El término populista no se emplea aquí de forma gratuita o con ánimo descalificador. Se trata de la conclusión obvia en un análisis sencillo. Populista es aquel que simplifica lo complejo para despertar el aplauso fácil. Populista es el que exacerba los problemas que dice denunciar. Populista es quien acusa y protesta sin comprometerse con una propuesta viable. Y populista es aquel que, además, persigue un propósito espurio o distinto al que explicita.

Muchos ciudadanos sienten decepción, rabia e impotencia ante las consecuencias de la crisis. Las clases medias y trabajadoras no crearon la crisis, pero están sufriendo sus peores efectos en términos de paro, pobreza y desigualdad. El populismo no hace diagnósticos útiles ni plantea soluciones a esta situación. Se limita a reflejar aquella rabia, a estimularla y a darle cauce mediante un voto de protesta.

A veces cuentan parte de la verdad, y a veces mienten. Como cuando achacan los problemas a una casta de políticos privilegiados, indiferenciados en sus ideas y en sus hechos, y todos corruptos por igual. O cuando descalifican la transición democrática como una farsa, o cuando tachan la Constitución de 1978 como una carta otorgada por el dictador. O cuando descalifican la gestión de los Gobiernos socialistas en sanidad, educación, pensiones y derechos civiles como una estrategia para domesticar a las clases populares. Es mentira.

No nos representan, dicen. Ellos sí, claro, aunque obtengan muchos menos apoyos electorales. Que se vayan, reclaman. Como si fuera tan fácil. Como si los problemas fueran a resolverse sin más con el recambio de unos cuantos representantes políticos. Saben que no es cierto.

Muchos dedos acusadores, pero ni una sola propuesta viable. Plantean multiplicar los salarios, rentas públicas para todo el mundo, más y mejores pensiones. Pero no dicen cómo financiar este gasto. Una fiscalidad más justa, guerra a al fraude, dicen. Pero nunca concretan qué impuestos, con qué tipos y cómo destapar y perseguir el fraude en mayor medida que hicieron los gobiernos socialistas. Mano dura a la corrupción. Claro, pero ¿qué medidas específicas implementar para prevenirla y perseguirla, más allá de lo que estamos haciendo y proponiendo otros? Exigen no pagar las deudas del Estado, pero si no vuelven a prestarnos, ¿cómo financiaremos entonces los gastos futuros?

No les gustan los modelos políticos y económicos de Europa ni los de Norteamérica. Y ciertamente tienen muchos defectos. Por eso algunos planteamos reformas. Pero nunca explican cuáles son sus referencias. O no las tienen, y eso haría sospechar sobre la viabilidad de sus planteamientos. O sí las tienen y prefieren no decir la verdad.

Muchos de los portavoces del nuevo populismo en las tertulias televisivas tienen un pasado conocido como asesores de los regímenes bolivarianos en Venezuela, Bolivia y Cuba. ¿Es ese su modelo? Venezuela es uno de los países más desiguales del mundo, la inflación está disparada, escasean los productos más básicos, están recuperando cartillas de racionamiento, tienen el índice de criminalidad más alto del continente, los medios de comunicación desafectos son perseguidos, y los líderes de la oposición encarcelados… No creo que estén en condiciones de proponer esto seriamente para nuestro país.

¿Por qué decimos que favorecen objetivamente a la derecha? Porque están logrando lo que la derecha política y económica viene intentando sin éxito desde Fukuyama: acabar con la diferenciación derecha-izquierda en el debate político. Los neoliberales prefieren hablar de lo que funciona frente a lo que no funciona, y de los que saben frente a los que no saben. Y ahora, los nuevos populistas les ofrecen una variante: la casta de los políticos contra el pueblo, o el sistema frente a los que se oponen al sistema, o el régimen opresor ante los sufridores del régimen. Se acabó la derecha y se acabó la izquierda. Un chollo para quienes siempre vieron una amenaza en la política, en los políticos, en lo público y en todo aquello que aspira a regular el ámbito privado y a defender los intereses colectivos.

Favorecen a la derecha porque obtienen sus votos de la izquierda, denigrando a sus representantes tradicionales como parte de la casta opresora. Porque fraccionan el voto de la izquierda, posibilitando las victorias electorales de la derecha. ¿O es casual que el PP promueva precisamente ahora la elección directa como alcaldes de los cabezas de la lista más votada? Y favorecen a la derecha porque estimulan y aglutinan el voto del PP. No hay nada que incite más al votante del PP para olvidar sus dudas y acudir a la urna que el espantajo de la izquierda radical y populista. El voto conservador del miedo. En bandeja, a Rajoy y compañía.

Lo peor es que lo saben. No son ignorantes. Se presentan como nuevos, pero la mayoría han pegado muchos tiros ya en esto de la política y saben de qué va el juego. Han militado en el PSOE, en Izquierda Unida, en los diversos comunismos… Saben lo que quieren. Unos, los menos, quieren dar rienda suelta a un antisocialismo tan primario como antiguo. Otros, los más, pretenden sustituir esta “casta” por otra “casta”. La de ellos. Que no será más democrática y no será más útil a los ciudadanos. Todo lo contrario. Pero será la suya.

La izquierda reformista ha cometido muchos errores, de análisis, de estrategia y de hechos. Por acción y por omisión. Por protagonismo y por complicidad. Y está purgando sus culpas. Pero ni hemos sido lo mismo que la derecha, ni lo somos, ni lo seremos. Y todo lo bueno que los ciudadanos pueden esperar de la izquierda vendrá de la mano de aquellos que prefieren los cambios reales a las revoluciones imaginarias, los programas paulatinos a las fórmulas mágicas, el reformismo útil al populismo inútil.

En eso estamos.