En la mayor parte de los países avanzados se valora muy positivamente el conocimiento y el manejo simultáneo de varias lenguas por parte de la población. Y las instituciones promueven el plurilingüismo como factor clave para el desarrollo personal y el progreso colectivo. Sin embargo, en determinadas comunidades autónomas de España se actúa en sentido opuesto. La ordenación de la enseñanza, la atención administrativa, el acceso a la función pública y hasta la señalización callejera, parecen establecerse con el objetivo de cultivar el monolingüismo. ¿Por qué?

El aprendizaje y la utilización habitual de más de un idioma contribuyen a enriquecer el bagaje cultural de cualquier persona, y pone en sus manos una herramienta muy útil para favorecer su empleabilidad y su desenvolvimiento profesional. Desde una perspectiva más global, resulta innegable que las sociedades multilingües disfrutan de mejores índices de desarrollo económico, social y cultural, y los valores de la tolerancia y la solidaridad facilitan la convivencia. ¿Por qué esa resistencia entonces?

Un argumento más. Cuando las instituciones no facilitan el acceso al conocimiento de una lengua de interés práctico indudable –como lo es el castellano en toda España-, quienes más sufren son los sectores sociales desfavorecidos. Igual ocurre cuando se discrimina en los servicios públicos o en el acceso a un puesto de trabajo a quienes solo conocen una lengua, por ejemplo la que es oficial en todo el Estado. Los ciudadanos con más recursos pueden acceder al aprendizaje idiomático a través de vías alternativas. Los demás sufren limitaciones injustas y, a veces, de legalidad dudosa.

Ninguna de las lenguas españolas corre peligro. El castellano goza de una salud inmejorable, como lo prueba su creciente expansión por todo el mundo. El catalán, el euskera y el gallego están avalados por su gran predicamento en las sociedades respectivas, la Constitución les garantiza su carácter oficial y está generalmente admitido que constituyen parte fundamental en el patrimonio cultural de todos los españoles.

No se promueve eficazmente una lengua dificultando el uso de las demás. Antes al contrario, la lengua se enriquece en la convivencia libre, tolerante y mestiza. Lo demás es provincianismo. En el siglo XXI.