El espantoso atentado de los islamistas somalíes en una Universidad de Kenya, la semana pasada, provocó centenar y medio de muertos. En Europa, tal salvajada hubiera monopolizado espacio y tiempo informativo durante días. Pero la espantosa puesta en acción de este grupo terrorista sólo mereció la atención propia de ‘teloneros’ en esa especie de ‘espectáculo’ siniestro en el que a veces se convierte el terrorismo en el tratamiento mediático. Por lo demás, en estos casos, la atención puntual se centra casi siempre en los detalles más escabrosos del acontecimiento. Se ignora, desdeña o, en el mejor de los casos,

El terrorismo sólo parece ‘interesarnos’ cuando ocurre o nos golpea a nosotros, en nuestra ‘casa’ o en tierra ‘enemiga’. Los actos de terror en los que las víctimas son ajenas, periféricas, da igual su número, ven reducido su valor. Esas muertes se asimilan a las provocadas por catástrofes o calamidades, tan frecuentes, por otra parte, en esas zonas del mundo. Sólo bajo este enfoque puede entenderse el interés público marginal por fenómenos como Boko Haram (Nigeria) y Shabab (Somalia).

SHABAB: UN PRODUCTO DEL VACÍO ABSOLUTO DE PODER

Somalia es un país maldito. Por así decirlo, dejó de ser un país en los noventa, cuando el final de la guerra fría le restó importancia como contrapeso occidental de Etiopía, el satélite soviético en el cuerno de África. El dictador Siad Barre (una especie de Sadat local, por su ruptura con Moscú y su entrega a Occidente), dejó el país en estado de descomposición. Una sequía atroz y una hambruna devastadora convirtió la vida de sus habitantes en una pesadilla. Estados Unidos intentó intervenir para acabar con la anarquía de las bandas armadas. Con el desafortunado resultado que Hollywood mostró en la película «Black Hawk derribado».

La desintegración del Estado creó tal vacío de poder que los islamistas radicales no tuvieron demasiadas dificultades para presentarse como alternativa. Los tribunales islamistas aportaron orden, lo que explica que recibieran el apoyo de empresarios y comerciantes locales. Pero como el entorno no terminaba de ser seguro, los jueces islámicos necesitaban un brazo armado. Surgió entonces el Harakat Al Shabab Al Moudjahidin (‘Movimiento de los jóvenes combatientes’), una versión local de los taliban afganos: estudiantes trasmutados en milicianos implacables. De 2007 a 2010 controlaron férreamente la Somalia «útil» (1).

Nadie contaba con que el ascenso de estos jóvenes terribles fuera duradero. Pero, al cabo, fue necesaria primero la intervención armada de Etiopía (ya entonces aliado occidental) y luego de una fuerza multinacional africana para desalojarlos del poder en Mogadiscio y posteriormente de otros núcleos urbanos. El caos en que seguía sumido la mayor parte del país facilitó su acomodo en numerosos santuarios rurales, aunque los drones norteamericanos hayan contribuido a su notable debilitamiento, incluyendo la liquidación física de su líder histórico, Ahmed Godane, el año pasado (2)

Tras estos reveses, los ‘shabab‘ revisaron sus objetivos prioritarios. Sus ataques se centraron en los países percibidos como cómplices del imperialismo occidental, especialmente Kenia. Los sucesivos atentados de los últimos años han demostrado la vitalidad de este grupo terrorista. El atentado de la semana pasada en la Universidad católica de Garissa ha significado la culminación de la amenaza, pero también ha dejado elementos nuevos de actuación. Las víctimas no sólo fueron seleccionadas por su confesión católica. Hubo también un componente de clase. El centro atacado es uno de los preferidos de las clases acomodadas kenyanas, y como tal fue señalado por el grupo terrorista. Y, asimismo, se identificaron cómplices locales pertenecientes a las etnias musulmanas kenyanas cercanas a la frontera somalí (3).

BOKO HARAM O EL ESPERPENTO DE LA BRUTALIDAD

El otro «telonero» del terror sólo resulta más conocido por lo vulgarmente brutal de sus «apariciones». Boko Haram representa la degradación más cruel del extremismo islamista. Nuevamente, el entorno explica gran parte de este fenómeno terrible. Nigeria, el país más grande del continente, es el ejemplo más contundente del fracaso del África independiente. Por su dimensión, sus recursos y su diversidad étnica, las principales lacras del continente -la corrupción, la violencia y la injusticia- han tenido allí un impacto demoledor.

Boko Haram ha aprovechado el fracaso institucional, político y social del país para amplificar su presencia. Sus seis mil integrantes controlan 20.000 km2 de territorio en el nordeste del país, una superficie equivalente a la de Bélgica. No lo suficiente para amenazar la estabilidad del estado nigeriano, pero si para cuestionar su credibilidad y solvencia. Hasta el punto de necesitar el auxilio de una fuerza multinacional africana para combatirlo (4).

En Occidente nos ocupamos un poco más de Boko Haram cuando se produjo el secuestro de más de 200 muchachas, sometidas enseguida a una situación de esclavitud y humillación escandalosas. La campaña que se puso en marcha para conseguir su liberación (en la que se involucró personalmente Michelle Obama) fue de corto vuelo. Las veinte mil víctimas acumuladas por estos fanáticos en tan solo seis años de trayectoria apenas si han merecido una atención fragmentaria y secundaria de los medios occidentales. Su reciente alineamiento con el DAESH (Estado Islámico) despertó un interés adicional, pero seguramente efímero.

Las recientes elecciones en Nigeria han confirmado el regreso de Mohamed Bujari, un ex-general que, como tantos otros antes y después que él, accedió al poder en los ochenta mediante un golpe de Estado. Su breve mandato, sin embargo, se distinguió por cierto rigor en la lucha contra la corrupción y el despilfarro, aunque fuera desde una posición autoritaria y despótica. Su revalida, ahora por la vía democrática, se contempla con esperanza por quienes creen posible el encarrilamiento del país, en general, y la liquidación del terrorismo enloquecido de Boko Haram.

No será fácil, ni lo uno ni lo otro. La vinculación de los terroristas nigerianos con el ‘Califato’ es más un factor propagandístico que otra cosa. No existe la mínima posibilidad de que estos fanáticos amenacen la estabilidad del país. Por eso, no debe esperarse una implicación occidental en su persecución y destrucción, como ocurriera hace un par de años en Malí, cuando Francia consideró que sus intereses y su prestigio como potencia exigía una respuesta contundente a la amenaza creciente de la franquicia local de Al Qaeda.

 

(1) Una de las monografías más completas sobre estos talibán somalíes es el libro del investigador noruego SITG HARLE HANSEN titulado «Al Shabab en Somalia. Historia e ideología de un grupo islamista militante».

(2) La inclusión de Somalia en la «guerra global contra el terrorismo» lanzada por Estados Unidos a comienzos de siglo está muy bien tratada en el libro de JEREMY SCAHILL «Guerras sucias: el mundo es un campo de batalla».

(3) La estrategia de expansión de los shabab en Kenya pueden leerse los análisis recientes de Centro África del ATLANTIC COUNCIL (Washington), referenciados en el NEW YORK TIMES, el pasado 6 de abril.

(4) Sobre el auge de este grupo terrorista nigeriano destaca el trabajo de la sección africana del INTERNATIONAL CRISIS GROUP (http://www.crisisgroup.org/en/regions/africa/west-africa/nigeria/216-curbing-violence-in-nigeria-ii-the-boko-haram-insurgency.aspx).