En su conjunto, en los medios de comunicación despiertan más interés las confrontaciones entre diferentes líderes que las exposiciones detalladas de posibles soluciones y alternativas a los problemas que nos abruman en estos momentos a muchos españoles. También suscita más interés todo aquello que puede ser -o parecer- nuevo o diferente. Por eso, es frecuente que estos días se escuche decir que esta es la primera vez que en el PSOE se va a elegir a su líder por votación de todos los afiliados. Lo cual no es cierto. Lógicamente, en un partido que tiene 135 años de historia han ocurrido muchas cosas diferentes, que se compadecen mal con la tendencia al “adanismo” (todo empieza por mí) que tan frecuente es en nuestros días.

Aunque las primeras décadas de la historia del PSOE estuvieron muy influenciadas por la fuerte autoridad del liderazgo de Pablo Iglesias Posse, lo cierto es que este partido siempre fue una organización en la que existió un gran empeño en conjugar criterios serios de organización con unas prácticas internas democráticas y participativas. Cualquiera que conozca mínimamente la historia del PSOE sabe que su vida ha estado penetrada de debates muy vivos, no solo en sus Congresos, sino también en sus diferentes plataformas y organizaciones territoriales. De hecho, hasta que el Golpe Militar, y la posterior dictadura franquista, segaron de raíz la democracia y la vida de los partidos políticos en España, los candidatos del PSOE a los distintos puestos de representación se solían elegir por sufragio universal directo de todos los afiliados, mediante urnas que se instalaban en las Casas del Pueblo durante un tiempo suficiente como para que nadie se quedara sin poder votar.

Igual ocurrió durante la última etapa hasta la Guerra Civil con los miembros de la Comisión Ejecutiva, no solo con su líder máximo. Incluso, se cuenta el hecho extraordinario de que en plena Guerra Civil se realizaron elecciones para cubrir las vacantes que se habían producido como consecuencia de la muerte violenta de los miembros de la Comisión Ejecutiva que habían sido víctimas de la represión en las zonas controladas por los sublevados.

Por lo tanto, no estamos ante algo nuevo, ni ante la simple imitación de un ejemplo que viene del otro lado del Atlántico, como son las elecciones primarias norteamericanas, que responden a unas tradiciones y a unas realidades sociológicas y políticas muy diferentes a las de países como España.

En cualquier caso, hay que ser conscientes de que, tanto en España como en otros países, el procedimiento de elección directa mediante sufragio universal mayoritario de líderes y candidatos dio lugar a que en las listas finales figuraran las personas más prominentes y conocidas, tanto de unas como de otras orientaciones. Lo cual estaba -está- muy bien desde el punto de vista de la representación, pero daba lugar a problemas de funcionalidad y coherencia en las actuaciones políticas, sobre todo cuando existían serias diferencias de carácter estratégico y sustantivo. Como ocurrió en el PSOE durante los últimos tiempos de la II República. Por eso, tal modelo solía ser conjugado con el de los Congresos, que tenían capacidad para establecer posiciones comunes, de acuerdo a la lógica -también democrática- de las mayorías y las minorías.

En cualquier caso, después de la Guerra Civil, en el PSOE se estableció el método -democrático- del funcionamiento en base a la representatividad de los Congresos. Y nadie puede negar que este método permitió bastante coherencia y dio buenos resultados durante el ciclo de la Transición.

En estos momentos, y desde hace años, yo me encuentro entre los que desean tener mayor capacidad de participación directa en la elección de mis representantes y responsables políticos. Creo que así pensamos la gran mayoría de los ciudadanos de sociedades como la España actual, a los que nos gustaría avanzar hacia democracias más participativas, más auto-responsables y con mayor capacidad implicativa. En torno a estas cuestiones he escrito varios libros y artículos, por lo que no me extiendo aquí en ello.

Por lo tanto, sobre la base de unos criterios que son buenos y positivos, y que responden a una tradición que en el caso del PSOE tiene raíces y antecedentes muy claros, lo importante ahora es que el método democratizador se aplique de manera clara y rigurosa, con igualdad de oportunidades y juego limpio, y que pueda dar resultados positivos y no sea fuente de nuevos hiperliderazgos. En este sentido, no hay que minusvalorar la posibilidad de que, tal como se están enfocando las cosas, surjan hiperliderazgos sin contrapesos adecuados en los Congresos y sin capacidad -o voluntad- para generar unas dinámicas adecuadas de trabajo en equipo, como requieren las sociedades actuales para el ejercicio adecuado de la política.

De ahí que ahora seamos muchos los que pensamos que en el PSOE es necesario, por un lado, trazar líneas de actuación serias, atendiendo prioritariamente a los proyectos y propuestas concretas, con suficiente grado de concreción y credibilidad y, por otro lado, ajustar bien los distintos planos de funcionalidad del partido como organización.

Habrá que ver si todo esto se logra solucionar adecuadamente en las próximas elecciones directas internas. Especialmente, habrá que esperar -y desear- que los candidatos sean suficientemente claros en la explicación pública de sus ideas y propuestas concretas, no solo las de carácter general, sino también las que permitan garantizar que el PSOE del siglo XXI sea también una organización bien estructurada.

En definitiva, lo que muchos socialistas querríamos en estos momentos es poder ejercer un voto “informado”, a partir de una razonable igualdad de oportunidades de todos los candidatos, y tener la confianza de que vamos a poder optar por un “proyecto”, y no solamente por un nuevo talante, o un rostro agradable, a partir de apoyos asimétricos por parte de grupos poderosos, algunos ajenos al PSOE. Y, al mismo tiempo, debemos tener garantías de que existe voluntad de ejercer el liderazgo de una manera democrática y coherente. Es decir, lo que habrá que lograr es que el nuevo modelo del PSOE sea mejor y no peor que el anterior. Por eso, el empeño bien merece la pena que sea llevado a buen puerto con todas las garantías. En caso de que todo esto no quede garantizado, e incluso que algunos candidatos no cuenten con las mismas oportunidades, el resultado final puede ser bastante dudoso en términos de restablecimiento de la credibilidad perdida, o como se advertía en el viejo refrán, hay que evitar “ir por lana y salir trasquilados”