LA REVOLUCIÓN SECUESTRADA

Éste es el escenario más probable. De hecho, ésa parece ser la situación actual. Los principales colaboradores del ex-presidente Ben Alí se habrían hecho con las riendas institucionales, con el pretexto -no necesariamente exento de fundamento- de evitar que el país se hunda en el desorden público, el deterioro productivo, la frustración social y, como resultado de todo ello, el caos.

El mantenimiento en el nuevo gobierno provisional del propio primer ministro del régimen derrocado, Mohamed Ghanuchi, y de sus cuatro principales ministros (Economía, Defensa, Exteriores e Interior) resulta decepcionante para el movimiento ciudadano que precipitó la caída de la ‘mafia-familia’ Ben Ali-Trabelsi. Es comprensible. Cuando el jefe de Estado interino, Fuad Mebaza, -otro alto cargo del régimen depuesto, el presidente del Parlamento- anunció la composición del Ejecutivo de transición encargado de conducir el proceso político, una nueva oleada de protestas sacudió las calles tunecinas. Era de esperar.

Los partidos de la oposición consentida y la Central Sindical UGTT, que habían prestado sus efectivos para este gabinete provisional, comenzaron a volverse atrás, para no quedar expuestos a la reacción popular, y algunos se han retirado del Ejecutivo. Es difícil determinar si se ha tratado de un ejercicio más de oportunismo o pragmatismo, como el que han mantenido durante décadas, cuando se prestaron a servir de coartada institucional a la dictadura de Ben Alí, o si han decidido someterse a un auténtico proceso de renovación, bañándose en el Jordán revolucionario.

Los segundones de la era Ben Alí argumentan que cierta continuidad nominal resulta oportuna y hasta necesaria, porque el movimiento revolucionario carece de líderes capaces de conducir un proceso tan arriesgado como el que está viviendo Túnez, debido precisamente a la represión, a la persecución de dirigentes opositores, al miedo. Como prueba de sus buenas intenciones, han vaciado las cárceles, han roto sus carnés del partido oficialista (RCD) y han desconocido la Constitución vigente a la hora de convocar elecciones, para dar tiempo a todas las fuerzas opositoras, no sólo a las toleradas hasta ahora, a organizarse.

Estos días algunos de estos dirigentes de la época pasada andan dorando blasones de resistencia interna y boicoteos silenciosos al presidente depuesto. Tampoco este fenómeno es exclusivo de la revolución tunecina. Ni el planteamiento de estos «demócratas de toda la vida» es necesariamente descabellado o puramente oportunista. Pero tampoco es inocente. No hay que descartar que las élites beneficiarias del sistema clientelar anterior, aunque fuera de forma subsidiaria, pretendan conservar ahora parte de sus privilegios, modificando su discurso y poniéndose al frente de la marea democrática. Es la impresión dominante y, de confirmarse, estaríamos, efectivamente, ante el secuestro de la Revolución.

LA REVOLUCIÓN CONFIRMADA

Si las propias fuerzas sociales que, con su coraje cívico, precipitaron la caída de Ben Alí son capaces de articular un liderazgo plural, integrador, paciente, inteligente y vacunado de personalismos y vanidades, no es descartable que la «intifada tunecina» -como le ha llamado Al Jazeera- consiga sus objetivos más nobles. O, para decirlo más claramente, que se desactiven las posibles conspiraciones para vaciar de contenido real el movimiento revolucionario. Algunos exiliados, como Moncef Marzouki, ya han regresado al país, y otros, como el líder islamista moderado Rachid Ghanuchi, lo harán en breve, aunque éste reserve sus opciones para momentos más calmados. Las dudas sobre la viabilidad de este escenario no son pequeñas, debido a la ausencia de una cantera de líderes, la nula penetración de los partidos proscritos, la confusión propia del momento, la impaciencia de algunos sectores que exigirán mejoras inmediatas o el oportunismo de actores genuinamente nuevos pero no por ello mejores que los derrocados.

LA REVOLUCIÓN UNIFORMADA

En el caso de que la presión democrática desbarate esta especie de transición ordenada y controlada que los herederos del régimen derribado están urdiendo, pero no genere líderes capaces y procesos coherentes y realizables, la amenaza de desorden es desgraciadamente real. En ese caso, los militares gozan de una ventaja indudable para convertirse en árbitros de la situación. No sólo por su relativa neutralidad política o por su historial de permanencia en los cuarteles sin ceder a tentaciones intervencionistas. En esta hora, resulta más decisivo que haya facilitado el éxito revolucionario negándose a colaborar en el último y desesperado intento represivo de Ben Alí. Que su principal jefe, el general Rachid Ammar, diera la puntilla al ex-presidente y certificara su defunción política con la ya famosa sentencia de ‘estás acabado’, es hoy en día un activo político. Circulan análisis contradictorios sobre las ambiciones del general Ammar, sin que nadie se atreva a acreditar sus verdaderas intenciones, como apunta el corresponsal del NEW YORK TIMES.

