Solamente cuando la diferencia de voto flaquea llega la inspección de sanidad a los fogones. Las encuestas electorales son especiales porque revelan lo que pensamos los sociólogos empíricos de la sociedad. En flagrante contradicción con los manuales de encuestas. Me explico. Sabemos que muchos nos mienten (se llama ocultación de voto; ya sea intención o recuerdo) y otros se mienten a sí mismos pensando que harán lo que nunca hicieron (ir a votar, por ejemplo). La mayoría están perplejos, otros con un “calentón” ideológico coyuntural, otros “rebotados” transfiriendo voto sin “ton ni son” (es gratis en las encuestas) para hacer daño al líder o partido que le rompió el corazón o la cartera. Pueden incluirse los graciosos y bromistas, los desconfiados, etcétera, etcétera. En definitiva, son pocos los que dicen y saben lo que harán. A todos los demás hay que intentar “cocinarlos”.

En la reciente historia electoral española hay tres grandes etapas de alta “cocina”. La década de los 80, con fogones cuasi clandestinos, dónde primaba la calidad de los productos (trabajo de campo) en aquel entonces bastante naturales. Una leve cocción a la ocultación de voto de la derecha y poco más. Posteriormente llegó la revolución de los 90. Una revolución gastronómica que se asocia con el florecimiento de la industria demoscópica. Trabajos de campo masivos, creación de nuevos productos y sobre todo, de diferentes escuelas de alta cocina. Los medios afines al PP cocinaban de una manera, los medios del PSOE de otra. Tal fue la dinámica que un periódico de tirada nacional fue condenado por vender “Aroma de Butifarra Catalana”. Es decir, les puso a sus lectores la encuesta electoral en la mesa cuando en realidad les hacia la cama, empleando datos ficticios. Las empresas de opinión pública inventaban nuevos modelos de estimación cada vez más sofisticados. Entre los desafíos principales que debían resolverse destacan dos por su novedad. El primero la sobrestimación de la participación, que se inicia en las europeas de 1994. Es un sesgo que nos acompaña desde entonces y cuando no aparece, malo. El otro es la pregunta que llegaba del campo, de los entrevistados: “¿Y esto para que partido es?”. Ya no tratábamos con los productos más o menos naturales de los 80. Estos eran mucho más correosos, con un mayor número de conchas y espinas. Muchos reconocen al cocinero y reaccionan. El entrevistado es anónimo, pero la empresa no. Y el entrevistado lee entre las líneas de las preguntas e imagina. Como decíamos, las diferentes escuelas de cocina producían platos contradictorios y unos eran más de carne (los doberman que empleaba el PSOE para ilustrar al PP), otros vegetarianos (las famosas fruterías en los anuncios electorales del PP) e IU que estaba a lo que pescaba.

Y aquí estamos. Hemos entrado en un periodo de cocina internacional. Prácticamente todos los restaurantes demoscópicos elaboran platos parecidos. La diferencia esta en el punto de sal. Unos ponen más (diferencia de estimación PSOE y PP) y otros ponen menos. Unos son mejores para la tensión de los políticos y otros peores. El consejo es claro. Coma tres platos con muy poca sal: de primero la participación, de segundo la intención de voto y para terminar el recuerdo de voto en las pasadas elecciones equivalentes. Descubrirá que la participación, por lo general, esta más próxima a un referéndum franquista que de una elección democrática. No se preocupe, es lo propio de los “entremeses” preelectorales. Incluso de los fríos. La intención de voto le hará pensar de dónde sacan para todo lo que después destacan. Cierto es, lo que antes era exceso ahora es defecto. No se desanime. Sabrá cuantos son pájaros en mano y cuantos volando, que no es poco. Por último, espere a ver el recuerdo de voto para perder la fe en la raza “ciudadana”. En cada encuesta la opinión pública reescribe la memoria electoral. Y quien borra sus huellas posiblemente piensa volver a pasar por el mismo lugar. O intentar olvidar su error. O las tres cosas.