Porque, a pesar de las declaraciones grandilocuentes de Mariano Rajoy y su gobierno, y a pesar de los titulares de prensa, en la vida diaria de los ciudadanos no se percibe ningún cambio positivo. Como incluso reconoce el propio FMI, cuando señala que el crecimiento sigue siendo demasiado bajo y demasiado lento, y millones de personas todavía están sin trabajo. Y cuando, recoge que la agudización de los riesgos geopolíticos ha suscitado y está suscitando nuevas inquietudes.

Parece que en esta sociedad, donde se incrementan las desigualdades y la dualidad sociedad crea fronteras cada vez más visibles en las calles de los países más avanzados, los gobiernos y los ciudadanos viven en realidades paralelas. Una, de datos y números, en las que las instituciones se escudan, con total frialdad y sin ninguna sensibilidad, para no tomar medidas que dignifiquen a las personas. Y otra, de sufrimiento, angustias y temores de millones de personas que sufren o temen sufrir cada vez más cotas de desigualdad y ven como sus gobernantes no responden a sus necesidades.

Se pueden citar muchos ejemplos, pero hay dos que han aparecido estos días en los medios de comunicación que son muy significativos. El primero tiene que ver con la productividad. Llevamos años escuchando a los burócratas de Bruselas y a los obedientes gobiernos hablar de la preocupación por la productividad y la competitividad, de la necesidad de reformas estructurales para generar crecimiento. Bajo este discurso, lo que pretendían, y han conseguido, es reducir y eliminar derechos laborales que formaban parte del contrato social con el que esta sociedad ha ido conquistando derechos de ciudadanía, sobre la base del aumento de la equidad y la justicia social. Han conseguido que los gobiernos renuncien al objetivo del pleno empleo, y también que quien trabaje lo haga más horas y por menos salario.

Sí, más horas. Después de tanto retroceso legislativo y tanta insidia, amenaza y obligación de presentismos poco productivos, ahora la OCDE constata de nuevo, que en el año 2013, los españoles trabajaron 1.665 horas, es decir, 280 horas más al año que los alemanes (1.388) y 176 horas más que los franceses (1.489). A lo que habría que añadir las horas que se trabajan por obligación empresarial ante el temor al despido.

Sí, menos salario. Porque según la Encuesta Anual de Estructura Salarial del año 2012, publicada recientemente, los datos no dejan lugar a dudas:

– La ganancia media anual por trabajador fue de 22.726,44 euros en 2012, un 0,8% menos que el año anterior.

– El salario medio anual femenino representó el 76,1 por ciento del masculino.

– La actividad económica con mayor remuneración fue el suministro de energía eléctrica, gas, vapor y aire acondicionado (con 52.324,67 euros). Los asalariados de hostelería obtuvieron la más baja (13.867,02) cuando el turismo es uno de los sectores con más demanda de empleo.

– Los directores y gerentes fueron los que tuvieron la ganancia media anual más elevada (53.165,69 euros), más de dos veces el salario medio.

– Los trabajadores con contrato de duración determinada tuvieron un sueldo medio anual de 15.893,55 euros, un 34,5 por ciento inferior al de los empleados con contrato indefinido.

– Y respecto a la nacionalidad, sólo los trabajadores con nacionalidad española superaron el salario anual medio.

Y mientras esta realidad es impuesta a la mayoría de los españoles, otra paralela va surgiendo cada vez con más fuerza. Me refiero al incremento del número de millonarios que hay en España. Según el Global Wealht Report 2014 que elabora Credit Suisse, el número de millonarios que hay en España ha pasado de 376.000 a 465.000 personas a mediados de este año, lo que supone un aumento del 24 por ciento respecto al mismo periodo de 2013(cuando el incremento fue del 13 por ciento). El grupo de mayor riqueza, es decir, los que tienen más de 50 millones de dólares, o unos 39 millones de euros, suman 1.766 personas. Y el 10 por ciento más rico posee el 55,6 por ciento de la riqueza.

La conclusión es evidente. La obligación de corregir la deuda por encima del crecimiento y el bienestar de los ciudadanos está agotando los presupuestos públicos, está paralizando el necesario crecimiento económico y desvía parte de los recursos destinados a programas sociales a cumplir el objetivo de deuda. Además, parte de los recursos públicos han terminado en manos de una elite económica que es la responsable de la propia crisis. Esto tiene que acabar ya. Se necesita aumentar la inversión para crear empleo y que crezca la economía con distribución de la riqueza para toda la sociedad y no para la acumulación entre unos pocos como ahora.

Si no, la ruptura y conflictividad social y política será una realidad más pronto que tarde.