El objetivo explicitado por esta formación emergente consiste en “acabar con la casta para que gobierne el pueblo”. Según su relato, la ciudadanía ha actuado durante los últimos 40 años de manera ignorante con su voto, aceptando una diferenciación cuestionable entre recetarios derechistas y recetarios izquierdistas. Ahora se trata de corregir esta situación, eliminar a cuantos ejercen la representación democrática en uno u otro lado, y facilitar que el poder sea ejercido por un nuevo actor político al que denominan el “pueblo”, es decir, ellos mismos, los dirigentes del partido Podemos.

En los finales del siglo pasado, tras la caída del Muro de Berlín, un tal Fukuyama ya nos enseñó a desconfiar de aquellos que anuncian el fin de las ideologías, porque suelen esconder propósitos arteros. El objetivo de este autor, celebrado por los seguidores de Reagan y Thatcher, consistía realmente en establecer el triunfo definitivo de una ideología concreta, el neoliberalismo, sobre todas las demás.

Los nuevos aspirantes a enterrar el debate ideológico tienen una finalidad más prosaica: conquistar el poder sin el engorro de explicar para qué y en nombre de qué ideas pretenden asumirlo. Su estrategia consiste en subirse a lomos de la ira y la frustración legítimas de muchos ciudadanos por los problemas sin resolver, y cabalgar así hasta la asunción del poder sin someter propuesta alguna al debate cívico y democrático.

Para esta cabalgada sirven igual unas cabalgaduras que otras, siempre y cuando conduzcan a sus jinetes al poder. Por eso unos días desbordan a la casta por la izquierda con la sugerencia de nacionalizar Mercadona para dar de comer a los hambrientos, al día siguiente asumen el discurso xenófobo y ultraderechista de quienes niegan auxilio social a los “no nacionales”, y al tercer día declaran su intención de “ocupar la centralidad” tras “asaltar los cielos”. Lo que sea preciso para seguir excitando la rabia popular hasta llevarles a la Moncloa.

¿Resulta sorprendente el surgimiento de estos grupos? Solo hasta cierto punto. En toda Europa están emergiendo formaciones de tinte populista y anti-sistema, como consecuencia del hartazgo ciudadano ante las consecuencias de la crisis económica, el paro, la pobreza, las desigualdades y las corruptelas, entre otros problemas sin resolver. Ahora bien, de ahí a justificar o legitimar a actores políticos que ofrecen diagnósticos falsos y cero soluciones a problemas que acaban agravando, hay una distancia que no debemos recorrer. Porque la historia nos dice que además de falaces, son peligrosos, para la democracia y para las libertades.

Ciertamente, el debate izquierda-derecha requiere de una actualización conforme a las nuevas realidades y los nuevos retos. Y es verdad que los temores de unos, los complejos de otros y el transfuguismo descarado de unos terceros han ocasionado cierta indiferenciación aparente entre unas opciones y otras. Los desbarres del francés Valls, por ejemplo, dan oxígeno a quienes alientan la llama del fin de las ideologías.

Pero lo cierto es que la historia de las realizaciones de la izquierda y la derecha no es una historia indiferenciada, ni en el mundo, ni en Europa, ni en nuestro país. Y lo cierto también es que las desigualdades crecen y los derechos de ciudadanía están más amenazados que nunca por los grandes poderes económicos.

En consecuencia, sigue plenamente vigente el debate entre quienes exigen más libertad y más mercado frente a quienes reclamamos más igualdad y más Estado. Y quienes niegan la vigencia de este debate contribuyen objetivamente al predominio de los intereses de los menos sobre los intereses y derechos de los más. Aunque se presenten a sí mismos como “el pueblo”.