Pero todo el cúmulo de acontecimientos políticos vividos desde la muerte de Max Weber en 1920 reveló que la expresión concreta de los modelos de autoridad presentaba más complejidades y entrecruzamientos que aquellos que podían desprenderse de una supuesta dinámica histórica ascendente. De hecho, en los años treinta del siglo pasado se dio una secuencia de exaltación de los tipos de autoridad carismática, entreverada con otras dimensiones complejas –y a veces primitivas y regresivas– cuyas expresiones más típicas fueron Hitler, Mussolini y otros líderes fascistas y nacionalistas menores; pero también Stalin y varios caudillos comunistas.

La estela de fascinación por los poderes fuertes, y en cierto modo carismáticos, no se agotó en los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, en los que grandes líderes con cualidades especiales ocuparon el escenario mundial (Churchill, De Gaulle, Eisenhower, Neru, Tito, Nasser, Kennedy, Mitterrand, etc.). Ulteriormente, las nuevas formas de competencia política en democracias complejas y crecientemente dominadas por lo mediático han dado lugar a que las dimensiones carismáticas del liderazgo hayan tendido a ocupar un papel cada vez más notable (y desprovisto de connotaciones negativas). Así, los partidos tienden a buscar cada vez en mayor grado a líderes mediáticos y carismáticos –o aparente y simplificadamente carismáticos–, al margen de otras consideraciones de índole racional, programática e implicativa. Lo cual se ha acabado traduciendo en una especie de “segunda rutinización del carisma”, en un sentido distinto al inicialmente considerado por Max Weber.

En este contexto, la irrupción en escena de Obama está planteando nuevas perspectivas para el análisis del papel de los liderazgos carismáticos, suscitando la necesidad de revisar y actualizar la tipología clásica weberiana. De hecho, los grandes cambios sociales en curso y las hibridaciones políticas que están teniendo lugar en múltiples planos hacen preciso recurrir a nuevos conceptos para entender lo que está ocurriendo en nuestros días. Y, quizás, el caso de Barak Obama nos proporciona un buen ejemplo analítico en este sentido. ¿Es Obama realmente un líder carismático en el sentido clásico y preciso de la expresión? ¿Tiene una dimensión netamente racional en el sentido weberiano?

La gira europea y africana de Obama y su creciente proyección mediática mundial están dando lugar a que aparezca ante la opinión pública no sólo como un candidato a la Presidencia de los Estados Unidos, sino como un auténtico líder mundial. O lo que es lo mismo, como un líder netamente global, que puede facilitar el papel internacional que los Estados Unidos están desempeñando. De hecho, los estrategas de Obama pretenden utilizar esta dimensión de “líder global” como un argumento político adicional y un factor eficaz para la captación adicional de apoyos electorales.

Pero, lo curioso de la forma en que se presenta este liderazgo global es que su fuerza de arrastre en la opinión pública mundial no se sustenta en proyectos concretos y en alternativas específicas ante los grandes problemas globales de nuestro tiempo, como intenta hacer Al Gore, por ejemplo, con sus últimas propuestas energéticas. En este caso, el liderazgo se sustenta básicamente en la imagen, en las cualidades oratorias y en el manejo de las capacidades escénicas. Es decir, en algo muy parecido a lo que Weber tipificó como la autoridad carismática, a lo cual se une un discurso político generalista escasamente específico, pero ampliamente dotado de elementos simbólicos, como la paz, el reencuentro con la Humanidad, la respuesta a los “retos del destino”, el “papel de la nueva generación”. “el sueño de la libertad”, etc. En concreto, el discurso pronunciado por Obama ante doscientos mil berlineses entusiasmados puede considerarse como un buen ejemplo del nuevo tipo de “liderazgos simbólicos globales”. En Berlín, Obama se presentó como “ciudadano del mundo” –que amaba mucho a su país, claro está– y se dirigió a los “pueblos del mundo” (sic) para proponer la tarea “de rehacer el mundo otra vez” y “responder al destino” “con voluntad en los corazones”. Ante la columna de la Victoria, Obama prometió “un nuevo amanecer” y animó a los presentes a “salvar el Planeta” y a “trabajar por la Humanidad a la que pertenecen”, “uniendo fuerzas y compartiendo sacrificios”, poniendo “las acciones políticas” a la “altura de nuestra voluntad”.

No sé si los que escucharon tan bellas palabras sintieron que estaban ante un profeta, ante un mago o ante un líder político racional, propio de las sociedades tecnológicas avanzadas del siglo XXI, pero lo cierto es que no pudieron entender qué medidas concretas y qué iniciativas políticas específicas va a poner en marcha Obama si llega a ser Presidente de los Estados Unidos. Obama –de momento– parece que se dirige más a los corazones que a las mentes de sus audiencias. Sus discursos y sus modos despiertan más bien emociones y simpatías que reflexiones y adhesiones racionales y concretas. Lo cual puede ser la antesala de cualquier cosa, dejando poco espacio para las certezas.

En cualquier caso, lo que sí es bastante probable que sintieran los que escuchaban a Obama es que estaban ante un líder global que maneja con soltura un elenco complejo de elementos simbólicos y que tiene capacidades notables para despertar simpatías.

La cuestión que habrá que plantear es si este nuevo tipo de “liderazgo simbólico-global”, muy próximo al modelo carismático weberiano, es precisamente lo que se necesita en este Planeta y en nuestros países en estos momentos.