La verdad es que en ocasiones uno siente un poco de vergüenza ajena cuando ve que alguien minusvalora a otras personas, y su papel, por la vía de ensalzarse a uno mismo y a sus supuestos logros en períodos pretéritos. Quizás los que ya vamos teniendo algunos años solemos tender a sobrevalorar en demasía nuestros “viejos-buenos” tiempos en comparación con algunos hechos y liderazgos actuales. Lo cual, en ocasiones, es un tanto injusto y desproporcionado, por más que algunos tengamos la impresión de que no se están aprovechando bien todos los recursos humanos y las capacitaciones de bastantes personas del PSOE, también de varias generaciones.

Pero una cosa es argumentar o reflexionar positivamente a favor de un mayor esfuerzo de rigor y cualificación y de una mayor capacidad de integración y disposición a sumar fuerzas y colaboraciones, y otra cosa distinta es hacer rechiflas sobre personas que merecen un respeto, al tiempo que uno mismo se presenta poco menos que como el más alto campeón de las cualidades y de las disponibilidades a aceptar el debate y las opiniones ajenas.

Y en esto me parece que Solchaga no sólo es injusto, sino que da muestras de una notable desmemoria. Aunque en su momento tuve serias discrepancias con Solchaga, creo que el paso del tiempo –y la memoria precisa de ciertos hechos– me permiten hacer alguna consideración razonablemente objetivada, sin muestra de animadversión personal alguna.

Como ocurre en toda obra humana, es cierto que Solchaga hizo algunas cosas buenas, de la misma manera que en la primera década de gobiernos de Felipe González fueron muchos los aciertos y los logros positivos. Pero también se dieron errores y equivocaciones que luego condujeron a una etapa de enfrentamientos internos, de ensimismamiento y de declive. Y en estos aspectos creo sinceramente que el propio Solchaga tuvo algunas responsabilidades, como él mismo apunta en la mencionada entrevista, al señalar que Felipe González era consciente de que las posiciones de “su” ministro de Economía eran bastante minoritarias en el seno del PSOE y que no se podía someter al partido a tanta “tensión interna”. Precisamente algunas “cabezonerías” de Solchaga fueron causa de serios problemas.

Desde luego, las veleidades presidencialistas de Felipe se hicieron patentes a medida que fue afianzando su liderazgo, y no es cierto que las cosas entonces se debatieran de forma tan franca e intensa en el seno del PSOE, sobre todo a partir del momento en que se hicieron presentes diversas discrepancias internas que no se supieron encauzar adecuadamente, debido a presiones muy específicas. Por ejemplo, los Presupuestos Generales del Estado no se debatían en el seno de la vieja Comisión Ejecutiva del PSOE con la intensidad que Solchaga parece recordar. Todo lo más se hacían algunas preguntas, se pedían algunas aclaraciones y se hacían algunas sugerencias, que al final se tenían en cuenta o no se tenían en cuenta. En este campo Solchaga siempre fue muy celoso de su responsabilidad, incluso sin tener debidamente en cuenta que formaba parte de una organización política compleja y que las “decisiones del Consejo de Ministros” son solidarias y del conjunto, no de personalidades imbuidas de una seguridad absoluta en sus propios criterios, al margen de lo que pudiera pensar la mayoría.

Como quiera que “agua pasada no mueve molino” y que no es bueno enconarse mucho en conflictos del pasado, sólo voy a recordar aquí dos hechos bien concretos y ciertos en los que Solchaga tuvo una responsabilidad central, y que acarrearon problemas y costes apreciables para el PSOE. El primero fue negarse cerradamente a aceptar sugerencias y eventuales propuestas de aproximación y de consenso en los célebres Presupuestos que condujeron a un conflicto abierto con los sindicatos. Solchaga no aceptó un incremento presupuestario de finalidad social y de carácter moderado (que los sindicatos estaban dispuestos a aceptar) por una cuestión de “principio”, sencillamente porque los Presupuestos los hacía él, que era de Tafalla. Así que luego vino una huelga muy erosiva para el Gobierno, que requirió de acuerdos ulteriores que tuvieron una repercusión presupuestaria muchísimo mayor que la que inicialmente Solchaga se negó a aceptar, y ni siquiera a discutir. Pero lo peor fue que, a partir de este momento, UGT se distanció del PSOE y el partido perdió fuelle sindical interno y apoyos en el mundo del trabajo.

La segunda “ocurrencia” fue salir del Congreso del PSOE, en el que se había aprobado por gran mayoría el Programa 2000, afirmando solemnemente a los periodistas que “había perdido el Congreso”. Pese a lo cual Felipe González lo mantuvo como super-Ministro de Economía, introduciendo una importante quiebra en la lógica democrática del PSOE, que a partir de entonces tenía un Ministro que estaba totalmente en contra de lo que tan abrumadoramente había aprobado su Congreso. ¿Para qué servían, pues, los Congresos y debates tan intensos y participativos como el Programa 2000? –nos preguntamos entonces algunos. Pero la realidad es que, poco a poco, pero sin pausa, todos los que formábamos parte de la Comisión del Programa 2000 (que, por cierto, avanzaba mucho de lo que ahora casi todos consideran necesario) acabamos siendo “apartados” de nuestras responsabilidades en el Partido y en el Gobierno. No sé lo que ahora pensará sinceramente en su fuero interno Carlos Solchaga de todo aquello, pero lo cierto es que desde la lógica de la democracia no puede negarse que entonces se dio una notoria deriva hacia el hiper-presidencialismo, que se alejaba del sentir de bastantes electores del PSOE. Lo que condujo a las dos legislaturas de Aznar.

Por lo tanto, hay que ser conscientes de que en las historias políticas y en las añoranzas del pasado no suelen ser muy certeros los “recuerdos” de buenos y malos absolutos, ni las imágenes en blanco y negro sin matices y, por lo tanto, sería positivo que, con el paso del tiempo, y con una cierta capacidad de bonhomia todo el mundo fuera capaz de reconocer sus errores y no hacer gala tan exagerada de engreimientos tan cerrados, orientados a minusvalorar otros esfuerzos y otros talantes. A no ser que lo que se pretenda en el fondo, una vez más, sea impugnar la mayor de algunas orientaciones de la política socialista actual, por la vía de echar leña al fuego lento en el que algunos quieren cocer a determinados líderes políticos. Lo cual se aleja bastante, también en este caso, de los patrones y las formas de actuar y debatir propias de una democracia seria y madura.