LA ANTORCHA TUNECINA

Mientras se resuelven estos dilemas -ya clásicos en cualquier proceso político revolucionario-, en los países vecinos se hacen intensos intentos para asimilar y neutralizar los efectos del ejemplo tunecino, ya sean los magrebíes (o norteafricanos, en general) o los europeos del otro lado del mediterráneo. De momento, en Egipto, Argelia y Mauritania ya se han registrado émulos de Bouazizi, el jóven licenciado en paro que con su sacrificio precipitó la protesta.

Cientos de analistas, editorialistas e intelectuales en el mundo árabe han querido ver en la «intifada tunecina» (Al Jazeera) el «turning point» (cambio de tendencia) que impulsará a los pueblos árabes a volverse contra sus dirigentes (Rami Juri, director del Instituto Issam Fares de la Universidad Americana de Beirut). Pero, sin restar trascendencia a lo ocurrido en Túnez, no está claro que «la antorcha tunecina iluminará todo el mundo árabe», como proclamaba entusiasta el diario libanés AS SAFIR.

Egipto está blindado, y no precisamente por Europa, cuyas ‘garantías’ sólo han estado a la altura de su indignidad precedente, sino por Estados Unidos. Es verdad que una explosión de cólera puede poner en apuros a la dictadura institucionalizada y militarizada de Mubarak, pero el sistema de alarmas se antoja más eficaz que en Túnez. Aunque sólo sea porque el régimen está más prevenido. Con la misma naturalidad con la que se ha laminado a la oposición islamista moderada o conservadora de los Hermanos Musulmanes o se reprimen focos de descontento social, se puede abortar un amago revolucionario. A Egipto le ‘protege’ su frontera con Israel. Aunque las arcas de Washington no están boyantes, es difícil creer que, en caso de alarma seria, los norteamericanos, alentados por los israelíes, no acudirían al rescate para reforzar subsidios, menudear limosna social o aplicar parches urgentes.

Algo parecido, aunque con componentes geoestratégicos un poco diferentes, le ocurre a Marruecos. La habilidad de la monarquía alauí para presentarse como garante regional frente al peligro islamista le proporciona cierta protección externa. Pero quizás el factor más tranquilizador para la Corona es que, pese a que el no ya tan joven rey ha defraudado a los optimistas que esperaban una renovación más amplia y sincera del sistema, lo cierto es que el descrédito en la cúspide del poder no ha alcanzado aún el nivel de pudrimiento tunecino.

El caso argelino es más peliagudo. Los disturbios callejeros de las últimas semanas podrían indicar que el malestar social va en aumento. Pero, como en Egipto, los aparatos represivos -materiales y de inteligencia- están permanentemente en sobre aviso, después de los violentos sucesos de 1988 y de la pesadilla terrorista-represiva que siguió al fraude electoral de los primeros noventa. En el semanario norteamericano THE NATION, Karima Bennoune apunta también la posibilidad de que las últimas protestas no hayan sido tan espontáneas, sino que hayan respondido a intereses corporativos privados que controlan los mercados del azúcar y otros productos sometidos a regulación gubernamental.

De Libia no llegan noticias fiables, aunque la inquietud no disimulada de Gadaffi indicaría que nadie está a salvo. Y, finalmente, Mauritania parece el eslabón más débil, aunque este frágil país sufre una inestabilidad endémica y los procesos revolucionarios, de ocurrir, se confundirían, seguramente, con cuartelazos habituales.

Qué decir de los paises occidentales, cuya indignidad ha sido puesta en evidencia en la caída de la ‘dictadura turística’ de ‘Zinochet’ Ben Alí (doble caricatura del diario argelino EL WATAN). En un editorial concluyente, THE GUARDIAN resume bien lo ocurrido:

«Estados Unidos y Europa han respaldado regímenes árabes herméticos y fallidos, por considerarlos barreras frente al radicalismo islámico. Se trata de una estrategia terriblemente desorientada, precisamente porque ayuda a conforma la narrativa yijadista de un Occidente hostil a los intereses de los pueblos musulmanes».

¿Quién se atreve a cuestionar que, como propone en LE MONDE Michel Camau (autor del libro «Síndrome autoritario. Política en Túnez, desde Burguiba a Ben Alí») urge reconsiderar esa estrategia?