Incluso en España, en donde ha habido otros factores coadyuvantes (la hipertrofia del sector inmobiliario, la baja productividad o la escasa competitividad exterior, entre otros: ver mi artículo «La encrucijada de la economía española» en el nº 173 de Le Monde Diplomatique), nadie puede decir con fundamento que la crisis -o cualquiera de éstos tres últimos factores- hayan sido originados por la existencia de salarios más elevados que en otros países de nuestro entorno.

Y si hay algo que es evidente es que para salir de una crisis lo que principalmente habría que hacer sería resolver los problemas que la han causado y no otros. Pero como la patronal y sus economistas en nómina siguen tratando de convencer a la sociedad española de que lo único que hay que hacer, llueva, nieve, truene o haga sol, es bajar los salarios, conviene volver de nuevo sobre el asunto.

Me referiré ahora a los argumentos que da el presidente de la Comisión Económica de la CEOE, José Luis Feito, en un artículo reciente publicado en la revista de la Cámara de Comercio de Madrid). En él afirma que “cuanto más caigan los salarios por persona ocupada y hora trabajada, mayores serán las posibilidades de aumentar el empleo e impulsar la actividad productiva”. La primera conclusión, que así aumenta el empleo, es simplemente el resultado de asumir una hipótesis totalmente discutible: que el nivel de empleo se establece exclusivamente en el mercado de trabajo y en función del nivel de salario. De ello se deduciría, según la patronal española que sigue la ideología liberal cuando le conviene, que si todos los parados españoles aceptaran trabajar, pongamos que por dos euros a la hora, serían inmediatamente contratados por las empresas españolas, con independencia de que estas dispongan de liquidez suficiente o de compradores o clientes para sus productos. ¿Alguien puede creerse semejante simplificación?

La segunda conclusión es exactamente igual de débil que la primera: ni siquiera a salario cero en el mercado de trabajo se garantiza (más bien lo contrario) que haya demanda de bienes suficiente para que las empresas tengan actividad productiva. Por el contrario, lo que sabemos es que su impulso no podría darse sin un nivel adecuado de demanda y que ésta solo es en una gran medida posible si hay capacidad de gasto suficiente que, a su vez, depende muy directamente de la masa salarial porque sabemos que la renta salarial no se destina en su mayor parte al consumo de bienes y servicios.

Otra tesis que defiende Feito y la patronal es que es necesaria la “contracción salarial en España para fomentar la competitividad».

No niego que con salarios más bajos las empresas españolas podrían ser más competitivas pero ¿compitiendo con quién y con qué? Obviamente, con países más pobres que nosotros y empobreciéndonos nosotros mismos porque es también una evidencia clamorosa que los países más avanzados y los que usan la competitividad como una palanca de progreso y no solo como fuente de buenas ganancias para unos pocos no la basan en la disminución de los salarios sino en mayor calidad, mejor tecnología, innovación, etc.

La realidad es la contraria de la que dice Feito y la patronal: la tradicional existencia de salarios bajos en España (como ellos proponen que siga ocurriendo) es lo que ha desincentivado la innovación y lo que ha hecho relativamente más costoso para las empresas mejorar su competitividad por otras vías. Con sus propuestas lo que hace la patronal es mantener el estatus quo productivo que, aunque a las empresas con poder de mercado proporciona buenas rentas, es precisamente el que no hace a todos (incluidas por supuesto las empresas que de verdad crean empleo y riqueza) más frágiles en las crisis. No al contrario.

Otro error de la patronal consiste en defender al mismo tiempo dos medidas prácticamente incompatibles: reclamar salarios más bajos y mayor productividad. No solo es erróneo (porque, como sabemos bien desde los tiempo de Adam Smith, los salarios suficientes y las buenas condiciones de trabajo, así como el capital social suficiente, son la mejor garantía de que aumente la productividad) sino que además es bastante cínico. Basta comprobar los recursos que destinan las empresas españolas a innovación o qué propone la patronal en materia de inmigración para comprobar que la práctica dominante es optar por la mano de obra menos productiva pero más barata. También interpreta Feito que ha sido la subida de los costes salariales en 2008 y 2009

lo que explica que en España se haya perdido más empleo que en otros países, y vuelve a obviar cualquier otra circunstancia determinante que no sea el precio en el mercado de trabajo: nada tiene que ver con ellos ni la especialización productiva de nuestra economía, ni nuestro modelo de crecimiento desequilibrado, despilfarrador, dependiente y desvertebrado, ni nuestra carencia de gasto y capital social… es decir, los rasgos que precisamente la patronal, la banca y sus ideólogos han impuesto en los últimos años y que son los que crean condiciones estructurales en las que es imposible que se cultive empleo productivo y estable.

Finalmente, José Luis Feito proporciona una explicación típica del liberalismo más irrealista para explicar el hecho evidente de que “un volumen muy elevado de paro antes o después ejerce una poderosa presión a la baja sobre los salarios reales”. En su opinión, eso se produce porque «los trabajadores en el paro pierden productividad en proporción a la duración del desempleo» (una expresión errónea porque un parado no tiene productividad alguna por definición. Otra cosa es que en el paro pierdan formación, destrezas, etc., que hagan que a su vuelta al trabajo pudiera tener menos productividad pero eso es algo que es más probable que ocurra cuanto más se tienda al modelo de salarios bajos y baja productividad) y, por tanto, sigue diciendo,“sólo se podrán recolocar percibiendo salarios que reflejen esta menor productividad”. Una pura tautología que se basa en entender que la mayor o menor productividad del trabajador depende de su circunstancia personal y a la que necesariamente hay que recurrir cuando no se toman en cuenta otras variables ni circunstancias que no sean la del propio mercado de trabajo.

Como demostró hace ya mucho tiempo Kalecki lo cierto es que el paro hace bajar los salarios reales porque debilita a los trabajadores y disminuye su poder de negociación. Porque de ese poder es de lo que de verdad depende el nivel salarial, y por eso detrás de todas las propuestas liberales lo que hay es el intento de debilitar el de los trabajadores.

Nos iría a todos mejor si nos dejásemos de zarandajas pretendidamente asépticas y teóricas y hablásemos claro: lo único que ciertamente sabemos que ocurriría si subieran los salarios es que bajaría el nivel de beneficios de las empresas, es decir, que se alteraría el patrón de distribución de la renta y la riqueza. Y lo que está por demostrar es que para que la economía funcione debe seguir dándose un reparto tan desigual como el actual. Sobre todo, cuando acabamos de comprobar a dónde nos lleva una distribución de la renta tan desigual, que la acumulación de beneficios extraordinarios en las grandes empresas solo alimenta la especulación y las actividades improductivas y que lo que de verdad paraliza a los empresarios que de verdad sacan día a día adelante el empleo y la actividad económica en España no son los costes salariales sino la falta de mercado, de financiación adecuada y de entorno que las proteja e impulse.