Mientras los medios de comunicación social dedican una atención desmedida a la vida sentimental del señor Hollande (¿realmente le interesa esto a alguien?) y a las tristes desventuras de su anterior amante abandonada (¿realmente ha sido abandonada?), otras cuestiones políticas sustantivas se intenta que pasen a segundo plano…, e incluso que sean excluidas de la agenda informativa.

Ante empeños tan descarados por tratarnos a los ciudadanos como tontos de remate, es difícil saber si dichas campañas de diversión responden a una iniciativa del propio equipo de François Hollande, o más bien forman parte de la actual tela de araña que están tejiendo determinados poderes fácticos. Pero, sea como sea, el resultado es el mismo: un intento de escamotear la realidad política y los escándalos de fondo.

El verdadero escándalo es que el Señor Hollande haya decidido por su cuenta y riesgo cambiar sustancialmente el programa electoral con el que concurrió a las urnas hace apenas un par de años. Lo cual supone un fraude al electorado francés. Ahora, Hollande dice que estaba equivocado y que se impone ser realista. ¿Acaso no era realista cuando concurrió a las urnas? ¿No tenía ni idea de lo que se podía ?y se debía? hacer? ¿Tan limitadas son sus capacidades políticas y analíticas? Si tan equivocado estaba, o si tan pobre era su capacidad de análisis, entonces, ¿por qué no dimite y deja que otros más preparados y mejor informados se ocupen de los asuntos públicos?

Aparte de este patinazo mayúsculo, habría que preguntarse, ¿en casos como este a quién corresponde rectificar? Si es cierto, como parece, que Hollande era el candidato del Partido Socialista francés, ¿no es a este partido al que le correspondería tomar democráticamente una decisión de tanta envergadura y alcance? ¿Acaso no tendría que hacerse, incluso, un Congreso Extraordinario del partido para realizar un cambio de ese tenor? Por supuesto, luego habría que ver si los franceses estaban de acuerdo o no con un cambio de rumbo sobrevenido.

A los ingenuos mortales que creemos en el sentido genuino de la democracia todo esto nos parece escandaloso. Eso sí que es un escándalo mayúsculo. Pero, al parecer, algunos entienden que se trata de algo tan habitual que no lo consideran ni siquiera “noticia”. Ciertamente, Hollande no es el primer responsable de gobierno que se cae del caballo a medio camino y que, poseído por un ataque repentino de patriotismo realista, empieza a hacer lo contrario de lo que había prometido a sus conciudadanos… Por eso, de seguir por esta vía, ¿quién acabará creyendo en el valor de la democracia? ¿Y qué efectos acabará teniendo el clima de desconfianza y desafección que se está gestando? ¿Quién le compraría un coche usado, por ejemplo, o se dejaría operar por personas tan volátiles, tan poco fiables y tan poco rigurosas como algunos líderes políticos?

El problema se complica cuando a todo lo anterior se une que los cambios (escandalosos) de algunos líderes europeos casi siempre se producen en una dirección equivocada, dañina económica y socialmente y claramente perjudicial para los sectores sociales que les apoyaron en las urnas.

Un economista tan competente y prestigioso como el Premio Nobel Paul Krugman manifestaba recientemente su sorpresa (El País, 19 de enero) por la adopción por parte de Hollande de políticas tan desacreditadas y nocivas como las que está siguiendo la actual derecha política europea. Es decir, lo peor es que Hollande ha cambiado para ir en la dirección contraria a la que actualmente se necesita en Europa para recuperar el crecimiento, el empleo y el bienestar social.

Esto es, precisamente, lo que economistas como Krugman consideran escandaloso. De ahí que los problemas actuales del estancamiento y la confusión europea se deban atribuir no solo a “las malas ideas de la derecha”, de “conservadores insensibles (socialmente) y obcecados”, sino al campo libre que les dejan “los políticos atolondrados y sin carácter de la izquierda moderada”, según sostiene sin rodeos Krugman.

Críticas tan rotundas como la de Krugman no es fácil encontrarlas en los círculos socialdemócratas europeos, en los que generalmente predominan debates insulsos sobre liderazgos, simpatías y carismas (alentados por los medios de comunicación social conservadores) y en los que apenas afloran propuestas claras, sólidas y suficientemente enérgicas. Por eso, Krugman puede criticar al centro-izquierda europeo por contentarse con “ofrecer, como mucho, críticas desganadas” y “achantamientos sumisos” que solo conducen al “descalabro intelectual”.

El problema es que, muchas veces, los liderazgos de la socialdemocracia europea son liderazgos meramente mediáticos, sometidos a demasiadas hipotecas y “agradecimientos” previos y calculadamente ambiguos; y ¡ay de aquellos que osen salirse de las líneas marcadas!

¿Qué influjos tan poderosos están desplegándose en la vieja Europa para que la socialdemocracia se vea sometida, tan recurrentemente y en tantos países, a continuos vaivenes de liderazgos y cambios de ruta? Cambios que siempre suelen conducir al descrédito y al hundimiento electoral. Lo cual evidencia que se trata de cambios en contra de la verdadera opinión pública. Un amigo mío sostiene que es tan grande el grado de penetración y la capacidad de presión y chantaje que han desplegado los tejedores de la actual tela de araña ?dentro y fuera de los partidos socialdemócratas europeos? que no hay quién pueda sustraerse a la claudicación y la obediencia sumisa, so pena de ser víctima de un lidericidio inmediato. ¿Hay ejemplos concretos que demuestren que esto está siendo así? ¿Cómo se podría salir del círculo desastroso del austericidio, la involución social y la crisis del empleo decente? Con determinados líderes blanditos y mediáticos es evidente que no se va a salir. Y con el silencio resignado tampoco.