Ni una mejora apreciable de la coyuntura, ni un repentino cambio favorable de la balanza de poder, ni otras consideraciones fácilmente identificables explican esta impresión, por lo demás bastante generalizada. Es como si Obama, que ofreció muestras inequívocas de cansancio y hasta de cierta depresión durante los últimos meses del año pasado -y más en concreto, en plena recta final de la campaña electoral-, se hubiera revigorizado. Quizás no tanto, o no solamente, por la victoria en noviembre, cuanto como resultado de una reflexión autocrítica sobre sus primeros cuatro años y la imperiosa necesidad de no desaprovechar la oportunidad de cambiar ciertas cosas.

En su segundo discurso inaugural, Obama marcó el rumbo de su legado. El pasado martes, en su intervención ante el Congreso, con motivo del tradicional Estado de la Unión, confirmó las líneas programáticas:

– Revertir la dinámica social en Estados Unidos, favorecer una vida mejor para las capas medias y bajas (subida apreciable del salario mínimo) y hacer recaer sobre «los más ricos y poderosos», vía impuestos, la carga de la recuperación de la crisis; la palabra más empleada por el Presidente, más de cincuenta veces fue ‘jobs’ (empleos).

– Resolver con justicia y eficacia el asunto pendiente de la inmigración.

– Abordar el inicio del cambio del modelo productivo (abandonar la inhibición ante la agresión al medio ambiente).

– Afrontar ciertos tabús perniciosos del estilo de vida americano (el descontrol de la violencia por el uso/abuso doméstico de las armas de fuego).

Obama ha clarificado su agenda política. Parece haberse liberado de cierto reflejo condicionado dominante en Washington y da muestras de haberse convencido de que fracasará como presidente si no cumple con estos objetivos. Después de cuatro años de ofensiva conservadora contra el concepto del «gobierno como problema», el Presidente parece haber encontrado una divisa con la que pretende imbuir políticamente a su gestión: no se trata de hacer más grande el Gobierno sino más ‘inteligente’. No más, sino mejor.

Algunos analistas apreciaban en Obama un ‘impulso activista’, después del ánimo pactista iniciado a mediados de su primer mandato y de cierta tentación claudicante que le reprocharon los sectores más liberales (progresistas) de su propio partido.

Para dar la réplica del discurso presidencial, los republicanos eligieron al Senador Marco Rubio, por su imagen supuestamente de futuro (juventud y origen inmigrante). Sin embargo, este líder hispano acudió a una fórmula demasiado tradicional en la oposición conservadora: presentar al Presidente como el típico dirigente demócrata que sólo piensa en «tax more, borrow more and spend more» («gravar más, pedir prestado más y gastar más»). No fue precisamente brillante este potencial candidato del ‘Great Old Party’ en 2016. Lo que parece confirmar una cierta suerte de ‘depresión republicana’ desde noviembre.

El recomendado ‘regreso al centro’ de los republicanos no será rápido ni fácil, porque muchos sectores del partido siguen anclados en una visión retrógrada, porque la mayoría de sus lubricadores de fondos no están por la labor de ceder terreno y porque no se percibe un liderazgo convencido y comprometido con ese cambio de rumbo. De momento, las iniciativas políticas emprendidas por los conservadores parecen puramente tácticas o reactivas.

Del lado progresista, debería haber cierta satisfacción por este «enfoque social» de Obama, más preciso y explícito que nunca en el Presidente desde su llegada a la Casa Blanca. Y, sin embargo, en los púlpitos y tribunas más a la izquierda del panorama social y político se percibe cierta desconfianza e incluso escepticismo.

El debate sobre el uso (abuso) de los ‘drones’, actualizado por la audiencia legislativa del candidato de Obama a director de la CIA, hizo emerger este ‘malestar progresista’. Hay ciertas suspicacias por el ‘doble lenguaje’ de Obama en esta materia. Se le reprocha al presidente inconsecuencia e insensibilidad, incluso complacencia por una política que contraviene sus principios declarados. Decíamos en el comentario anterior que Obama está lejos de ser un pacifista y poníamos como ejemplo el refuerzo de ciertos programas de carácter militar que han recibido un fuerte impulso con su presidencia.

Uno de ellos, quizás el más emblemático es el de los ‘drones’ porque pone en evidencia más que cualquier otro las contradicciones de Obama como máximo dirigente del país. Ya no se trata de pragmatismo o ejercicio cínico del poder, sino de un elevado y difícilmente justificable coste en vidas humanas, y encima sin transparencia o, peor aún, con maniobras de ocultamiento.

Hace unos días, el NEW YORK TIMES, por lo general muy propenso a justificar las decisiones de Obama, publicaba un acerado análisis en el que equiparaba los vicios de la lucha antiterrorista del Presidente con los de Georges W. Bush, a cuenta precisamente del programa de los aviones tripulados a distancia. Brennan, ya Director de la Central de Inteligencia, hombre de confianza presidencial y arquitecto de esa herramienta predilecta de Obama en la supuesta persecución de la amenaza terrorista, no despejó la mayoría de las dudas, ni resolvió los reproches que varias publicaciones de izquierda han detallado estos días.

Si Obama no da una respuesta convincente en esta materia, corre el riesgo de que de que esos sectores críticos, por lo demás próximos ideológicamente a sus objetivos de gobierno, interpreten su actitud como una señal de altivez. Una condición similar a la que atribuyen a los ‘drones’ como parábola del ejercicio arrogante del poderío militar norteamericano.