La vieja ocurrencia de Eugenio D’Ors de reclamar que los experimentos novedosos se hicieran con gaseosa se ha convertido en un tópico utilizado recurrentemente para prevenir sobre los intentos de realizar proyectos o intentonas arriesgadas y de resultado incierto.

Aunque el primer ministro griego Alexis Tsipras seguro que no conoce la anécdota de Eugenio D’Ors, seguro que estará pensando estos días en algo similar. La manera de proceder de Tsipras y de su curioso y denso partido-coalición ─que se autocalifica como de izquierda radical─ bien pudiera pasar a los manuales de ciencia política, como ejemplo paradigmático de una mala gestión política. Una gestión cuyos resultados prácticos están siendo –y aún queda bastante recorrido─ mucho peores que los que cualquiera podía haber imaginado.

A partir de una situación muy problemática, de la que Tsipras y los suyos no son, precisamente, los mayores responsables, en los últimos años parecía que las cosas en Grecia tendían a encauzarse, aún al coste de notables sufrimientos sociales, y que la sociedad griega empezaba a homologarse, en algunas de sus prácticas y en el funcionamiento de determinadas instituciones, a los parámetros propios de los otros países de la Unión Europea y de la zona euro. Ámbitos en los que habían entrado voluntariamente, comprometiéndose a cumplir con todas sus reglas y requisitos. Incluso Grecia había comenzado un ciclo de crecimiento económico positivo, que permitía pensar en una nueva etapa de menores sufrimientos y recortes para los sectores sociales más vulnerables.

El problema de algunos analistas y de ciertos líderes políticos es que no son capaces de reconocer que a aquella coyuntura (anterior a Tsipras) se había llegado mediante unas políticas que suscitan un algo grado de rechazo entre amplios sectores de la opinión pública. No solo en Grecia. Y que, por lo tanto, muchos ciudadanos no comparten la percepción de que la economía está mejorando, por la sencilla razón de que ellos en particular no están mejorando. De ahí que empeñarse en mantener dichas políticas aboca directamente a suscitar amplios rechazos sociales, con sus correspondientes efectos en los comportamientos electorales.

Así las cosas, Tsipras y Syriza fueron aupados al poder hace solo unos meses a partir de la ola de malestar e indignación que recorría la sociedad griega (al igual que en otros países europeos). Para llegar al poder prometieron el oro y el moro, incluso lo que no estaba a su alcance, generando unas expectativas y unas ilusiones que al final han acabado como estamos viendo.

El propósito declarado por Tsipras y los suyos era defender a los más necesitados, actuar como sus abanderados y mejorar su situación objetiva. Al principio, intentaron hacerlo por decreto –como suele hacerse en los proyectos populistas─, intentando desarrollar redes clientelares. Lo cual produjo la falsa impresión –e ilusión─ de que “¡estos sí que son los nuestros!” y “¡estos sí que nos arreglan los problemas!”.

Pero, al igual que ocurre en el tránsito de la adolescencia a la madurez, al final los hechos son tozudos, y las actuaciones demagógicas, imposibles e irresponsables terminan pasando factura.

Así, después de una equivocada gestión de la economía, y de una disparatada estrategia (?) de negociación con Bruselas llevada a cabo por un supuesto experto en “teoría de juegos”, pasando por el desahogo de un referéndum que no tenía ni pies ni cabeza y de un corralito sumamente destructivo, se ha llegado a un primer desenlace que objetivamente implica un empeoramiento notable de la situación económica y social del pueblo griego. Es decir, aquellos que decían que querían mejorar la situación social de los sectores que peor estaban no han logrado sino empeorar las perspectivas de todos, en particular, y la del conjunto nacional en una magnitud extraordinaria. Y, además, con el hándicap añadido de una quiebra de confianza (económica y política) que costará años y esfuerzos hercúleos remontar.

Si no nos encontráramos ante unos horizontes trágicos para muchas personas, podríamos bromear ampliamente sobre el supuesto marxismo de extrema izquierda de los 16 partidos, o más, que se juntaron en ese experimento “con gaseosa” que es Syriza, y que en resumidas cuentas han terminado en un desastre-patochada-versión de aquel divertido Groucho Marx cuando ironizaba diciendo que “partiendo de la nada, podemos decir que, al final, hemos llegado a la más absoluta de las miserias”.

La experiencia histórica demuestra que este tipo de contradicciones paradójicas entre lo que se promete y lo que se alcanza son más frecuentes de lo que parece. Alemania, sin ir más lejos, fue embaucada no hace tanto por demagogos que les prometieron el cielo y el paraíso durante mil años, y al final acabaron en la destrucción y en el horror más absoluto.

De ahí la necesidad de estar prevenidos ante los demagogos y los irresponsables que prometen lo imposible y luego se desentienden ante los sufrimientos colectivos (añadidos) que ellos mismos causan, y/o empeoran.

Las explicaciones de Varoufakis, después de dar la espantada y dejar plantado a Tsipras, revelan lo que realmente había detrás de este supuesto experto en negociaciones. A no ser, claro está, que su propósito primordial fuera desde el principio llegar, precisamente, a donde se ha llegado. Y aún podría ser peor, si no hubiera sido por el sentido de responsabilidad de otros. Es decir, ¿querían algunos llevar las contradicciones del sistema hasta el límite? ¿Con qué finalidad? ¿Querían que estallase el modelo? ¿Es eso lo que pretenden también algunos líderes y partidos similares al sector más extremista de Syriza? ¿Piensan realmente que “cuanto peor tanto mejor”?

Desde luego, aventureros y malos gobernantes (de facto o en potencia) los hay en muchos lugares, aunque hayan escrito libros (mejores o peores) o hayan dado clases (pocas o muchas) en Universidades de diferente tenor y prestigio. Pero, una cosa es escribir libros o dar conferencias y otra muy diferente saber gobernar y pensar de verdad en la situación real de los sectores sociales más necesitados.

De momento, habría que sugerir a algunos tertulianos y analistas de salón que se bajen de la ola bobalicona e intenten explicarnos qué es lo que quiso decir realmente Pablo Iglesias Turrión cuando afirmó que: “si los griegos han montado este lío representando solamente el 2% del PIB de la zona euro, ¡imaginaros la que podemos montar nosotros que representamos el 13%!”. ¿Qué es realmente lo que quiere montar? ¿Qué quería decir hace unos días cuando clamó a voz en grito: “¡Espera Alexis, aguanta!, ¡que ya llegamos nosotros y vamos a ser más fuertes!”?

Lo dicho, “los experimentos políticos mejor con gaseosa”.