Más que quién gano, cabría preguntarse quién perdió el debate, y posiblemente lo perdieron sobre todo los millones de ciudadanos que este miércoles confiaban en seguir la estela del domingo, del lunes, del martes, el “todos a una”, el “juntos podemos”, también en aquello que nos importa cuando se acaba el partido, en el puesto de trabajo, en el pequeño negocio familiar, en la hipoteca, en el futuro…

El Presidente llevaba tres claves en su planteamiento. Austeridad, porque es lo que toca tras la etapa de estímulo económico con cargo al déficit, y porque es lo que nos exige la estrategia común de los países del euro. Reformas, porque reformar nuestro modelo productivo, nuestras finanzas, nuestro régimen laboral, nuestro sistema educativo, nuestro mix energético, nuestras administraciones, es lo que ofrece oportunidades reales para crecer y crear empleo. Y Pacto, porque la responsabilidad, el compromiso y las fuerzas a movilizar en este empeño colectivo no pueden ser solo las del Gobierno. Eran tres claves para el país.

El líder de la oposición traía sus propias claves, pero no las había pensado en interés del país, sino en interés propio y de la estrategia de su partido para volver al poder como fuese y cuanto antes. Le bastaron dos. Primero, la “confianza” perdida por Zapatero y su Gobierno, por sus idas y venidas, por sus rectificaciones e improvisaciones, porque Europa le ha intervenido las cuentas; esa confianza extraviada que alimenta las encuestas y las ensoñaciones de la derecha. Y después las “elecciones”, claro. Que Zapatero deje las cosas como están. No hay planes urgentes ni reformas inevitables. Solo hay que parar el país medio año, convocar elecciones y confirmar lo que prometen golosamente esos sondeos: la llegada del PP al poder a lomos de la crisis y el sufrimiento de millones de personas.

Tan claro lo tenía Rajoy en este Debate que se permitió algunos lujos impensables hace poco tiempo. Nunca estuvo dispuesto a mostrar sus cartas en forma de alternativas, de propuestas, de soluciones propias a contraponer con las del Gobierno. Pero hasta ahora simulaba contar con esas alternativas mediante planteamientos obvios o muy generales. En este Debate, ni siquiera eso. Todas las descalificaciones y cero propuestas. Pero es más: se permitió coquetear con la demagogia evocando las imágenes de “los que sufren”, “los pensionistas indigentes” y “aquellos que deben acudir a un comedor de asistencia social (sic)”. Llegó incluso a negar la importancia a la sentencia sobre el Estatut que hace escaso tiempo iba a “romper España”: “deje tranquilo ese asunto”, le dijo a Zapatero. De hecho, tan sobrado estaba que negó explícitamente su voluntad de “arrimar el hombro” o “remar junto al Gobierno”. Sin mayores ambages o disimulos.

El PP ha interpretado el estado de la opinión pública como una tarjeta roja generalizada al Gobierno, y una invitación a ganar el partido sin mayor esfuerzo, por incomparecencia del contrario. Y se equivoca gravemente, porque si bien muchos españoles muestran hoy una lógica insatisfacción por la falta de soluciones prontas y eficaces ante los peores efectos de la crisis, esos mismos españoles recelan y recelarán siempre de aquellos que confían el bien propio al mal colectivo. Pero la equivocación merece un lamento general, porque es cierto que hoy no nos sobran las fuerzas, ni siquiera las de esta derecha, tan poco dada históricamente a la generosidad.

Perdieron el Debate y el partido. Y perderán la competición. Pero se llevarán por delante la oportunidad de este país para afrontar sus mayores retos estructurales a partir de un conjunto de reformas pensadas y aplicadas desde el acuerdo y el interés general. Y frustrarán también las mejores esperanzas de mucha gente. Las reformas en todo caso se harán, y tendrán éxito, sin ellos y a pesar de ellos. Porque, al parecer, la “roja” no inspira a todos por igual.