Se nos explicó entonces que el objetivo fundamental de la acción armada no era otro que el de la ayuda humanitaria a la población libia, castigada brutalmente por su propio ejército. Pero la estrategia inmediata que siguió la Alianza, que no fue otra que el posicionamiento claro a favor de una de las facciones en conflicto, enseguida dio luz sobre la enorme contradicción que existía entre esta intervención militar y cualquier actuación que, según el Derecho Internacional, pudiera ser considerada como “humanitaria”. La persecución física a que se ha sometido a Gaddafi y a su familia (“capturarles vivos o muertos”), unido al hecho de que el principal esfuerzo diplomático que se ha hecho patente en este tiempo sea el que permite avanzar sobre los futuros contratos entre las nuevas autoridades y las grandes compañías petroleras internacionales, no ha hecho más que incrementar las dudas sobre los auténticos objetivos de los países occidentales.

En el transcurso de una entrevista en directo en RNE, el día 23 de Agosto de 2011, a las 8:50 de la mañana (se puede re-escuchar a través de la página web de RTVE ) el Enviado Especial de la UE para el Sur del Mediterráneo, el destacado diplomático español Bernardino León, declaró en relación a la intervención de la OTAN en Libia que: «… lejos de discutir si la resolución de Naciones Unidas era base o no para esta operación, el consenso internacional ha cumplido sus objetivos». A nadie se le escapa que entre esos objetivos figuraba el derrocamiento de Gaddafi y de su régimen. Con esta declaración de principios de la diplomacia española (el consenso está por encima de las resoluciones de la ONU) se apuesta definitivamente por un mundo donde el respeto a la ley y el orden mundial, que emanan de las resoluciones de las Naciones Unidas, se establece como algo accesorio. Una vez que no se debe discutir si deben cumplirse, es decir, si avalan o no las intervenciones militares en un país soberano y su finalidad, todo es posible. Esta “doctrina” nos retrotrae por tanto al orden mundial anterior a 1945, fecha de la fundación de la ONU, menospreciando el papel de ésta como «asociación de gobierno global que facilita la cooperación en asuntos como el Derecho internacional, la paz y seguridad internacional, el desarrollo económico y social, los asuntos humanitarios y los derechos humanos».

El estancamiento que en que se mantuvo la situación bélica castigó sobretodo a la población civil y ya va siendo hora de que la OTAN, con la participación de nuestro país, acabe con ese sufrimiento insostenible y busque salidas alternativas. Necedad tras necedad es muy posible que el apoyo sin fisuras y aparentemente poco reflexivo de las potencias occidentales a la cúpula rebelde, además de contravenir el principio de imparcialidad que debe regir cualquier actuación que se pretenda humanitaria, pueda traer nuevas complicaciones en el futuro. La tendencia histórica de Occidente a buscar aliados poco recomendables en los países árabes (Sadam Hussein, Bin Laden, el propio Gaddafi) requiere que se recapacite más sobre esas alianzas. El hecho de que el recientemente asesinado Jefe del Estado Mayor de las llamadas fuerzas rebeldes, general Abdel Fatah Younes, hubiera sido anteriormente Ministro del Interior de Gaddafi, o que Mustafá Abdel Jalil, el líder del Consejo Nacional de Transición, el nuevo poder de facto, sea también ex ministro de Justicia del agonizante régimen libio, no puede más que inquietarnos sobre las convicciones democráticas de los rebeldes y sobre lo que representan. El hecho adicional de que una gran parte de las facciones opositoras combatientes no reconozcan la autoridad de ese Consejo ensombrece definitivamente el escenario y trae los peores augurios sobre el pronto final del conflicto y del sufrimiento del pueblo libio.

Pero sin duda la mayor de las contradicciones que esta intervención militar mantiene con cualquier actuación que pueda ser considerada humanitaria ha sido la actitud de la OTAN y de sus países miembros ante el éxodo de ciudadanos libios que escapan del infierno en que se ha convertido su país, entre otros motivos por la propia intervención militar aliada. Se ha practicado allí por parte de las potencias extranjeras lo que podemos llamar “estrategia de ratonera” que consiste en castigar a la población que vive en un territorio a la vez que se cierran sus fronteras y se niega el auxilio a los que intentan salvar su vida huyendo de la guerra. Esta misma estrategia se aplicó, ante el horror de las organizaciones de ayuda que trabajábamos en la frontera con Pakistán, durante la acción de la coalición internacional en Afganistán que provocó la salida del gobierno talibán en 2001.

