Gracias a esas clases, en tercer curso de económicas, aprendimos quienes eran los fisiócratas, los mercantilistas y los clásicos. Hasta entonces apenas sabíamos de su existencia, sólo por menciones aisladas que se hacían en otras materias, pero sin que hubiera una articulación en la explicación de las diferentes corrientes de pensamiento en los inicios de la ciencia económica. Aquellas interesantes lecciones se quedaron en los economistas clásicos, pues los turbulentos años en los que vivimos, con un movimiento estudiantil en alza, supusieron el cierre de la facultad y el comienzo de huelgas que impidieron la continuación de aquellas magníficas enseñanzas.

No obstante, me incorporé a las explicaciones de Rojo sobre Marx en CEISA, escuela que se creó para que pudieran enseñar entre otros, los profesores expulsados de la Universidad: Aranguren, García Calvo y Tierno Galván. Muchos otros profesores impartieron allí sus clases, fuera de la estricta enseñanza oficial. Esta escuela fue cerrada, a su vez, en dos ocasiones por las autoridades de la dictadura, viéndonos privados de nuevo del placer del aprendizaje a través de nuevas formas de enseñanza, en donde vivos debates entre profesores y alumnos alimentaban nuestros deseos de conocimiento. Por aquel entonces ya me había acercado al pensamiento de Marx con la lectura de varias de sus obras y de autores que, como Sweezy y Dobb, me descubrieron lo importante que era la contribución de este pensador alemán.

Habíamos tenido un acercamiento a Marx en la asignatura del profesor Sampedro, pero desde el enfoque del materialismo histórico y como un antecedente significativo de la noción del concepto de Estructura Económica, y no tanto desde lo que podríamos denominar, si se me permite y para entendernos, la teoría económica de Marx. Pero además Sampedro nos posibilitó el descubrimiento de contribuciones como las de Petty, Quesnay, Akerman, Wageman, Tinbergen, y las más cercanas de Perroux, Marchal y del estructuralismo latinoamericano, especialmente de Celso Furtado.

Con este bagaje intelectual, en donde Marx desempeñó un papel primordial en mis planteamientos, y con las aportaciones derivadas del enfoque estructural, me inicié en la enseñanza de la economía en la Universidad como profesor ayudante, y desde estos conocimientos, enriquecidos a lo largo de muchos años con múltiples lecturas, me permito estudiar y analizar en la actualidad el mundo en el que vivimos. He sido desde mis orígenes un economista heterodoxo, por tanto nadando contra corriente, aunque también he cambiado a lo largo del tiempo como consecuencia de la evolución y madurez de mi propio pensamiento y de la realidad económica que nos ha ido deparando grandes cambios. El uso del método de Marx sin fundamentalismo, las contribuciones de la escuela poskeynesiana, y del estructuralismo e institucionalismo, constituyen mi armazón teórico principal para adentrarme en la compleja realidad. Desde mis primeros pasos como economista, he sido crítico con la escuela neoclásica, sin que ello me conduzca a una descalificación absoluta de todos sus planteamientos, ni mucho menos, pero no he considerado que sea una buena guía teórica para analizar el mundo real y, por ello, me llena de perplejidad que una escuela que presenta tantas limitaciones y restricciones haya sobrevivido a lo largo del tiempo y se haya convertido en la enseñanza dominante de la ciencia económica. De por qué esto es así, lo abordaré en otro artículo. Incluso el poder de la escuela neoclásica es tan grande que tuvo la capacidad de absorber el propio pensamiento de Keynes, desgajándole de todo lo que pudo tener de revolucionario en su momento, y convirtiéndole en el paradigma dominante en los tiempos de posguerra y, por tanto, en la nueva ortodoxia. Se hizo de él un modelo de equilibrio en el que desaparecieron cuestiones tan centrales como la inestabilidad de los mercados financieros, reivindicado por Minsky y los “animal spirits”, recuperado recientemente por Akerlof, premio Nobel de economía, y por Schiller.

En todo caso, los keynesianos, que aceptaron la síntesis neoclásica- keynesiana, tenían unos planteamientos más acertados que lo que vino después, en la década de los setenta del siglo pasado, y que se impuso como dominante desde entonces, esto es, el fundamentalismo de mercado. Los keynesianos de la síntesis, en definitiva, aceptaban la existencia de determinada rigidez del mercado y consideraban a su vez como necesaria la intervención del estado en la economía.

El fundamentalismo de mercado se resiste a desaparecer, aunque los hechos recientes le hayan desacreditado. El tiempo pasa y no se toman las medidas necesarias que supongan un cambio de modelo de desarrollo, tanto a escala mundial como dentro de cada país. La decepción de las resoluciones del G- 20 y las medidas que se toman dentro de cada país así lo hacen ver.

Mis tribulaciones como economista proceden de esto, de ver cómo se impone una determinada concepción de la economía en los hechos y en la teoría. En los últimos años se ha avanzado mucho en la economía cuantitativa, pero no en los supuestos teóricos y da la impresión de que la economía ha avanzado en conocimientos, como así es en lo que concierne a estadísticas y datos cuantitativos. Lo ha hecho, en suma, en instrumental matemático, lo que es importante, pero no en sabiduría. No se pueden confundir, como se viene haciendo, los medios del instrumental cuantitativo con los fines de una ciencia. Los hechos que han desencadenado la crisis económica actual lo ponen de manifiesto, pues el paradigma dominante ha prescindido de la riqueza de las ideas de ayer y de hoy, condenándose a ser una rama del saber bastante estéril, si no es capaz de adentrarse con un mínimo de fiabilidad en los graves problemas de nuestro tiempo y hacer proposiciones aceptables para avanzar en un desarrollo equitativo, sostenible y en donde todos los ciudadanos del mundo tengan una vida digna.

Echo de menos aquellos análisis de los años sesenta más globales, temas como el desarrollo, actualizados por el conocimiento y los valores actuales, tales como la igualdad de género o el equilibrio ecológico y no oír hablar sólo de rentas y riqueza en el mundo. La miseria de la economía actual es mucha y la crisis ha puesto de manifiesto la escasez de recursos de los economistas ortodoxos para su análisis, a pesar de tanta parafernalia matemática y teórica de la que se han querido revestir.

Ante todo esto, el estado deberá coger la batuta con decisión, para poder hacer políticas económicas que supongan un menor crecimiento pero más ordenado y equilibrado. Para ello, se requiere una mayor regulación y control de los mercados, unas políticas públicas sustentadas en un sistema progresivo de impuestos, que debe recaer sobre los mayores ingresos de renta y sobre las grandes fortunas, un cambio en la legislación que elimine posibles tapaderas con empresas interpuestas e ingenierías financieras opacas y una inspección eficaz que tenga en cuenta los signos externos de riqueza. El gasto público deberá apostar por la educación y la investigación, así como el fomento de políticas que favorezcan la igualdad de género, el desarrollo de energías renovables, y estimular una economía verde en todas las esferas económicas y sociales. La existencia de una banca pública se hace más necesaria que nunca para poder incidir de un modo decisivo en las directrices de la política económica, así como en la democratización del sistema financiero, impulsando los microcréditos para ofrecer oportunidades a las mujeres y a los grupos más vulnerables. En concreto, otra economía en la que tenga cabida, además, la economía social y cooperativa. El beneficio y el mercado tienen que dejar de ser el centro de atención único de los esfuerzos para salir de la crisis. Si no se incide en el núcleo del problema, tendremos más de lo mismo.