El último periodo desde las elecciones de 2011 no ha sido excepcional en este sentido. Pasamos la penitencia de la autocrítica y el perdón, cuando nunca era suficiente autocrítica ni suficiente perdón. Pasamos el debate sobre cuan democráticamente debatimos en torno a los métodos más democráticos para elegir a nuestros líderes y órganos democráticos. Y nos quejamos cuando los procesos eran competitivos, por la división interna. Y nos quejamos cuando los procesos no eran competitivos, por la falta de concurrencia.

Tampoco evitamos, claro está, la controversia sobre si somos más o menos pactistas, o si vendemos el alma en el pacto, o si no somos nadie al no pactar. Y ahora toca el debate sobre el calendario de las primarias. Y toca con tanta angustia aparente como antes tocó el cilicio inexorable, la democratización en canal y la necesidad perentoria de exorcizar pactistas.

No tengo ninguna duda de que la gran mayoría de quienes urgen públicamente aquello de “definir ya el calendario de primarias” lo hacen con la mejor intención de servicio al interés general. Sin embargo, creo que es un error. Primero porque vuelve a poner el foco en el “nosotros” y en “lo nuestro”, cuando millones de ciudadanos esperan soluciones a sus problemas gravísimos, con angustia justificada esta vez. En segundo lugar porque la insistencia en nuevos liderazgos lleva inevitablemente al cuestionamiento del liderazgo vigente, que dispone de legitimidad democrática plena, por cierto. Y en tercera instancia porque ofrece una ocasión perfecta al adversario para caricaturizar a la izquierda como un opción dividida y no confiable.

La elección de candidatos y candidatas no es un instrumento para la maniobra orgánica permanente, ni una oportunidad legítima para corregir resultados congresuales. La elaboración de candidaturas es un procedimiento obligado para la participación en un proceso electoral, y la elección mediante primarias de los candidatos y candidatas constituye un buen ejercicio de democracia interna, pero es sobre todo una buena oportunidad para la movilización electoral. Por tanto, los candidatos deben elegirse para las elecciones y en torno a las elecciones. Así se hizo en Francia y en Italia, y no les fue mal. Quienes busquen otra cosa en estos procesos se equivocarán. No está la situación para artificios ni imposturas, por bienintencionadas que sean.

Además, ¿pensamos realmente que las caras determinan los resultados electorales antes que el contexto político y las ofertas programáticas? ¿Es Mariano Rajoy una buena prueba del cartel electoral como factor determinante? ¿De verdad tiene que confiar la izquierda en la baza taumatúrgica de una cara determinada para recuperar el crédito mayoritario de los españoles? ¿No será más importante acertar en las propuestas sobre la recuperación económica, el empleo, la sanidad, la educación o las pensiones amenazadas por la derecha?

En pocos días, la izquierda de gobierno en España celebra una importante conferencia política. Sería deseable que sirviera antes para elaborar ideas de aprovechamiento general que para elaborar calendarios de dudoso aprovechamiento interno. Creo yo.

(Y perdón por la incoherencia inevitable de subrayar el debate que propongo eludir)