“Aquellos que anuncian que luchan en favor de Dios son siempre los hombres menos pacíficos de la Tierra. Como creen percibir mensajes celestiales, tienen sordos los oídos para toda palabra de humanidad”

Stefan Zweig

“Las hermanas” confirmará al lector avisado las razones y motivos por las que Zweig fue acusado de aparente superficialidad. Por un lado, se lee como un tiro, con esa facilidad gratificante que tienen todas las “nouvelles” del escritor austríaco, y, por eso, bajo los reproches de otros habituales del Parnaso centroeuropeo de la primera mitad del siglo XX, más sesudos pero menos comerciales, tal vez se encontrara el rostro de la envidia.

Por otro lado, el consabido juego del encuentro con un extraño que se convierte en narrador a lo largo de la conversación, la endeblez de la trama y el esquematismo de la fábula moral, la escasez de acontecimientos en algunos tramos o la intromisión constante del narrador erigido en juez, hacen pensar lo que hace tiempo se sospecha: que Zweig era un hábil efectista, un maestro en la biografía, el ensayo y el relato memorialístico, y que incluso podía bandearse en la ficción cuando se trataba de las distancias cortas, pero que el entramado no aguantaría empresas de más envergadura y calado.

El lector reconocerá aquí el suspense de “¿Fue él?”, la inmersión en el mundo femenino de “El amor de Erika Ewald” o la perspicaz revisión del mito de “Los ojos del hermano eterno”.

Se trata de una historia amena y entretenida, en la que se conjugan extrañamente sabiduría y perversidad. En la Aquitania medieval, la vida de dos gemelas, Helena y Sophie, transcurre en una competición incesante hasta que eligen destinos contrapuestos, el lupanar y el convento. Pero, sobre todo, “Las hermanas” recoge uno de los lugares comunes más frecuentados en la literatura moderna, en especial en la fantástica, desde sus orígenes románticos: el tema del doble. Una historia de envidias y belleza, de ambiciones y dilemas morales, donde la mujer ha de bregar en un mundo cuyo código ha sido dictado por los hombres