A la manifestación del 13 de enero, con la ausencia del PP, ha seguido una nueva convocatoria, prácticamente con el mismo lema y propósito, convocada por el PP y sus organizaciones afines, en la que parece que se intenta comprobar quién es capaz de llevar más personas a las manifestaciones.

A las manifestaciones, propiamente dichas, las preceden siempre la semana de los lemas. En ella los convocantes, los otros y, sobre todo, los medios de comunicación, especulan con el slogan que refleja la razón por la que se convoca la manifestación. En lugar de utilizar uno de reglamento, del tipo de «Contra el terrorismo», se enfrentan las dos Españas con los distintos matices que pueden caber alrededor de conceptos tan aparentemente benéficos como paz, libertad, diálogo o constitución.

En los días siguientes al acto tiene lugar la razón exacta del porqué se celebró la manifestación: para decir cuantos fueron a manifestarse y contabilizar con ello los apoyos sociales con que cuentan los convocantes y los recusantes de la manifestación.

Así, un instrumento que debiera ser de uso exclusivo de los ciudadanos para hacer conocer su opinión, generalmente circunstancial, y, tradicionalmente, a sus representantes políticos, es utilizada por estos últimos en el caso de las manifestaciones contra el terrorismo, para medir su apoyo social. Porque no creo que, a estas alturas nadie piense que se puede manifestar algo a los terroristas a base de manifestaciones.

Pero hay un error, o peor aún, una perversión, en este planteamiento: la democracia no se sustancia en las manifestaciones, sino en las urnas, no se mide en manifestantes, sino en votos y no se regula mediante “iniciativas”, sino con la Ley Electoral.

Devolvamos pues al César lo que es del César, las obligaciones derivadas de su cargo, y al ciudadano su derecho a manifestar su indignación, sin manipulaciones, en las manifestaciones callejeras y su opción política en las urnas.