Los datos más alarmantes son los que se refieren al riesgo de pobreza, pues se encuentran en estas condiciones el 21,8% de los residentes en España, 2,2 puntos más que en el año 2008 y a distancia de la media comunitaria (16,9%). Por otro lado, también ostentamos el record respecto a la proporción de personas menores de 60 años (12,2% frente al 10% de la UE) que viven en hogares en los que sus miembros disponen de pocas horas de trabajo (dedicaron menos del 20% del tiempo potencial disponible para generar ingresos).

¿Cuáles son los perfiles de la pobreza en España? Junto a la caracterización tradicional de población pobre hay que añadir el de los llamados nuevos pobres: hombres, mujeres, niños y familias que han pasado de estar en franjas de razonable integración o en sus límites a entrar de lleno en la pobreza y la exclusión social. Se trata fundamentalmente de varones parados con baja cualificación, de jóvenes parados en busca de su primer puesto laboral; de trabajadores autónomos sin protección social; de desempleados mayores de 55 años; de familias inmigrantes “precarias” y de familias jóvenes, algunas de las cuales se han visto en la necesidad de retornar al domicilio de sus padres, en muchos casos ya jubilados, y de cuya pensión viven todos e incluso pagan las deudas de vivienda.

De seguir en esta senda de “austeridad” presupuestaria, según el informe ‘Crisis, desigualdad y pobreza’ elaborado por Intermon Oxfam, en colaboración con ‘Médicos del Mundo’, ‘Unicef’, ‘Cáritas’ y la red de organizaciones de acción social de la ‘Compañía de Jesús’, España se encuentra ante el riesgo inminente de perder tres generaciones de bienestar, derechos sociales y democracia. Podríamos llegar a alcanzar los 18 millones de personas en situación de pobreza en 2022, lo que representaría que el 40% de la población viviría bajo el umbral de la pobreza, y que el 20% de las personas más ricas ingresarían 15 veces más que el 20% más pobre. De recabar en estos parámetros, tal como se proyecta en este estudio, serían necesarias dos o tres décadas para recuperar el nivel de bienestar previo al año 2008.

Europa no es ajena a los estragos de la crisis y a una política antisocial, que ha generado un aumento de la pobreza y la exclusión social, y que se ve cohibida ante la actitud de un Gobierno alemán y un Banco Central Europeo que dirigen, con batuta de hierro, el destino de millones de seres humanos.

Ante este difícil escenario el 5 de diciembre Durao Barroso, el presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy y la vicepresidenta de la Eurocámara, Isabelle Durant, pidieron a los países miembros responsabilidad para que no se abstuvieran en invertir en políticas sociales, por entender que las llamadas medidas de “austeridad” llevan aparejadas el desmantelamiento del Estado de Bienestar y, con ello, un aumento de las desigualdades sociales y del sufrimiento para franjas cada vez más amplias de la población, bajo el telón de fondo de una iniciativa, más que asentada, de socialización de las pérdidas económicas en materia social y de privatización de sus beneficios.

¿Qué hacer ante esta realidad? Desde Bruselas se sostiene la necesidad de impulsar el Fondo Social Europeo, especialmente en lo relativo al desarrollo de políticas de cohesión y de lucha por la inclusión social, garantizando los derechos fundamentales de las personas y su bienestar. Por otro lado, en particular, desde las políticas nacionales, en la línea de las propuestas planteadas en el precitado informe de INTERMON, sería preceptivo trabajar en favor de la creación de un sistema fiscal justo, que de fin a los paraísos fiscales, que promueva disposiciones fiscales progresivas e imponga la creación de una tasa a las transacciones financieras que se dedique a luchar contra la pobreza y la exclusión social. En un segundo nivel, sería obligado blindar las políticas sociales y de cooperación para el desarrollo ante los continuos ajustes presupuestarios, al tiempo que se apueste por una mayor transparencia institucional.

En definitiva, deberíamos proponernos alcanzar cotas más elevadas de justicia, de equidad, y de libertad, y hacer nuestras las palabras del gran poeta alemán Goethe, quien decía que “renunciar a nuestra libertad es renunciar a nuestra calidad de hombres, y con esto a todos los deberes de la humanidad”. Y de hacerlo nos arrojaría a un vacío incomprensible y falto de valores de solidaridad.