¿Dónde está Naciones Unidas? Porque nos encontramos en un momento decisivo de la historia de la humanidad, donde frente a la concentración de poder en unas pocas manos, que debilitan la democracia y la responsabilidad dentro y más allá de los Estados, no existe una estructura democrática mundial que canalice el progreso hacia la libertad y el bienestar de la humanidad. Ese papel, por ahora, tiene que jugarlo Naciones Unidas, que tiene que ser más representativa y tener más legitimidad y autoridad para poder cumplir eficazmente su papel impulsor de la paz y del desarrollo compartido, en un orden mundial multilateral. Las nuevas amenazas están claras: la pobreza, las enfermedades infecciosas, la degradación del medio ambiente, la guerra y las situaciones internas de violencia; la proliferación y el posible uso de armas nucleares, radiológicas, químicas y biológicas, el terrorismo y la delincuencia trasnacional organizada. Amenazas que provienen tanto de actores estatales como no estatales.

Pero dentro de la ONU tiene que funcionar, es decir, cumplir con su tarea de una vez por todas, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, que es responsable de promover el respeto universal de los derechos humanos y libertades fundamentales de todas las personas, sin distinción de ningún tipo, y de una manera justa y equitativa, y debe ocuparse también de las situaciones en que se violen los derechos humanos.

Es una vergüenza que en la práctica, el Consejo de Derechos Humanos esté dividido entre los gobiernos que tienden a apoyar las iniciativas pro derechos humanos, los gobiernos que tienden a oponerse a ellas y los gobiernos indecisos, que tienden a alinearse con los que se oponen. En este marco, fue decisiva la actuación política de EE.UU. concretamente de la Administación Bush, para que no funcionara, pero el presidente Obama no está cumpliendo con las expectativas. A esta realidad, hay que sumar la debilidad de la UE, que ha hecho algunos esfuerzos por asumir el liderazgo, pero no ha ofrecido un camino claro, con una sola voz europea, para obtener una mayoría interregional y pro derechos humanos entre los indecisos.

La penosa verdad es que los gobiernos que ponen obstáculos o se oponen a extender los derechos humanos, demuestran más iniciativa que los defensores de los derechos humanos, y han adoptado numerosas medidas para debilitar este organismo que podría pedirles cuentas a ellos o sus aliados. Se oponen a la mayoría de las resoluciones sobre países afirmando que el Consejo debería limitarse a cooperar y entablar un diálogo con los gobiernos, y nunca presionarlos y por supuesto sancionarlos.

Pero el Consejo tiene que actuar, y para tener éxito es esencial que los Derechos Humanos se conviertan en el pasaporte internacional para participar en la sociedad global. No se mercadea, ni se negocia con ellos por privilegios económicos o intereses políticos. No se violan con Guantánamos físicos o virtuales. Y, sobre todo, no se violan en nombre de la democracia, porque actuar por cuenta propia de ese modo puede ser, cuando se trata de cuestiones internacio¬nales y transnacionales, el punto de partida para no lograr ni la le¬gitimidad ni el éxito. El respeto por los derechos humanos de un gobierno debe medirse en función no solamente de cómo trata a sus ciudadanos, sino también de cómo salvaguarda los derechos en sus relaciones con otros países.

Y aquí es básico, que EE.UU asuma el protagonismo, junto con la Unión Europea, para generar una verdadera coalición global pro derechos humanos. Aunque el papel de los países occidentales es una condición necesaria pero no suficiente. Se deben formar nuevas coaliciones para promover los derechos humanos en todo el mundo, con otras democracias que los respetan ampliamente. Pero para que la promoción de los derechos humanos sea eficaz, los gobiernos deben seguir ciertas reglas. Primero, garantizar su escrupuloso respeto por los derechos humanos; porque la legislación internacional les obliga a ello, porque sería un ejemplo positivo y silenciaría las acusaciones de hipocresía. En segundo lugar, insistir en la rendición de cuentas por abusos graves sin importar quién sea el responsable, promover los derechos humanos constantemente sin favoritismo hacia los aliados o socios estratégicos en su política exterior. En tercer lugar, se debe garantizar que los gobiernos que obstruyan la defensa de los derechos humanos paguen un precio político en sus países. Finalmente, existe la necesidad de acabar con la mentalidad de bloque que lleva a muchos gobiernos a condicionar su voto al de sus grupos regionales, incluso cuando sus opiniones no coinciden o son más avanzadas.

La humanidad tiene que dar ahora un paso hacia delante para conseguir el respeto efectivo de los derechos humanos. El desafío es grande como vemos en muchas partes del mundo y estos días en el Sahara, pero también lo son los potenciales beneficios para la seguridad y el desarrollo humano.