¿Hasta dónde pretende llegar Europa en su injusta asfixia económica frente a los ciudadanos? La cuerda ya está tensa, muy tensa, como viene ocurriendo en Grecia o ahora en España. Además, quienes están saliendo a la calle son los hijos de los que nacimos en los sesenta, aupados a la Democracia, a la libertad, a la conquista de derechos laborales, al triunfo y éxito personal, a la creación de la clase media. Hoy, ya no sabemos cuánto resistirá la clase media, si aún existe; fue producto del éxito europeo y morirá con el fracaso económico de Europa.

Nuestros hijos han sido los primeros en reaccionar, de forma contundente, porque ven amenazado su futuro, porque ya saben que vivirán peor que sus padres, porque estudiar no les garantiza una promesa, porque no tienen trabajo, y, …. porque no les apetece irse a Laponia!! Les mostramos todos los bienestares consumistas posibles y nos preocupaba no haberlos educado en la responsabilidad colectiva y en el sacrificio, fuimos extremadamente protectores y consentidores, pero no hemos podido protegerles de ser una generación desorientada.

Nos convertimos en conservadores, silenciosos, callados, apáticos socialmente e indiferentes mientras teníamos algo que conservar. Pero nuestros hijos no tienen miedo a protestar porque han descubierto que no tendrán nada que perder. La crisis nos ha devuelto unos hijos conscientes, reivindicativos, luchadores, capaces de organizarse y resistentes a la resignación.

Todo siglo tiene su revolución. Los inicios del siglo XX fueron desconcertantes y difíciles para Europa. Las dos guerras mundiales asolaron el territorio, dividieron a sus conciudadanos, expandieron el horror y la muerte bajo el infierno de un holocausto que debería haber sido tan inimaginable bajo los parámetros humanos como irrealizable, constituyendo la etapa negra más desoladora de nuestra historia común; los conflictos posteriores producidas en el corazón de Europa, en los Balcanes, configuraron nuevos mapas y naciones, las apariciones de nacionalismos o la desaparición de los bloques, suprimiendo la cicatriz generada durante la guerra fría.

El siglo XXI ha comenzado con nuevas turbulencias para Europa. Una crisis galopante que nadie predijo pese a tener eminencias en la materia y una ceguera en las relaciones internacionales que ha empequeñecido más a una Política sin los grandes líderes del final del siglo XX. Europa está desorientada y desconcertada, dando palos de ciego sin decidirse por el camino de la desagregación de sus naciones o la formación de una Ciudadanía conjunta.

Europa se ha perdido relamiéndose las heridas en la felicidad consumista; aplicando recetas amargas e impuestas en contra de sus propias señas de identidad.

Hoy Europa no da dos pasos sin tropezar; lo más grave es que su miopía, nuestra miopía, no comenzó con la crisis sino en los años de bonanza. Pero el foco de atención del progreso, el crecimiento y el optimismo ya no están en Europa: el mapa neo-económico nos ha desplazado del centro de atención.

El siglo XXI ha empezado fuerte. Con sorpresas, crisis, cambios, convulsiones. La Historia no termina nunca de escribirse. Pero no la escribirán los mismos.