La impresión que muchos ciudadanos tienen es que podemos estar ante una coyuntura en la que se interconectan diversos factores y que no se trata solamente de un sector de la economía, o de uno o varios países afectados, sino de algo más general. Algunos analistas llevan meses anunciándonos catástrofes sin par, con una obsesión tan recurrente, con un grado de pesimismo tan fatalista y con tan escasa atención a las soluciones y alternativas posibles, que al final hasta se les está poniendo cara de enterradores.

El problema es que tal manera de proceder, unida a la falta de reflejos de algunos líderes políticos, puede socavar la confianza de los ciudadanos. Y esto, en una dinámica económica como la actual, en la que existe un alto grado de interdependencia y que está basada en gran parte en la confianza, puede acabar teniendo costes importantes. ¡Recordemos el “efecto Thomas”!

Por eso, es importante que desde los ámbitos políticos se diseñen estrategias específicas orientadas a recuperar la confianza y a situar la crisis de algunos sectores económicos en sus justos ámbitos y en sus específicos términos. Sin ocultamiento, pero sin exageraciones ni generalizaciones.

A partir de lo que está ocurriendo, y de los movimientos de desconfianza que se pueden generar, lo primero que es preciso entender es la disfuncionalidad de permanecer aferrados a los mismos tópicos y prejuicios ultra-liberales que han posibilitado algunas formas de proceder tan irregulares como las célebres “hipotecas basura”, que tantas perturbaciones están creando. En este sentido, no deja de ser significativo que algunas de las voces más autorizadas en el campo del análisis económico estén reclamando regulaciones financieras y medidas que puedan generar seguridad. Incluso medidas de intervención económica.

Pero, en sociedades como las actuales, posiblemente no sean suficientes las medidas económicas, especialmente porque algunas de ellas llegan un poco tarde. Para recuperar la confianza y evitar movimientos y reacciones inapropiados en los ciudadanos, hay que actuar en el plano político y en el trasfondo sociológico. En primer lugar, hay que pedir a los responsables políticos, sobre todo del área económica, que pongan más énfasis en resaltar las posibilidades positivas de reencauzar la situación que en anunciar lúgubremente los males económicos que nos amenazan. Cuando alguien va al médico no quiere que le expliquen con detalle lo mal que se encuentra, sino cómo se va a curar de sus padecimientos. A los ciudadanos en el plano económico les ocurre lo mismo: lo que quieren es soluciones y no pronósticos agoreros.

En segundo lugar, los líderes políticos deben hacer esfuerzos de conjunción de criterios y propuestas en estas cuestiones, transmitiendo a la opinión pública un mensaje de firmeza y de coherencia común.

Y, en tercer lugar, es preciso explicar las medidas e iniciativas que se van a tomar en el caso de que se produzcan problemas, para garantizar que no se produzcan encadenamientos críticos que perturben la buena marcha general de la economía y, sobre todo, las posibilidades de recuperación a medio plazo. Y, para ello, será preciso también delimitar muy claramente ante la opinión pública, que una cosa son las empresas sectoriales que no han sabido operar y otra cosa es el sistema financiero, por ejemplo, que está muy interconectado y que cumple una función económica primordial de carácter general, y sobre el que no debe existir ninguna desconfianza. Lo cual es algo que deben tener muy claro todos los ciudadanos.

En definitiva, entre el “dejar hacer” y quedarse cruzados de brazos y el agorerismo tremendista, se encuentran los espacios propios de la política, que en eventuales coyunturas de inestabilidad tienen que jugar a fondo su papel, con iniciativas y con mensajes capaces de generar confianza y, así, evitar valoraciones y reacciones exageradas.