A estas alturas, no es que sean precisos muchos golpes mediáticos de efecto para poner en evidencia el fracaso de una política, de una administración y de un modelo de ejercer el liderazgo mundial. Pero los zapatos aparentemente perdidos del periodista iraquí han servido para contribuir a que no se olvide la responsabilidad de un puñado de dirigentes increíblemente irresponsables y enormemente dañinos.

La prensa progresista norteamericana se pregunta estos días si el escrutinio político de Bush deberá terminar cuando Obama jure su cargo el 20 de enero. “¿Es preciso juzgar a Bush? ¿Pueden prescribir los crímenes de guerra cometidos durante su mandato?”, se pregunta THE NATION.

Pero incluso esa otra prensa más bien neutra, que se cuida muy mucho de no alejarse en exceso del establishment, publica las escandalosas evidencias que han convertido a la administración en candidata a ser llevada ante el Tribunal de La Haya.

THE NEW YORK TIMES se ha extendido en numerosas ocasiones sobre el terrible significado de Guantánamo. Menos conocido, un artículo de THE WASHINGTON POST describía hace unos días el funcionamiento de Camp Bucca y otros penales norteamericanos en el país ocupado (véase el articulo titulado “En Iraq, una prisión llena de gente inocente”). Los responsables de decidir sobre la suerte de los presos –ninguno de ellos, abogado- no consideraban si éstos eran inocentes o no, sino si su puesta en libertad entrañaba “inseguridad” para los intereses de Estados Unidos.

Para compensar esta fundamental desviación de cualquier sistema judicial democrático, los militares norteamericanos encargados del funcionamiento de las cárceles han proporcionado a los internos todo tipo de estímulos rehabilitadores, actividades formativas e imaginativos entretenimientos. Bucca era, hace unos meses, un feudo de los jihadistas, según el Pentágono. El POST, sin embargo, apunta que los partidarios de Al Qaeda o de los grupos radicales chiíes no llegaban a la cuarta parte, e incluso siete de cada diez ni siquiera eran musulmanes practicantes activos. Los que se van, cuando se van, siguen convencidos de que se está cometiendo una injusticia estructural. «Aunque hayan convertido este lugar en un paraíso, sigue siendo una prisión llena de gente inocente”, comentaba uno de los reclusos al dejar la cárcel.

Bucca –todas las prisiones como ella- constituyen un Guantánamo menos conocido, pero cien veces más grande. La administración Bush sigue defendiendo su necesidad, pese a las abrumadoras pruebas que evidencian su perversidad. Pero los supuestos crímenes no empezaron en Guantámo. Ni en Abu Ghraib. El demonio se desplegó cuando se decidió bombardear, invadir y ocupar Iraq, condicionar las decisiones sobre su orientación política y estratégica y controlar sus fuentes de riqueza. La muerte de cientos de miles de personas están tan injustificadas hoy como lo estaba en marzo de 2003 la operación que ha ocasionado todo el desastre.

“El abuso de los detenidos bajo custodia norteamericana no puede ser simplemente atribuido a unas cuantas ‘manzanas podridas’ que actuaron a su antojo. El hecho es que altos funcionarios en el gobierno de Estados Unidos solicitaron información sobre cómo usar técnicas agresivas, redefinieron la ley para crear una apariencia de legalidad y autorizaron su uso contra los detenidos”.

El texto no es obra de una ONG de Derechos Humanos. Lo firman dos senadores, uno demócrata, Carl Levin, y otro republicano, un tal John McCain, al que no hace falta presentar. Pero la cuestión ahora no es establecer si la Administración Bush ha actuado de forma criminal, sino qué respuesta va a producirse. Ya han aflorado numerosas iniciativas civiles en muchos lugares del mundo en pos de Justicia. ¿Qué se hará en Estados Unidos? ¿Qué hará el nuevo Presidente?

Obama –recuerda THE NATION- dijo en abril que si era elegido, revisaría las actuaciones de la administración Bush para “distinguir entre “crímenes genuinos” y “políticas realmente malas”. Y se comprometió a instruir a su fiscal general para que investigara lo ocurrido estos años. Y resulta que el hombre que Obama ha elegido para ese puesto, Eric Holder, manifestó el pasado mes de junio que lo cometido en Irak se acerca más a la consideración de “crímenes genuinos” que a la de “políticas realmente malas”. Item más. La Constitución y las leyes obligan a Obama a actuar de forma determinante en la persecución y castigo de prácticas como la tortura, la detención ilegal, los crímenes encubiertos (y los descubiertos). Así se lo han recordado recientemente varios profesores de derecho, un amplio panel de juristas y no pocas legisladores, incluidos algunos republicanos.

Y sin embargo… No parece probable que Obama tenga energía y caudal político para el desafío de rendir cuentas éticas con la historia. Primero, porque tendrá al frente del Pentágono a un hombre como Robert Gates que, si bien no diseñó la horripilante estrategia militar, ha terminado asumiéndola como parte del último equipo republicano. Segundo, porque necesita el voto de influyentes lideres republicanos para hacer avanzar decisiones desesperadas en materia económica y social. Tercero, porque no encaja en su estilo conciliador y pragmático.

Habría que darse con un canto en los dientes si Obama realmente cierra Guantánamo cuanto antes e introduce procedimientos propios de la justicia regular en cárceles y centros de detención. Si presenta un plan claro, comprometido y realizable de retirada militar en plazos razonablemente realistas. Si pasa, de verdad, página.

Todo lo demás dejará probablemente de hacerse. Y eso si serán “zapatos perdidos”. Para vergüenza de la historia.