Este gesto militar no dejaba a la Presidenta argentina –en realidad, a cualquier mandatario que ocupara la Casa Rosada– otra opción que replicar en debida forma a Londres. Cristina Fernández convocó a una plétora de dirigentes políticos y sindicales –favorables y hostiles– junto a veteranos del 82 y personal del cuerpo diplomático, para solemnizar su respuesta. Argentina denunciará ante el Consejo de Seguridad de la ONU la “militarización británica del Atlántico sur”. Algunos esperaban algo más. Por ejemplo, el cierre del espacio aéreo argentino en torno a las islas, lo que habría interrumpido los vuelos entre Chile y las Malvinas. Eso hubiera significado una medida de fuerza, lo que hubiera representado una escalada, indeseada e indeseable, torpe y, más precisamente, inútil.

Nada más lejos de la intención de Cristina Fernández. Contrariamente a lo que les ocurría a los militares argentinos a primeros de los ochenta, la actual Presidenta no necesita el conflicto externo para salvar o prolongar artificialmente su posición en el poder. Malvinas, ahora como entonces, puede ser una baza propagandística, pero el juego es bien distinto.

GUERRA PERDIDA, DICTADURA LIQUIDADA

La guerra de las Malvinas resultó ser el canto de cisne de la última dictadura militar argentina. En abril de 1982, miles de soldados sin experiencia, mal preparados y peor abastecidos, fueron enviados por el incompetente, borrachín y patético General Leopoldo Fortunato Galtieri a ‘recuperar’ –primero– y ‘defender’ –después–, unas islas que cañoneras británicas habían conquistado un siglo y medio antes.

En ese tiempo, el conflicto se interpretó como el acto desesperado de los militares por detener su decadencia, después de casi seis años de locura asesina y desastroso experimento económico neoliberal, que arruinó económica y moralmente al país.

Pero mientras los soldados argentinos retomaban provisionalmente las islas, ante unos pobladores más atónitos que asustados, el país ya estaba iniciando una transición silente hacia la democracia. Las fuerzas políticas, aún agarrotadas por el terror de una represión fríamente calculada, hicieron auténticos equilibrios para respaldar los legítimos derechos de soberanía de la nación sobre las islas, sin por ello avalar la absurda aventura militar.

En las primeras semanas posteriores a la ilusoria reconquista, la mayoría de los principales líderes políticos y sindicales me confesaron sus temores de que la operación militar en Malvinas retrasara la evolución hacia la democracia. En realidad, muchos temían tanto la victoria como la derrota de Argentina. Que consideraran como real la primera opción ya decía bastante del nivel de desinformación en que se movía la clase política argentina del momento. Incluso los más castigados por la represión, como los residuales montoneros o los más enteros representantes de la Juventud Peronista (grupúsculo de extrema izquierda) se exhibían sin disimulo en la Plaza de Mayo vociferando la argentinidad de las Malvinas. Para ser justos, los líderes más templados –en el peronismo, en el radicalismo y en otras familias políticas menos significativas– no confiaban tanto en una derrota británica cuanto en una ilusoria solución diplomática que evitara la matanza y el ridículo. No fue posible. Margaret Thatcher decidió aprovechar la oportunidad de una inverosímil guerra externa para forjar su leyenda de liderazgo político sin fisuras, que luego aplicaría implacablemente en otras guerras internas (contra los independentistas irlandeses o contra el sindicalismo decadente, contra los servicios públicos, contra cuatro décadas de entender la política en su país.

La paradoja que arrojó la guerra de las Malvinas fue que, al cabo, resultó un éxito propagandístico, pero no para los que lo pretendieron (los militares argentinos), sino para los que tuvieron que responder (el Gobierno conservador británico).

CRISTINA CAMBIA LA ECUACIÓN

Ahora, treinta años después, la Historia parece brindar la oportunidad de jugar otra baza. No en clave de revancha, naturalmente. El estatus de la Islas no va presumiblemente a cambiar, en este caso, mediante una reconsideración diplomática. Lo que está por ver es quien gana esta vez la batalla propagandística, la única posible.

La Presidenta argentina ha combinado, con su habitual desparpajo, la retórica populista con el discurso de la responsabilidad. Pero parece innegable que Cristina Fernández ha obtenido en toda la América Latina un clima de opinión contrario a Londres.

¿De qué servirá esta ‘ventaja diplomática’ frente al exhibicionismo militar de Londres? De poco, sostienen políticos de la oposición y forjadores de opinión. Es cierto que Cristina Fernández no ha pasado de un manejo previsible de eslóganes poco originales (tal que pedirles a los británicos que ‘den una oportunidad a la paz’) o gestos de corto alcance, algo que le reprochan comentaristas conservadores nacionales como Morales Solá en LA NACIÓN.

Como el asunto es sensible y las encuestas confirman que tres de cada cuatro argentinos siguen respaldando sólidamente la soberanía sobre las Malvinas, las críticas a la iniciativa de la Casa Rosada son discretas. Portavoces del grupo CLARÍN, enfrentado desde hace años con los Kirchner, se lamentan de que “haya prevalecido la intención de crear un impacto político sobre la de presentar una política de Estado”, en palabras del analista Ricardo Kirschbaum. Suenan comprensibles, por mesurados, estos reproches, pero cabe preguntarse si había espacio para algo más. Como dicen los comentaristas de PÁGINA 12, más cercanos al Gobierno, lo que podía conseguirse, el ‘aislamiento diplomático de Londres’, o un cierto reforzamiento moral de la posición argentina, se ha obtenido con creces. Por mucho que el asunto tenga un recorrido corto y previsible en los estériles pasillos de la ONU.