Tan severa cursa la retórica conservadora en España que abandonando el verbo, hasta se han encarnado en carne y ya podemos ver pleonasmos con patas (las piernas son para las personas) que se imitan a sí mismos, con tenaz tenacidad. Llegan a parecer parodias a base de querer parecerse a ellos mismos, mientras se enharinan la pata de lobo. Al menos Esperanza Aguirre continúa empolvándose sólo la nariz. A ratos, Montoro, Fraga, algún alcalde de Valladolid o ese señor que aúlla de vez en cuando desde el Parlamento Europeo, dejan entrever destellos de colmillo. Cospedal, Rajoy, Arenas, Pons… Han dejado de parecer secuaces de la secuela de Aznar. Y al final, podría ser que empujado por los alisios económicos y arrullado por el susurro de los pleonasmos sea el PP arrojado a las playas de la Moncloa.

Y ahora que andamos despacio vamos a contar sin ira. Érase que se era una monarquía absoluta y teocrática electiva (solamente rendía cuentas ante Dios) que vivía de la extorsión a otros estados, muchos de ellos democráticos. Sus agentes recaudaban dinero a cambio de protección espiritual, completando sus ingresos gracias al merchandising. Y no se le daba nada mal, con una renta per capita (si esto significa algo) de aproximadamente 350.000 dólares en 2008. Contaba con una red de fanáticos infiltrados que hacían lobby internacionalmente para difundir supersticiones y miedo. Apoyando campañas que facilitaban la extensión de pesadillas como el Sida. Un microestado que no dudaba en inmiscuirse en la política interior de sociedades democráticas para que fabricasen leyes a su gusto y conveniencia. Sobre todo defendiendo concesiones educativas (ojalá fuesen petrolíferas, harían menos daño) o privilegios absolutamente arbitrarios.

Conspirando para cambiar al partido en el gobierno, produciendo agitación social, queriendo forzar el voto e incluso cuestionando la legitimación democrática. En ese Estado imaginario no existe la libertad de expresión o de culto. La mujer está totalmente discriminada, limitada a labores subordinadas al hombre y segregadas espacial y socialmente. Los medios de comunicación son de propaganda flagrante y declarada. Su justicia consiste en ser juez y parte en los casos más escabrosos. Su sistema financiero, sospechoso de dedicarse al lavado de dinero negro. Una actividad especializada que es una trivialidad para quien dice ser capaz de limpiar el alma más negra. Por suerte un microestado como este sería impensable en la Europa actual y estaría condenado al ostracismo.

José Bono o Francisco Vázquez son cristianos y socialistas. Lo primero va delante. Y claro que se puede ser; en lo que el cristianismo tiene de socialista y el socialismo de cristiano. Ernesto Cardenal (un paisano lejano, de Granada en Nicaragua) es un ejemplo que viene como anillo al dedo. No se le cayeron los ídem por practicar las dos cosas. Sí le cayó una bronca del Jefe de un Estado Impensable. Cierto que es más fácil ser conservador, católico, apostólico y romano. Por consistencia intelectual. Para la autentica derecha cuanto más patriota se es, mayor sumisión a las ordenes de un poder extranjero. Son de esas correlaciones empíricas que demuestran lo difícil de ser sociólogo en España.

O biógrafo. En un documental de La 2 sobre Concha Piquer reconozco a Manuel Fraga sólo a tres butacas de Franco. Manuel Fraga fue Ministro del palo y de la zanahoria durante la dictadura. Y desde Gobernación, se ocupo de mantener limpias las calles tras el funeral de Franco. Adalid del estado centralista y autoritario, terminó como Presidente de una Comunidad Autónoma. Eso sí, con más gaiteros que la fábrica de una famosa sidra. Y llegará el día en que algún desmemoriado hará grandes elogios de tamaño hombre de Estado. Recordaran que Manuel Fraga lleva en su CV la Transición española a la democracia. Por si algún lector es demasiado joven, la Transición es el periodo histórico comprendido entre el gran éxito musical “Gwendolyne” y la sustitución definitiva en la memoria de la izquierda del “naranjero” republicano por el “naranjito” monárquico. Por eso no pudo exportarse el modelo de transición español; los países que aspiraban a abandonar su dictadura se negaban, tercamente e incomprensiblemente, a reponer “Gwendolyne”.