De la misma manera que en la década de los años treinta del siglo pasado lo inteligente hubiera sido llegar a un gran pacto social, para salir de la crisis de una manera equitativa y equilibrada, antes de que se dispararan las dinámicas de bipolarización y confrontación, ahora las personas inteligentes entienden que es urgente un gran consenso social, adaptado a las circunstancias y exigencias de nuestro momento histórico, desde el que se pueda plantear una salida de la crisis que no pase por intentar cargar el peso de los sacrificios sobre las espaldas de los sectores más débiles de la sociedad y que no pretenda someter a determinados países a unas exigencias prácticamente imposibles de cumplir. Todo ello, mientras los poderosos continúan obteniendo beneficios escandalosos y tejen redes de poder e influencia al margen de los cauces de la democracia establecida, a la que continuamente deterioran y cuestionan.

Las noticias que han empezado a conocerse sobre los tejemanejes del Imperio Murdoch, en realidad sólo son la pequeña punta del iceberg de unas estrategias de dominación política que han venido corroyendo y corrompiendo las bases de nuestros sistemas políticos, en una forma que es casi imposible de imaginar.

Por eso, cuando a veces se arguye que los “mercados” requieren más sacrificios, o que nos exigen más recortes y adaptaciones, en el fondo, y en la forma, lo que se hace es intentar justificar un sistema de dominación que nos está conduciendo al desastre económico, y que alienta el descontento que amenaza con polarizar gravemente nuestras sociedades en el plano político, económico y social.

Tales formas de proceder están dando lugar a que aumente el número de perdedores, sobre todo entre las nuevas generaciones y entre los sectores sociales más vulnerables, al tiempo que cunde la inseguridad entre amplios núcleos de las clases medias, que también se ven afectadas por tendencias de deterioro y movilidad social descendente.

En este contexto, si continúa aumentando el desempleo, si empeoran las condiciones de vida de mucha gente, si los perdedores se indignan y carecen de unas esperanzas razonables de futuro y si el clima social y político se encona, lo más probable es que nuestras sociedades se deslicen por la senda del malestar y de las confrontaciones duras. Sobre todo, si los sectores más precarizados y excluidos pierden la confianza en los líderes y los partidos moderados y razonables, y si estos no aciertan a formular con claridad propuestas creíbles de recuperación económica y social.

No es extraño, pues, que bastantes personas piensen que nos podemos estar aproximando a un peligroso choque de trenes, mientras algunos líderes permanecen impasibles, a la espera no se sabe muy bien qué, o confiándolo todo a unos eventuales vuelcos electorales de pretendidos efectos taumatúrgicos y fantásticos. Pero la verdad es que la era de la magia ya pasó y ahora todo va a ser muy complicado. Por eso, los ciudadanos asisten atónitos a la permanente escenificación de unos rifirrafes con poca enjundia y a la solemne vacuidad de unos discursos políticos aferrados al “aguanta cuanto puedas”, o al “tu más”, o al irresponsable “cuanto peor mejor”.

En el caso concreto de España, algunos de estos problemas se encuentran más enmarañados y complicados debido a los efectos que está produciendo la falta de entendimiento entre los dos grandes partidos (pero no sólo), en cuestiones de tanta importancia funcional como la renovación de diversos órganos institucionales, o la carencia de criterios estables y compartidos en educación, sanidad, política energética, racionalización de las políticas territoriales, funcionamiento de la Justicia, etc.

Son múltiples las razones, pues, que evidencian que la solución a muchas de estas cuestiones requiere de grandes acuerdos. Según la opinión de una mayoría muy amplia, en estos momentos, esta es la cuestión clave y no la aprobación de leyes que puedan dar más facilidades para los despidos, o la determinación de las fechas electorales, o los cálculos sobre las posibilidades estratégicas alicortas de unos u otros partidos, que tienden a encerrarse en problemáticas con poco sentido y alcance.

De momento, las reacciones que se están produciendo en la calle son de rebeldía y rechazo. Sin embargo, empiezan a manifestarse también respuestas y planteamientos desde los que se intenta poner voz al pensar mayoritario que reclama sentido común, sensibilidad social, respeto democrático y voluntad para asumir los acuerdos necesarios.

No obstante, hay que ser conscientes de que los pactos y los propósitos de consenso no son un bálsamo de fierabrás con capacidad para curarlo todo. Y tampoco están exentos de problemas y riesgos de ineficiencias, como ocurrió en algunos aspectos con el modelo de consenso keynesiano. Pero aun así, en circunstancias como las actuales, los acuerdos son imprescindibles si queremos evitar males mayores, y de ellos podría decirse algo similar a lo que afirmó Winston Churchill sobre la democracia; es decir, son el “menos malo de todos los procedimientos conocidos para afrontar una salida de la crisis”.

Con inteligencia y con un mínimo de lucidez política a tales propósitos es a lo que deberíamos dedicarnos en estos momentos, antes de que empecemos a ser arrastrados –¿nuevamente?– por espirales de confrontaciones cainitas. En tal sentido, no estaría mal recordar, una vez más, que los pueblos que no son capaces de aprender de su experiencia histórica, y de sus errores, están condenados a repetirlos. Esperemos que esta vez no sea así. Mientras tanto, hagamos todo lo posible para evitarlo.