La tan esperada película de Quentin Tarantino rebosa profesionalidad a raudales. Un dominio magistral de la técnica audiovisual que sólo son capaces de conseguir los que poseen un vasto y minucioso conocimiento del medio, aderezado por la pasión por el cine. Una realidad alternativa o una historia-ficción sirve a este cineasta para transportarnos a Francia, durante el primer año de ocupación alemana. El teniente Aldo Raine (Brad Pitt) reúne a un grupo de soldados con una única misión: aniquilar al mayor número posible de nazis con una brutalidad que haga que el espíritu del enemigo se estremezca con la sola mención del comando salvaje.

Su director, reinterpreta a su gusto los avatares de la Segunda Guerra Mundial, el film dibuja una realidad más cercana a lo que nos hubiera gustado que a lo que aconteció de verdad. Los personajes históricos y los creados conviven con naturalidad y eficacia. Pero a mi parecer, con exceso, atribuye características risibles a personajes que han producido crueldad, miedo y terror y no precisamente, como consecuencia de su estupidez sino por su frialdad y coherencia con su ideología Nacional-Socialista, sencillamente fascista.

Cada capítulo tiene una entidad propia, ensamblada perfectamente. La trama discurre con fluidez combinando los actos de violencia extrema y explícita a los que nos tiene acostumbrados. Y que caracterizan la filmografía de este realizador.

El guión es un verdadero ejemplo de creatividad con el que Tarantino libera su adrenalina. Los actores conforman un elenco espectacular. Brad Pitt, quien aparece como el protagonista de la película, llega a quedar solapado pero totalmente integrado. Christoph Waltz, el malvado e inteligente coronel Landa, nos sobrecoge y es el auténtico personaje sobre el que pivota toda la historia.

Más de dos horas y media que trascurren entretenidas, gracias al cuidado y delicado esmero con el que se ha realizado cada secuencia de esta película. Y como guinda, cuenta además con una maravillosa banda sonora.