendencia al alza en la última década y media, aglutinándose entre los hogares con hijos dependientes y dentro de los mismos, entre los hogares monoparentales con hijos a su cargo y entre las familias numerosas. Y ha implicado que España sea el país europeo donde mayor sea la brecha de pobreza infantil (29,3% en 2005 y 35,1% en 2011) y que muchos pequeños hayan sido relevados a un estatus de ciudadanía secundarizada.

Y en contra de la falta de moral y humanidad de algunos poderosos, siendo la desigualdad, la pobreza y la exclusión social productos perversos de nuestra sociedad y no del “inevitable destino”, la realidad de un mundo con millones de seres humanos que no han podido vivir la ilusión de su infancia y que se han visto obligados a trabajar desde tempranas edades, bajo condiciones de explotación y casi esclavitud, no es un mundo del que podamos sentirnos orgullosos. Debemos invertir esta tendencia urgentemente y para ello deberían crearse sistemas de protección social que apoyen a sus familias, garantizando a sus padres el acceso a trabajos dignos y decentes, al tiempo que se priorice su incorporación a las escuelas y, en general, que se apliquen en todo el mundo las leyes de protección a la infancia.