La Canciller alemana, Ángela Merkel, y el primer ministro griego, Alexi Tsipras, aparecen ante la opinión pública europea como dos rivales casi irreconciliables. Hasta cierto punto lo son. Y, sin embargo, paradojas de la política, comparten una presión similar: conciliar sus principios y la presión de sus respectivos partidos y electorados con su responsabilidad como dirigentes internacionales que detentan cierto liderazgo en la defensa y promoción de visiones ideológicas diferentes.

TSIPRAS, EN SU LABERINTO

Ante el bloqueo de las últimas semanas en las negociaciones para evitar el impago al FMI, el primer ministro griego se encontró en un callejón sin salida. Su disposición a negociar, demostrada durante los últimos meses, no le había reportado los frutos esperados. Los acreedores no le dieron lo que necesitaba para poder convencer a su partido de la necesidad de aceptar renuncias. Tsipras se vio entre la espada de la troika y la pared de Syriza.

Sólo una jugada audaz le podía permitir recuperar la iniciativa. Creyó encontrarla sometiendo a referéndum las condiciones europeas para liberar el último tramo crediticio. Pero su comportamiento de los últimos días ha sido confuso y contradictorio. La propia pregunta puede resultar incomprensible para muchos ciudadanos griegos. Y sus pretendidas garantías de que un rechazo de las condiciones europeas no significa la salida del euro no han resultado convincentes, porque la falta de un marco jurídico preciso provoca incertidumbre. El remate final ha sido su intento de última hora, ya convocado el referéndum, de aceptar el paquete de la troika con «algunas modificaciones». El desdén europeo ha sido humillante.

Tsipras puede creer que ha efectuado una brillante maniobra política. Pero contrae un riesgo enorme. Si lo gana, si triunfa el NO a las condiciones de los «acreedores que quieren humillar al pueblo griego», se vería empujado a un camino incierto, plagado de peligros. No está garantizado que Grecia pueda seguir en el euro si no se reconducen las negociaciones, aunque tampoco puede asegurarse lo contrario.

Quizás no sea maquiavélico pensar que Tsipras puede gestionar mejor el SÍ. Su honestidad política no habría quedado comprometida, aceptaría el veredicto del pueblo, dimitiría y convocaría elecciones. Se presentaría entonces como el mejor garante de los intereses populares y nacionales, para encarar una nueva ronda negociadora con los acreedores. Y si perdiera los comicios anticipados, podría construir, de nuevo desde la oposición, una alternativa con garantías, en espera de que la situación mejore y pueda tener de nuevo opciones de poder en un contexto más favorable.

EL DILEMA DE MERKEL

En el otro lado del escenario público donde se representa la crisis aparece Europa. Pero sobre todo Alemania, el gran gigante implacable dispuesto a someter a la pequeña Grecia a sus condiciones, arrastrando al resto de sus socios continentales, si es preciso. Al frente de esta fuerza estaría la Canciller Merkel, como expresión máxima de la villanía. Esta visión, aunque contenga cierta verdad, resulta un poco simplista. Ni Alemania es la única que presiona, ni Merkel es la más desalmada de los dirigentes políticos europeos.

Naturalmente, pocas dudas pueden tenerse sobre la firmeza de la Canciller germana. Pero quizás se hayan cargado las tintas sobre su persona. Estos días hay abierto un debate en Alemania sobre las actitudes ante la crisis griega y posibles alternativas para salir del atasco.

En lo fundamental, reina un acuerdo absoluto. Grecia es considerada la principal responsable. Y el actual Gobierno de Atenas es blanco de fuertes invectivas por su empeño en derivar la culpa hacia los acreedores. Pero la mayoría de los ciudadanos griegos y europeos no están tan al cabo de los matices.

Resulta de particular interés lo que parece estar ocurriendo en el interior del principal partido alemán, la Unión Cristiano-Demócrata (CDU). Corren rumores cada vez más intensos sobre desavenencias notables entre la Canciller y su Ministro de Finanzas, Schäuble. (1).

Ángela Merkel, consciente de una imagen cada vez más áspera de Alemania en Europa, intenta equilibrar su dureza en los principios con su obligación de estadista. Ante todo quiere prevenir el ‘Grexit’ (la salida griega del euro), porque sabe que podría ser un golpe político tremendo para el proyecto europeo. En esta sensibilidad no parece acompañarle su ministro de Finanzas, quien no ha tenido problemas en declarar que para estar en un club hay que cumplir las normas, sin excepciones ni indulgencias. Wolfgang Schäuble mantiene una línea aún más dura que Ángela Merkel con respecto a Grecia. No le importa frisar la incorrección. O la provocación. Durante uno de sus recientes encuentros en Berlín, se permitió regalar a Varufakis unos euros de chocolate. Para calmarle la ansiedad, vino a decir.

Discapacitado físico por un atentado sufrido hace 25 años, Schäuble es un líder natural para muchos cargos altos y medios de su partido. Un escándalo de financiación irregular al término del mandato de Kohl le cerró las puertas del liderazgo. Fue obligado a detentar puestos secundarios, pero sólo en apariencia. Merkel nunca hubiera llegado a la cumbre sin su consentimiento. Algunos medios alemanes sostienen que Schäuble, a sus 73 años, está dispuesto a echarle un pulso a su jefa si ésta flojea frente a Grecia. Su poder no es desdeñable, porque controla el grupo parlamentario democristiano, sin el cual cualquier acuerdo con Grecia es inviable. En la escena política alemana apunta la sombra de Thatcher.

La dureza de Schäuble reposa en un hecho fundamental: la defensa del contribuyente alemán. DER SPIEGEL ha efectuado un estudio que cifra en 84 mil millones de euros el coste que podría tener para la Hacienda alemana una suspensión total de pagos de Grecia. En todo caso, algo improbable y de efecto diferido hasta más de la mitad del presente siglo (2).

Los socialdemócratas, socios menores en el Gobierno, no quieren parecer más tímidos en la defensa de los trabajadores alemanes. La dirección del SPD ha sido incluso más asertiva que la propia Canciller en la denuncia de lo que se considera como maniobras propagandistas de Tsipras y Varufakis. El vicecanciller y líder socialdemócrata, Sigmar Gabriel, ha llegado a acusar al Gobierno griego de aprovechar la crisis «para forzar un cambio de funcionamiento de la zona euro acorde a sus visiones ideológicas y políticas» (3).

En definitiva, la lógica de los intereses nacionales se impone sobre una visión común. Como ha denunciado estos días THE GUARDIAN, el diario británico más europeísta, en la crisis griega «está en juego el proyecto europeo mismo» (4).

(1) «Brewing conflict over Greece: Germany’s Finance Minister mulls taking on Merkel». DER SPIEGEL, 12 de Junio.

(2) «Germany faces billions in losses if Greece goes bust» DER SPIEGEL, 30 de junio.

(3) LE MONDE, Crónica de su corresponsal en Berlín, 1 de julio.

(4) THE GUARDIAN, Editorial, 1 de julio.