«Lo conocido en el informe presentado por la senadora Dianne Feinstein no es, lamentablemente, un caso excepcional en EEUU. La brutalidad, la crueldad y la salvajada de las torturas cometidas superan nuestra capacidad imaginativa, pero noguera111214no han sido un hecho aislado en la política internacional y de defensa de EEUU, sino una práctica habitual que pone en jaque los Derechos Humanos y también al silencio de Organizaciones Internacionales.

Por muchos problemas económicos que tengamos, aunque debamos equilibrar nuestras relaciones diplomáticas e internacionales, hay que hacer un punto y aparte cuando topamos contra la violación de los Derechos Humanos, la cometa quien la cometa, y más cuando quien la practica, lo silencia, lo protege, lo defiende y lo justifica es la primera nación del Mundo, la encargada de proteger la seguridad internacional, “por las buenas o por las malas”.

No estamos ante una película de vaqueros o de policías, donde se dispara por doquier, donde hay más muertos que metraje de película. Estamos ante una realidad que nos escupe que tenemos muchas cosas que corregir y ante las que enfrentarnos, si no queremos que este mundo estalle por los cuatro costados.

Y resulta sorprendente la pasividad de reacción de la sociedad americana, cuáles son sus valores culturales, cuál es su nivel de permisividad educado durante décadas de imperialismo y poderío, de narcisismo militar. El debate intenta definir dos cuestiones: una, si ha sido una traición la publicación de 500 páginas de las 6.000 del informe (a saber qué ocultan las otras 5.500), y dos, si las torturas fueron útiles o inútiles.

Cualquiera de los dos debates es tan cruelmente inmoral que deberían rechinarnos los dientes y el alma ante tanta frivolidad social.

EEUU se permite invadir países para detener gente, vapulearla, torturarla, encarcelarla, durante años y años, sin ningún juicio previo, y sin saber si son culpables o inocentes. ¿Cuántos de los torturados eran personas que simplemente llevaban barba? ¿Cuántos de los encarcelados en Guantánamo son realmente culpables?

Además de la ilegitimidad de la tortura, se suma la ilegitimidad de no existir un juicio, sino que las competencias le pertenecen a cualquier “tipo duro”, que tiene sueños de grandeza detrás de un tanque o un fusil, “que lleva a la patria en el corazón y está dispuesto a matar por ella”. Y todo se produce además fuera del territorio americano, ¿con qué competencias? ¿Quién ordena y regula las invasiones americanas?

No es un debate nuevo, pero sí es un debate continuamente silenciado por la Comunidad Internacional.

No obstante, hay un antes y un después de la presidencia de George Bush en la legislación americana. La CIA se ha permitido violar la ley cuando le ha dado la gana, utilizando además a otros para que lo hicieran por ellos: aparatos represivos, dictadores en América Latina que dejaron su rastro sangriento y cruel, financiación encubierta desde la propia CIA, … Pero, George Bush llegó más lejos, y decidió “legalizar” la barbarie para no tener que bajar la cabeza, ni esconderse, ni andar avergonzados, sino que con todo el cinismo que da la locura del poder se permitió “legalizar” la tortura. Y de aquellos barros, vienen estos lodos.

Por eso pide hoy Amnistía Internacional juzgar a George Bush, porque, como dice Hawkins, responsable de AI, «»El programa dio luz verde para cometer crímenes penados por la ley internacional contra la tortura y las desapariciones forzadas, impunemente»».

¿Qué diferencia hay entre George Bush o Somoza (Nicaragua), Pinochet (Chile), Stroessner (Paraguay), Batista (Cuba), Videla (Argentina), Trujillo (República Dominicana) o Sadam Hussein, ….?

La diferencia está en que nadie se atreve a toserle a EEUU, aunque sus acciones políticas incurran en la ilegalidad.

EEUU, como gran potencia mundial, al igual que Europa o cualquier sociedad democrática tiene obligaciones ante la seguridad mundial, ante la protección de sus ciudadanos y de los ciudadanos del mundo, a la defensa de la paz y la justicia, pero siempre dentro de la legalidad. No hay fronteras ni rayas rojas que puedan traspasarse para defender la vida. Si somos capaces de justificar una tortura, da igual en qué condiciones, pero mucho más en un territorio extraño, a personas sin juicio ni expediente, y con toda la brutalidad, debemos hacernos mirar de qué seríamos capaces. La Historia nos da muestras continuas de que el ser humano es la única especie capaz de disfrutar con la tortura, de inventar y refinar nuevos métodos para hacer sufrir.

Nuevamente, no habrá represalias ni juicios a los verdugos y torturadores, no servirá de nada porque Obama no ha sido capaz de darle la vuelta a una sociedad que enfermizamente sigue columpiándose en la hipocresía moral. Y los responsables, los autores materiales o los directores de las matanzas, siguen justificando sus acciones por haber salvado otras vidas. Como si fuera una película y no tuviera consecuencias en la vida real.

No hay ninguna justificación moral ni legal ante la tortura por muy culpables que fueran, pero ¿y si además hay inocentes entre los torturados?

EEUU y Obama pasarán página, olvidarán este capítulo negro, y si les tocamos mucho “las narices”, aún sancionarán a la senadora por traidora y darán una medalla a los que torturan por la patria.

No sé si alguien recuerda que Obama recogió el Premio Nobel de la Paz, un premio que “le venía grande” como él mismo admitió con modestia. Ahora es cuando debe ganarse aquel reconocimiento: no mirando hacia otro lado.»