La reciente cumbre del G-20 ha elegido a Nicolás Sarkozy como Presidente de turno. Una vez más, China y Estados Unidos han regalado a Europa un caramelo mientras su dos potencias arreglan sus cuentas a parte. Más que arreglarlas lo que hacen es llevar sus batallas comerciales con sus propias armas en detrimento de los intereses de los demás, en primer lugar los europeos. No debemos reprochárselo. Representan una potencia mundial, real, con la ventaja de estar lideradas por un único responsable quien manda en su Banco Central. Todo el mundo dice de manera certera que estamos en una guerra de divisas, el arma fatal para ser competitivos en un mercado mundializado. Si estamos en guerra, desde luego, nosotros los europeos podremos gozar de muchos triunfos pero nuestro ejército lo dirigen veintisiete generales y para colmo el que otorga las municiones, el presidente del Banco europeo, no rinde cuentas a nadie. Es improbable que ganemos y que Nicolás Sarkozy resuelva el problema. A lo sumo, obtendrá, que en vez del caramelo, le den un pirulí.

En esta situación, que algo tiene que ver con el encuentro de civilizaciones, podemos llegar a la situación de los Imperios del Nuevo mundo cuando se enfrentaron a los conquistadores. Claro que es una monstruosa exageración. Pero nuestra sociedad, acostumbrada durante siglos a colonizar el mundo, imponiendo no sólo su cultura sino también sus productos manufacturados, debe admitir que la situación puede cambiar. Podremos conservar nuestra cultura, nuestra historia, pero estar condenados a trabajar bajo condiciones impuestas por otros continentes. De todas partes afluyen los informes señalando que los países emergentes asiáticos van a dominar rápidamente el mundo de las nuevas tecnologías. No tendrán además, por razones culturales o políticas, ningún inconveniente en una marcha adelante perfectamente programada. No soñemos con el eslogan de la evolución política en función de la renta per capita. Lo que quizás valió para España y puede hoy valer para los países del Este europeo no puede ser utilizado para potencias, algunas con más de un billón de seres humanos, que pronto tendrán que afrontar el problema del envejecimiento acelerado de una población por lo tanto ajena al mundo del trabajo en esclavitud que es su norma actual. ¿Quién podrá entonces reprocharles que «colonicen» a su forma, adecuada a los tiempos nuevos, unos quinientos millones de seres europeos perfectamente productivos y consumidores indefensos bajos veintisiete paraguas agujerados ante la lluvia incesante de productos «madre in China», o in «India»?

Es catastrofismo, lo confieso. Pero de esta visión viene mi angustia por el porvenir de mis nietos. Entonces quiero seguir rompiendo lanzas. Ahora para que nuestro mundo, surgido de dos monstruosos conflictos mundiales, de experiencias abyectas de colonización, de totalitarismos sangrientos recupere los ideales de quienes lanzaron la construcción europea. Para que ésta se salve y con ella una concepción digna de la sociedad es evidentemente necesario que nos centremos en los problemas urgentes y fundamentales, sin olvidar los que rigen, sólo por hoy, nuestra vida diaria pero cuya urgencia para la mayoría de ellos es solo electoral.

En mis años de profesional estuve enfrentado a los problemas de medicina de reanimación, de cuidado intensivo. Tenía a mi disposición una serie de técnicas que permitían detectar los fallos peligrosos para la vida y aplicar las correcciones indispensables e urgentes. Fallaba el corazón: analíticos potentes; fallaba la oxigenación: ventilación adecuada, depuración extrarenal si era necesario… Los escollos podían vencerse uno tras otro pero sabía que de no hacer el diagnóstico exacto de la causa y conseguir tratarla, el enfermo se me iba a morir. En eso estamos. El paro, las pensiones, la educación, los déficit, la deuda, etc. son problemas por resolver, pero si no curamos el daño causal, la imparable disminución del trabajo, fracasaremos.

Debemos ser lucidos ante el diagnístico de los problemas y de las amenazas de futuro. Seremos totalmente impotentes si no alcanzamos un poder político y económico europeo real. Si no, nuestros nietos serán súbditos de una economía no mundializada pero sí «made in China».