En algunos campos concretos los trucos del lenguaje se han hecho tan habituales y son tan exagerados que casi no somos capaces de caer en la cuenta del despropósito que implican. Desde hace años, las informaciones sobre actividades bursátiles y financieras se presentan con tal grado de instrumentalización que casi nadie puede entenderlas en un sentido cabal, por mucho que se tengan sospechas sobre el fondo verdadero de los asuntos referidos. Por ejemplo, cuando las Bolsas subían, las informaciones se adjetivaban y amplificaban de manera desmedida y no resultaba infrecuente que un pequeño ratón fuera presentado como un enorme paquidermo. Sin embargo, cuando las Bolsas bajaban, antes de entrar en la crisis actual, todo se presentaba de manera mucho más oscura y enrevesada. Así se hablaba de “inflexiones técnicas”, de “reajustes bajistas”, de “recogida de beneficios” y de otras sutilezas similares, como si la palabra “bajada” estuviera prohibida o fuera tabú.

Por ese camino de la manipulación conceptual se acabaron inventando mil subterfugios sobre “ingenierías financieras, “inversiones de futuros”, “activos dinámicos”, “productos financieros ingeniosos”, en torno a los que se levantaron auténticas torres de papel (¿quién se acuerda de ENRON y similares?), a través de los que se terminó esquilmando a multitud de inversionistas ingenuos, hasta llegar a estafas puras y duras tipo Madoff.

El problema es que todo esto ha sido posible gracias a una enorme operación de falsificación del lenguaje. Y todavía hoy en día se continúa hablando, como lo más normal, de “activos tóxicos”, instando a los gobiernos a “rescatar” tales “activos tóxicos” del sistema financiero; es decir, a pagar los platos rotos de auténticas estafas, para decirlo en castellano sencillo.

¿”Activos toxicos”? La verdad es que el invento conceptual tendría gracia si no se hubiera generado el problema económico que se ha creado. En algunos casos, detrás de esta palabreja se encuentran operaciones de engaño y desvirtuamiento que bien merecerían entrar en la antología clásica de los mejores timos. ¿Se imaginan a Tony Leblanc, en aquella célebre película sobre los “tramposos”, justificando el famoso timo de la “estampita”, bajo pretexto de que se trataba de “activos tóxicos”, al tiempo que reclamaba al Ministerio de Hacienda correspondiente que se hiciera cargo del valor perdido con las “estampitas”? ¡Eso si que hubiera sido un timo de antología!

Pues bien, ahora en realidad nos encontramos cubriendo los huecos dejados por no pocas “estampitas”, que no eran sino papeles tramposos que no tenían valor efectivo detrás y que han permitido enriquecerse desmedidamente a un reducido grupo de timadores de lustro, adornados por diversos Masters de mucho relumbrón.

Por lo tanto, es preciso entender que mientras no se logre liberar la vida pública de las propias toxicidades del lenguaje continuará existiendo un caldo de cultivo en el que podrán prosperar timadores y aprovechados de ocasión. De ahí que lo primero que es necesario para recuperar la confianza de los ciudadanos es “llamar al pan, pan y al vino, vino”, como se reclamaba en el dicho popular, y no dejar que nos conviertan a los demás en “afectados por las incertidumbres financieras” y en “conspicuos inversores tóxicos”; es decir, en auténticos “tontos de capirote”.