El primer ejemplo que pone Lakoff es precisamente el referido a los impuestos. El día que George W. Bush llegó a la Casa Blanca, empezó a utilizarse el término alivio fiscal, precisamente para justificar la bajada de los impuestos. Si se piensa en el enmarcado alivio, para que éste se produzca, ha tenido que haberle ocurrido a alguien algo adverso, un tipo de desgracia, y ha tenido que haber también alguien capaz de aliviar esa desgracia, y que por tanto viene a ser un héroe. Pero si hay gentes que intentan parar al héroe, esas gentes se convierten en villanos porque tratan de impedir el alivio.

Cuando a la palabra fiscal se le añade alivio, el resultado es una metáfora: los impuestos son una desgracia; la persona que los suprime es un héroe, y quienquiera que intente frenarlo es un mal tipo. Esto es un marco… Y muy pronto los demócratas, tirando piedras contra su propio tejado, empezarán a utilizar también alivio fiscal.

Esto por desgracia está pasando en nuestro país en la precampaña electoral y los dos partidos se han lanzado a hacer ofertas sobre disminución de impuestos o devolución de dinero, que para el caso es lo mismo. El PSOE ha entrado de esta manera en el marco propio de un partido conservador. Ha caído en su lenguaje en lugar de hacer su propio discurso con su lenguaje correspondiente. Hace pocos días se publicaba en El País un artículo excelente, del catedrático de economía aplicada del País vasco Ignacio Zubiri, en el que se ponía en cuestión estas propuestas y daba precisamente las claves de lo que debería ser el discurso del partido socialista.

Por desgracia, los dirigentes del partido socialista no han aprendido bien la lección de Lakoff, aunque al parecer lo han convertido en su libro de cabecera, y tampoco siguen las lecciones de una persona tan solvente en temas de hacienda como Zubiri, y prefieren atender las recomendaciones de economistas que creen demasiado en el mercado y poco en las actuaciones públicas para favorecer la igualdad en derechos y en oportunidades, aunque se declaren socialistas.

A veces, incluso llegamos a oír cosas tan espantosas como que bajar impuestos es de izquierdas. Bajar o subir impuestos no es de izquierdas ni de derechas, depende a quién se les suban los impuestos o a quién se les baje. El objetivo principal de la izquierda es luchar para conseguir una sociedad más justa y más equitativa. El desarrollo no debe concebirse sólo como crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB), sino que hay que tener en cuenta cómo se distribuyen los beneficios de ese crecimiento, si el crecimiento es respetuoso con el medio ambiente, si se avanza en la igualdad de género o si disminuye el número de personas pobres. En este contexto es en el que hay que situar los impuestos.

Un sistema fiscal progresivo es una arma, pero no la única, para avanzar en esos objetivos, y cumple dos fines, uno de redistribución, y otro de recaudación. Los dos son importantes, pero se encuentran estrechamente relacionados, pues sin un sistema progresivo la recaudación también se resiente. Una adecuada recaudación es fundamental para atender un gasto público que deberá también destinarse para cumplir los objetivos señalados. El que el gasto público desempeñe un papel progresivo es fundamental, por lo que no hay que quedarse sólo en los impuestos, sino contemplar a qué fines dedicamos el gasto público. Una política progresista se definirá por este hecho y es lo que hará que podamos avanzar hacia una sociedad más equitativa, igualitaria y sostenible.

Por tanto, lo que hay que poner en valor es la importancia del gasto público en la educación, la investigación, la salud pública, la preservación y mejora del medio ambiente, la igualdad de género, y la lucha contra la exclusión y la pobreza, entre otras cosas que deben definir a una sociedad por la que muchos combatimos. Por esto es por lo que observo con tristeza que en lugar de defender los valores democráticos, de igualdad, y laicos, se entre en una competencia sobre quién va generar más alivio fiscal. Los impuestos da la impresión que se saldan en las rebajas de enero, con propuestas, además, poco creíbles, y que suenan a electoralismo e improvisación, sin que se sustente en proposiciones serias y bien pensadas. Propuestas que, por otra parte, no van a suponer más votos. En unos momentos en los que hay todavía tantas carencias sociales y privaciones impropias de un país desarrollado no parece oportuno caminar por esa vía. Pero si encima la crisis se agrava y hay que impulsar la economía vía gasto público, desde luego la propuesta no puede ser más desafortunada.