En España existen del orden de 25.000-35.000 personas “sin hogar”, de las cuales aproximadamente 6.000-6.500 se encuentran en la calle. Contabilizando las diversas variantes en función de la tipología europea ETHOS, nos situamos como mínimo en una cifra que supera el millón y medio de personas.

La actual crisis económica ha incrementado los riesgos de exclusión social para capas cada vez más amplias de la población y existe de hecho una importante demanda de recursos asistenciales entre los sectores más vulnerables (en 2011, Cáritas española atendió a más de 1.000.000 de personas y 900.000 se acogieron al Programa de Distribución de Alimentos de Cruz Roja Española), y la ciudadanía denota una mayor sensibilidad social ante una realidad que vive y siente próxima y cercana.

Los resultados del ‘VI Recuento de personas “sin hogar”’ de Madrid celebrado el pasado 13 de diciembre han puesto sobre la mesa varias cuestiones dignas de aprecio.

En primer lugar, que ha sido posiblemente uno de los ejercicios de ciudadanía de mayor alcance en la capital. No en vano se inscribieron para participar en el recuento más de 900 voluntarios, una cifra que supera ampliamente el record hasta la fecha de 629 personas del cuarto recuento que tuvo lugar en marzo de 2009. En la línea de los recuentos previos, en 2012 los inscritos fueron en su mayor parte mujeres (68%), personas jóvenes (con una edad media de 33,7 años), estudiantes universitarios (37%) y cerca del 30% colaboraba con alguna entidad social que trabajaba con personas “hogar”.

En segundo lugar, que se ha producido, respecto al recuento celebrado en febrero de 2010, un aumento de las personas que pernoctaban en las calles de Madrid. De una cifra de 596 para ese año hemos pasado a un total de 701, lo que significa una subida del 17%. Ya en Barcelona los resultados obtenidos en un recuento celebrado en noviembre de 2011 confirmaron que entre marzo de 2008 (fecha del primer recuento) y esa fecha habían aumentado en un 32% el número de personas “sin hogar” de la ciudad condal.

En tercer lugar, que a pesar de que este fenómeno se ha caracterizado por estar masculinizado, asociado a condicionantes fundamentalmente culturales, se registra una creciente presencia de mujeres. La noche del 13 de diciembre el 13% de los localizados en las calles de Madrid fueron mujeres. Su menor presencia entre las personas “sin hogar” responde a varios factores. En primera instancia, a que desarrollan más habilidades sociales que los varones, y que a la hora de enfrentarse a circunstancias de extrema complejidad vital recurren a todas sus redes sociales hasta que las agotan. En segunda instancia, a que cuando necesitan ayudas suelen tener más iniciativa que los varones a la hora de solicitarlas, sienten, posiblemente, una vergüenza más velada.

En cuarto lugar, a que la edad media de las personas localizadas esa noche ascendió a 46,3 años, la más alta de los recuentos hasta la fecha, que ha oscilado entre los 41 y 44 años. A pesar de ello, en la última década, se ha producido una ‘juvenalizació’ de este sector de población, a consecuencia, fundamentalmente, de la progresiva presencia de extranjeros sin arraigo ni familia.

En quinto lugar, se confirma una mayoritaria presencia de “solitarios” (69,5%), si se contabiliza a las personas solteras, separadas, divorciadas y viudas que fueron contactadas por los voluntarios esa noche, pudiéndose afirmar que se trata de un factor clave exclusógeno.

En sexto lugar, que se trata de un fenómeno mayoritariamente integrado por extranjeros. Así las cosas en esta ocasión el 52% fue población no autóctona, seis puntos por debajo de su máximo histórico en el recuento realizado en el invierno de 2009. Las nacionalidades que nutren en mayor grado la población “sin hogar” en Madrid son, en estos momentos, la rumana (38,3%), la búlgara (11,3%), la ecuatoriana (6,1%) (muy reciente en la calle), la polaca (6,1%), la portuguesa (5,2%) y la marroquí (4,3%).

En séptimo lugar, merece una atención particular señalar que el 54% de los entrevistados esa fría noche en Madrid por los voluntarios llevaban en la calle más de dos años de su vida y el 24,3% menos de dos meses. Un dato, este último preocupante, que exigiría la articulación de mecanismos preventivos y de intervención que conllevarán evitar la prolongación de sus circunstancias en el tiempo.

En octavo y último lugar, que cerca del 38% de los entrevistados declaró que su principal fuente de ingresos es la mendicidad. Por hacernos una idea de la evolución experimentada en los cinco recuentos previos, hemos pasado de un 27% en el realizado en 2006, al 23% en 2008, al 27% en verano de 2008, al 30% en 2009 y al 44% en 2010. Unas cifras que permiten plantear la hipótesis de que en etapas sombrías se fortalece la solidaridad hacia las personas más desfavorecidas. Un tipo de solidaridad, desde luego bienintencionada de ciudadanos a pie, que aportan su granito de arena a personas concretas, ante un escenario de recortes y más recortes en material social. Sin embargo, desde este modelo de solidaridad “de cercanía” sería factible dar el salto hacia un paradigma de caridad institucional (ya hay algunos indicios), con la eventual disolución de los derechos de ciudadanía que tanto nos han costado alcanzar en nuestro país.