Escribo esto porque no las he visto en una revista sensacionalista o pornográfica. Si hubiera sido así, seguramente no lo diría, tanto por pudor al tener que confesar que yo era lector de ese tipo de publicaciones, como por la obviedad que significaría el describir un hecho tan natural. He visto esas fotografías en “mi” diario, es decir en el periódico que leo todos los días y que es, por cierto, de los más prestigiosos del mundo. Y eso me ha desconcertado.

He leído también, en el mismo periódico, una justificación de porque esas fotografías no eran una intromisión en la vida privada de unos ciudadanos. Esa justificación explica la diferencia entre un diario prestigioso y uno sensacionalista: está muy bien hecha, con unos argumentos brillantes y con un léxico adecuado. Pero no me ha sacado de mi desconcierto.

Más tarde he oído unas declaraciones de Berlusconi declarándose víctima, él, de la violación de su intimidad y me he sentido, yo mismo, poniéndome del lado de la víctima. Eso sí, absolutamente desconcertado por ese sentimiento, pensando que, muy probablemente, me estaba confundiendo de víctima.

Mi desasosiego se alimenta pensando que puede haber más gente que observe a Berlusconi como una víctima, reduciendo con ello el merecido desprestigio social de que goza fuera del grupo humano de sus votantes.

Tratando de poner en claro mis ideas y, sobre todo, mis sentimientos, intento focalizar el límite entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal: ¿hay que dejar de respetar la intimidad de las personas cuando se trata de un personaje como Berlusconi? ¿Es el motivo de justificación el hecho de que se hayan trasladado a esa vivienda en un medio de transporte público? ¿Lo es el que se utilice para su publicidad un periódico prestigioso y se explique brillantemente? ¿Sería legítimo hacer pública la intimidad de un recluso por rodar imágenes de un vis a vis en una cárcel pública? ¿Se puede violar a un violador? ¿Y matar a un asesino? ¿Tendrán respuestas justificativas a preguntas de este tipo la gente de ETA, por ejemplo? ¿Están tan claros los límites entre el bien y el mal? ¿Han leído ustedes «La memoria, ¿un remedio contra el mal?», de Tzvetan Todorov?