Prueba de todo esto es el espanto diario que nos han trasladando los telediarios durante unos pocos (poquísimos) segundos de los cientos, quizás miles, de libios que fallecen en el Mediterráneo intentando alcanzar las costas europeas ante la pasividad de los barcos de la OTAN que patrullan esas aguas y la negativa de los países de la zona (sí, esos mismos que apoyan y contribuyen a la acción militar) a acogerlos. El día 1 de Agosto fueron 25 los que llegaron sin vida a Lampedusa, el día 4 fueron “decenas” los que fueron arrojados al mar tras morir asfixiados en un frágil esquife libio. Y así todos los días, aunque con algunos agravantes, como en este último caso en el que las autoridades italianas denunciaron la actitud de los barcos de la OTAN que hicieron caso omiso a las llamadas de socorro de quienes agonizaban en su desesperada huída. La imagen relatada por un superviviente, de un carguero chipriota alejándose a toda máquina del lugar para evitar que los desesperados náufragos le alcanzaran tras tirarse al agua es, en todo su patetismo, la viva imagen de los países ribereños que intervienen en la acción armada de la OTAN negando la ayuda a las víctimas.

La torpeza demostrada por Europa y EEUU ante las revueltas que se están registrando en los países árabes del Norte de África es sólo comparable con su incapacidad absoluta de predecir estas situaciones límite que se extienden como si de un reguero de pólvora se tratara. El completo desconocimiento que demuestran de la realidad social y política de los países emergentes es palmario. Como si esquilmar sus riquezas mediante la práctica comercial desigual, consentida en su propio beneficio por las élites dominantes, fuera lo único que les preocupara de ellos. Es decir, lo que han hecho siempre. No se puede pensar de otra forma cuando el día 1 de Septiembre, mientras los países que apoyaron la intervención, más los que se han sumado “a última hora”, se reunían en París para planificar el futuro de Libia el diario Liberation anunciara la existencia de un acuerdo secreto entre Sarkozy y el Consejo Nacional de Transición que otorga a Francia la concesión del 35% de los contratos de explotación del petróleo libio. Porque estos nuevos tiempos exigen nuevos planteamientos en las relaciones internacionales, que deben comenzar a establecerse de un modo más horizontal. Lo que ocurre en la actualidad en Egipto es una clara muestra de lo que pasa en ese mundo y de la incapacidad de Occidente, no sólo de intervenir en términos respetuosos con los procesos en marcha, sino también de su ignorancia sobre las claves que mueven a los pueblos en esta circunstancia histórica. No se trata sólo de que caigan los tiranos, no, se trata también de que se produzcan cambios en unos sistemas corruptos que generan enormes desigualdades e injusticias. Y Occidente, en su papel histórico de gendarme mundial, está en la base del problema y no aporta ninguna solución en este momento. No basta con abandonar a su suerte a los tiranos que fueron nuestros privilegiados socios, amigos y aliados, sino que se debe contribuir ahora a crear en esos países auténticas democracias y para ello se deben revisar nuestros propios papeles, renunciando a las prácticas expoliativas que están en la base de todas las injusticias sociales que se han cometido en ellos.

Occidente se enfrenta ahora, y de una vez, a la tesitura humanitaria libia. La OTAN y los países que la componen deben hacer algo, de verdad, por los derechos de los libios. Sin duda, aportar auténtica ayuda humanitaria mediante el fin de las acciones armadas brindando, además, atención, auxilio y acogida a quienes huyen del conflicto. Si además se contribuyera a buscar una salida en términos incluyentes para todos, la ayuda sería perfecta . Como exige no sólo el Derecho Internacional, sino también el mínimo sentido de la justicia y del respeto a las personas.