Los críticos en Estados Unidos adujeron que el discurso de Obama sonó demasiado a petición de perdón por los excesos cometidos durante los años de despliegue neocon. Se trataba de una imputación injusta y miope. La percepción de Estados Unidos en la zona durante esa primera década del siglo había llegado a ser muy negativa. Y, sin embargo, las ‘ideas’ de Obama para la región no merecían el entusiasmo tan precipitado que generó en ciertos ámbitos progresistas moderados. El primer presidente afroamericano no pasó de proclamas y buenas intenciones, que suelen tener el vuelo muy corto en política exterior.

Durante el año y medio siguiente, casi nada ocurrió. En el conflicto palestino-israelí no se registró avance alguno, sino todo lo contrario. El aliado estratégico de Estados Unidos, Israel, renuente al cambio de ánimo en Washington, optó por atrincherarse en posiciones que llegaron a ser provocadoras, como la intensificación de la colonización en territorio palestino ocupado. Las relaciones entre Washington y Jerusalén no habían sido tan tensas en décadas. La antipatía entre Obama y Netanyahu llegó a ser patente. La reciente reanudación de las conversaciones entre israelíes y palestinos ha sido puramente formal, por el momento.

El estallido de las revoluciones árabes, un año y medio después, hizo saltar las costuras de la política norteamericana. Obama dudó entre apuntalar el ‘status quo’ que convenía a los intereses establecidos de Washington o ser coherente y respaldar un movimiento que, en cierto modo, se inspiraba en ideas similares a las desgranadas por él en su discurso de El Cairo. Estas vacilaciones no contentaron a nadie: los regímenes se resintieron de la inhibición norteamericana y las fuerzas renovadoras echaron de menos un compromiso más explicito.

EL INCÓMODO ACOMODO CON LOS GENERALES EGIPCIOS

Es en Egipto donde el desencuentro con Washington se ha hecho más ruidoso. Las élites locales reprocharon a Obama que no moviera un dedo para prolongar el régimen de Mubarak, a pesar de los servicios prestados a Estados Unidos. Con los Hermanos Musulmanes, el Presidente intentó un forzado entendimiento, que nunca cuajó. Con el golpe de julio, la respuesta de Obama se percibió como vacilante e imprecisa por unos y otros. La decisión reciente de recortar la ayuda militar a Egipto (bien es cierto que la menos sustancial) ha desagradado a los generales, pero se ha percibido como una medida insuficiente y cosmética para los que denuncian el actual estado de cosas en el país, sean islamistas o no.

No debe sorprender que los principales apoyos externos del golpe procedieran de Jerusalén y Riad. Los israelíes no confiaban en los Hermanos Musulmanes y preferían que los militares egipcios no se toparan con reparos internos en sus operaciones de control de la frontera con Gaza y la persecución de focos ‘jihadistas’ en el Sinaí. Los saudíes se apresuraron a anunciar el respaldo financiero inmediato a los generales egipcios, nada más escuchar las reticencias de Washington a mantener intacto el programa de ayuda militar.

EL RESISTIBLE ENFADO SAUDÍ

La crisis egipcia sólo fué el comienzo de una cadena de discordias entre Washington y Riad. Más efectos negativos tuvo la renuncia de Obama a intervenir militarmente en Siria, que la realeza saudí anhelaba vivamente, ya que veía en ello la antesala inevitable de la caída del régimen de los Assad, principal aliado de Irán en la región. No se entendió nunca en Riad el apaño diplomático con Moscú. Semanas después, la confirmación del nuevo clima entre Washington y Teherán y la reanudación de las negociaciones para controlar el proyecto nuclear iraní han irritado tanto a los saudíes, que se han visto incapaces de controlar sus contenidas maneras.

La diplomacia de la casa Saud es famosa por su extremada discreción. Hasta en los peores tiempos del trauma del 11 de septiembre, con las complicidades y simpatías terroristas nunca del todo esclarecidas, el reino se empeño en poner sordina al ruido creciente en las relaciones bilaterales. La renuncia a ocupar un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU sorprendió a la comunidad internacional, por tratarse de una decisión sin precedentes, pero sobre todo por ser tan contraria al estilo saudí. Tanto es así que su personal en Nueva York había celebrado públicamente la elección. El rechazo posterior sólo pudo llegar desde las más altas instancias del reino. La quebradiza salud del Rey Abdullah no explica una brusquedad tan inusual. Es como si, según el dicho francés, se hubiera querido resaltar el escándalo. Afirmar, como hizo la diplomacia de Riad, que sentarse en el Consejo de Seguridad avalaría el fracaso del alto organismo en la resolución del conflicto palestino es de una hipocresía asombrosa.

UNA GIRA DE DUDOSOS RESULTADOS

Que el Secretario de Estado, John Kerry, haya visitado estos días consecutivamente El Cairo y Riad, antes de detenerse en Israel, demuestra la preocupación de la Casa Blanca por apaciguar los ánimos y mantener las alianzas tradicionales libres de sobresaltos adicionales.

Los resultados son decepcionantes. Kerry llegó a Egipto en víspera de la apertura del juicio al depuesto Presidente Morsi. Unos interpretaron la visita como un recordatorio del desagrado de la Administración Obama por la falta de compromiso de los golpistas con la restauración de las libertades. Pero Kerry terminó irritando a los críticos de los militares al asegurar, con excesiva complacencia, que los militares caminaban por el camino correcto y que la congelación parcial de la ayuda norteamericana no era un «castigo» a las nuevas autoridades. Ni el General Al-Sisi ni cualquier otro de los dirigentes secundarios actuales le dieron garantías de que el Estado de sitio no sería prorrogado a mediados de este mes, cuando vence el decreto que lo instauró. La restauración del antiguo régimen, cada día más evidente y ruidosa no ha merecido una crítica explícita de Washington.

En Arabia Saudí, Kerry se ha mostrado aún más suave para agradar a sus anfitriones. Los saudíes han vuelto a su hermetismo, se han mostrado herméticos, lo cual puede interpretarse como un esfuerzo por no seguir aireando las discrepancias, seguramente porque no hay que seguir derramando agua en un vaso que ya rebosa. Pero más que discretas han sido también las protestas de amistad, que otrora se proclamaban abiertamente. Que la audiencia del Rey Abdullah con el Secretario de Estado se prolongara durante dos horas ya indica la complicación reinante en las relaciones bilaterales.

¿A qué obedecen estos desencuentros, si la política de Washington no ha cambiado tanto en realidad? Algunos analistas señalan que la clave reside en la necesidad del equilibrio entre objetivos en cierto modo contradictorios. Por un lado, Obama necesita la colaboración de los aparatos estatales locales, para seguir afrontando con garantías la amenaza del extremismo islámico. Pero, por el contrario, esos instrumentos gozan de un poder que es incompatible con la democratización, la apertura política y un desarrollo social más armónico de esos países. Esta explicación clásica es cuestionable. Los propios regímenes autoritarios son los primeros interesados en frenar al islamismo radical. Por tanto, estamos ante una mutua dependencia. De ahí los límites de una política que pretenda ser demasiado innovadora.