A través de un conjunto de cartas, entrevistas, discusiones y anotaciones personales de la etapa en que vivió en los Estados Unidos, entre 1941 y 1975, el lector se asoma a un plano más íntimo de reflexiones de la pensadora judía”.

Manuel Barrios Casares, EL CULTURAL.es

“No se trata de una crónica de afectos, ni mucho menos, sino de una biografía intelectual, si es que, hablando de Arendt, es necesario el adjetivo para definir la crónica vital; un desgranar de los motivos e intereses que orientaron su existencia”.

Leah Bonini, www.filosofia.mx

“En este libro vemos a una Hannah Arendt vivaz, poco formal, alejada de los solemne, peleona, pero con un sentido del humor magnífico”

Juan Malpartida, ABC

“El libro relata cómo vivió Arendt en primera persona la enorme polémica que se desencadenó con la publicación de su libro sobre Eichmann y cuya magnitud ella no esperaba en absoluto”

Jesús Miguel Marcos, Público

El siglo XX ha tenido una larga serie de testigos muy lúcidos. No se corre ningún riesgo si en ese mosaico insertamos a una figura emblemática: Hannah Arendt. Su análisis descarnado de los totalitarismos y su sutil y pertinente interpretación sobre la banalidad del mal constituyen claves válidas aún hoy para desentrañar muchos fenómenos. Y, sin embargo, Arendt no pudo evitar los malentendidos sobre su persona: fue una discípula judía de Heidegger, una alemana que se declaraba “apátrida”, una pensadora que negaba ser “filósofa”, una ciudadana norteamericana poco partidaria del sionismo y a la que se acusó de “disculpar” los crímenes nazis. Fue, en sus propias palabras, “conservadora para los de izquierdas e izquierdista para los conservadores”, y tal vez no quepa mayor elogio para un autor que esta incapacidad del sistema para metabolizarlo.

Lo que quiero es comprender recoge una serie de cartas, entrevistas e intervenciones públicas en las que se intenta despejar esa incógnita, a fuerza de cederle la voz. Además, tres apéndices finales –una exhaustiva bibliografía, una cronología sucinta y una nota sobre las ediciones de Arendt en español- redondean el retrato.

¿El resultado final? Que Arendt fue antes que nada alguien empeñado en una interminable tarea hermenéutica, alguien para quien comprender era el modo específicamente humano de estar vivo, alguien dedicado a escudriñar el rostro cambiante de la experiencia humana. Alguien que, al modo de Berlin y Popper, aceptó la inevitable provisionalidad de toda conclusión.

Por eso leer hoy a Hannah Arendt es leernos a nosotros mismos, explicarnos nuestra propia genealogía: su decepción ante los sumisos intelectuales alemanes, su desencantado entusiasmo por Norteamérica o su crítica a la antropología naïf del marxismo nos hablan de mucho más que la propia Arendt. Convendría no olvidarlo.