En un año donde los recortes, la crisis y los sacrificios de amplias capas de la población son una cruel realidad, agravada por las erróneas políticas de austeridad, doscientos diez milmillonarios más y 800.000 millones más de dólares en sus fortunas en un año, son datos que demuestran el fracaso de la política y de la democracia ante un poder económico global que, bajo el paraguas del capitalismo financiero globalizado, tiene en la acumulación de la riqueza y el poder en un número reducido de personas su razón de ser, dejando de lado la equidad. ¿Estamos viviendo ya en sistemas oligárquicos disfrazados de democracias vacías de contenidos que utilizan a su antojo estas élites económicas?

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La tendencia, a pesar de la crisis y de los anuncios de reformas estructurales en el ámbito económico para acotar el descontrol financiero e incrementar la igualdad y la equidad, confirma que la concentración de poder por parte de las elites económicas aumenta año a año. Las consecuencias son evidentes. Por una parte, el sufrimiento de unos ciudadanos que ven como los gobiernos que a ellos les piden sacrificios han salvado con ayudas públicas, sacadas de sus impuestos, al sector financiero, para que después parte de ese dinero acabe en los bolsillos de esos milmillonarios. Y por otra, demuestra la ineficacia de un modelo que permite acumulaciones de capital excesivas que son improductivas económicamente.

Mientras, durante 2013, según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) la tasa de desempleo en el mundo experimentará un nuevo incremento de 5,1 millones, hasta llegar a más de 202 millones de personas en situación de desempleados, y con una previsión de otros 3 millones más en 2014.

En este contexto, hay que seguir planteando las mismas preguntas no resueltas: ¿Dónde está la justicia social?, ¿dónde está la igualdad?, ¿dónde están los gobiernos, han desaparecido, defienden a los poderes económicos por encima de las personas porque quieren pertenecer al grupo?, ¿dónde están los ciudadanos?

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La acumulación de cantidades ingentes de dinero en pocas manos está incrementando las desigualdades y produciendo un malestar latente y creciente en la sociedad, al no cubrirse las necesidades humanas básicas. El resultado es que se está poniendo en cuestión la democracia, porque para la mayoría de la población las conquistas democráticas han sido básicamente conquistas de igualdad. El significado de la democracia ha sido básicamente no tener que ponerse de rodillas ante nadie, no vivir atemorizado o humillado, poder actuar y comportarse con dignidad, ser una persona en toda la extensión de las posibilidades, tener “seguridades” en la vida, no estar forzado a decir a todo “amén”. En suma, ser un señor y no un siervo, como señala José Félix Tezanos.

Por tanto, esta obscenidad nos tiene que llevar a reafirmarnos en la necesidad de que la evolución del bienestar de las personas tiene que ser igual para todos, en todo el planeta. Es cierto, que es solo una voluntad, pero primero tiene que existir para poder hacerla realidad.

Los protagonistas tenemos que ser los ciudadanos, con nuestros gobiernos a la cabeza. De ahí la importancia de participar y votar a los candidatos que se comprometan, porque los Estados, nuestros países pueden hacer mucho para mejorar la vida de las personas, de nosotros y de las de todas las latitudes. Por eso es tan importante primero reconocer la necesidad de adoptar medidas públicas para regular la economía, proteger a los grupos vulnerables y producir bienes públicos, tanto tradicionales (salud, educación, infraestructura) como nuevos (superar la amenaza planteada por el cambio climático), como dice Naciones Unidas. Pero acto seguido, es imprescindible la acción.

Los avances no son automáticos. Hay que luchar por ellos. La dignidad, la igualdad y la libertad son la meta a alcanzar. Tú decides.