Si lo pensamos bien, hemos de convenir que en una democracia seria y bien fundada no deben existir espacios para una retórica exaltadora de la valentía en la adopción de medidas impopulares. Si lo que se tiene que hacer resulta doloroso o problemático, lo propio de los regímenes y de los liderazgos democráticos es que previamente tal necesidad se haya logrado que sea entendida por la opinión pública, o al menos por una parte muy importante de ella. Por eso, la democracia se sustancia no sólo en votaciones cíclicas y aisladas, sino que requiere también del diálogo, el debate, el análisis y la capacidad para la transacción y el acuerdo, especialmente cuando es necesario hacer frente a situaciones difíciles o inesperadas.

En democracia, por principio, no es posible gobernar en contra de la opinión pública mayoritaria, ya que el que gobierna lo hace porque cuenta con respaldos suficientes en las urnas y en el Parlamento. Y si ha perdido dichos apoyos y si la opinión pública es contraria a sus actos de gobierno, lo primero que debe hacer es entender que tiene un problema de representación, que requiere esfuerzos especiales de virtud política y de habilidad y sensatez en el actuar, hasta que la propia lógica de los mecanismos democráticos restablezca la sintonía entre el proceder de los gobernantes y la opinión de los ciudadanos.

De ahí que la retórica sobre los “líderes” valientes y arrojados que toman decisiones dolorosas e impopulares cuando los intereses superiores lo demandan, sea más propia de culturas autoritarias que de planteamientos democráticos. Además, la experiencia histórica demuestra que, precisamente, en coyunturas de crisis es cuando suelen aparecer los líderes “providenciales” y los movimientos “populistas” que apelan directamente al dictado de lo valiente y lo arriesgado. Recordemos al famoso “vivere pericolosamente” y todas las pamplinas argumentales con las que en los años treinta del siglo pasado algunos intentaban justificar lo injustificable.

Por eso, en estos tiempos difíciles, en los partidos progresistas hay que evitar contaminarse de retóricas impropias de una cultura democrática y poner más énfasis en los consensos, las explicaciones, las pedagogías políticas y las decisiones racionales, meditadas y bien planificadas. ¡Y dejemos el valor para los toreros, y las retóricas de lo impopular para el baúl de la historia!