Por eso, pienso desde hace mucho que la defensa de la dignidad de la condición humana y el propio disfrute del derecho básico de la libertad se encuentran íntimamente conectados a las posibilidades de disfrutar de una posición social equitativa. Y, por eso, posiblemente mi orientación profesional y mi trabajo intelectual siempre se han inclinado por derroteros vinculados al estudio de las desigualdades sociales.

En esta perspectiva, muchas veces me he preguntado cómo podría explicarse la naturaleza extrema de las desigualdades que se dan en este Planeta si en algún momento se estableciera contacto con seres muy inteligentes provenientes de una civilización superior, más avanzada social y moralmente.

Lógicamente, mi pregunta, un tanto retórica, parte del presupuesto de que habría que intentar lograr una explicación convincente para alguien bastante inteligente, que no quedaría satisfecho con toda la sarta de disparates, contradicciones y autocomplacencias pueriles que han sido ensayadas por una larga lista de autores clásicos y modernos.

Quizás la teoría más plausible que se ha planteado en este terreno sea la de los teóricos funcionalistas de la estratificación social, que han argumentado sobre la utilidad de las desigualdades para la optimización del funcionamiento de los sistemas sociales. Reduciendo sus argumentos a lo más elemental, estos sociólogos sostienen que una cierta dosis de desigualdad es conveniente para lograr que las personas se esfuercen por tener determinados niveles de conocimiento y pericia y por desempeñar aquellas tareas que reportan utilidades especiales para el sistema. Es decir, las desigualdades –según se sostiene– forman parte de una estructura útil de premios y castigos que garantizan que en la sociedad aquellas tareas que son más necesarias, más productivas y más innovadoras sean realizadas por aquellas personas más capaces y más dispuestas a prepararse y trabajar duro para desempeñarlas óptimamente, a cambio de los premios pecuniarios y de los niveles de vida que llevan aparejadas. Si no existiera dicho esquema de premios y castigos y todo el mundo tuviera las mismas recompensas –arguyen estos sociólogos–, prácticamente nadie se esforzaría en innovar, en crear empresas, en emprender nuevos proyectos o en capacitarse para ocupar los puestos más especializados, de forma que las sociedades se estancarían y entrarían en la rutina y la indiferencia.

De esta manera, algunos sostienen que las desigualdades son funcionales para el progreso y el desarrollo de las sociedades y que, por lo tanto, es positivo que se “pague” de manera desigual a los que contribuyen de desigual manera al buen funcionamiento y a la prosperidad general de las sociedades. “Si eres inteligente, ¿por qué no eres rico? –se proclama, con exageración notable, en un típico aserto norteamericano que algunos magnates gustan de tener colgado de la pared de sus despachos.

Desde luego, si se lleva esta teoría hasta sus consecuencias más extremas nos encontraríamos con la paradoja de una práctica “santificación” del hambre y la pobreza más severa, como consecuencia funcional de tales interpretaciones prácticas. Y, por esa vía, incluso se podrían llegar a justificar prácticas de utilización del dolor físico como elemento incentivador del aprendizaje, como en los célebres experimentos de Stanley Milgram.

Como puede entenderse, el problema son los efectos perversos y extremos a los que se puede llegar por esta vía, tal como estamos viendo en las sociedades de nuestro tiempo, donde las desigualdades y las carencias extremas tienden a expandirse. Precisamente tal expansión empieza a conducirnos a situaciones en las que se evidencian las disfunciones de las desigualdades en un sentido distinto al que hace unos años teorizaron los sociólogos funcionalistas de la estratificación social.

Es decir, lo que se está constatando en nuestros días es que cuando las desigualdades se agudizan en extremo y el número de personas y de países que se ven afectados por carencias severas tiende a aumentar, entonces se traspasa un umbral de funcionalidad y las consecuencias de las desigualdades se tornan perturbadoras para la sociedad e incluso para la buena funcionalidad económica. Y esto es algo de lo que debieran tomar nota aquellos para los que la conmoción moral y humana que causan tales situaciones no es razón suficiente para reclamar enfoques más equilibradores y equitativos.

Sólo dos apuntes sobre las disfunciones económicas de las desigualdades: a nivel internacional el hecho de que la riqueza no esté aumentando en la magnitud necesaria allí donde reside la gran mayoría de la población va a dar lugar a un fenómeno migratorio de una magnitud y unas consecuencias como nunca antes se han conocido. Si la riqueza no va allí donde está la población, lo lógico es que la población intente ir allí donde está la riqueza. Y esto será inevitable y posiblemente se producirá en las próximas décadas de manera verdaderamente masiva e imparable, acompañado de tensiones y fenómenos sociológicamente dislocadores y económicamente perturbadores. Es decir, con un grado notable de “disfuncionalidad”. En realidad en nuestros días estamos solamente ante el principio de esta tendencia.

A su vez, a nivel interno de los países desarrollados, las derivas desigualitarias, con sus correspondientes restricciones en la capacidad de consumo y de bienestar social de un número creciente de personas, sobre todo en las nuevas generaciones, está afectando –y cada vez afectará más– a la propia funcionalidad de las empresas, dando lugar a fenómenos de crisis de consumo que inciden en la situación general de crisis de una manera recurrente y autoalimentadora. Lógicamente para las empresas siempre será mejor no verse afectado por tensiones laborales y políticas y contar con sectores amplios de ciudadanos que tengan trabajos razonables e ingresos seguros y suficientes que les animen a emprender consumos solventes de bienes y equipos en las cantidades oportunas que puedan garantizar una evolución positiva de la economía. Pero, si eso no ocurre, si aumentan las desigualdades, si retroceden las clases medias y si un número creciente de personas quedan “excluidas” de los circuitos dinámicos de la economía, es evidente que se caerá por una pendiente de disfuncionalidades regresivas.

En suma, a la vista de los hechos y las tendencias apuntadas, parece necesario que a los criterios clásicos de enjuiciamiento de las desigualdades se una esta nueva dimensión que considere también las disfuncionalidades sociales y económicas que están en curso.