Estimado Lars: Te imagino sentado en una butaca en tu chalet danés a orillas de un hermoso lago riéndote maliciosamente de todos nosotros. De los espectadores, los críticos, del jurado de Cannes que dio el Premio a Mejor Actriz a Kirsten Dunst… la jugada te ha salido redonda, tan redonda como el hermoso planeta Melancolía. Tu última película es tan metafísica como “El árbol de la vida” de Malick pero con peor fotografía, peores interpretaciones, peor estructura y aún más aburrida. ¿Se puede decir algo peor?

En “Melancolía” nos encontramos a una melancólica Justine (Kirsten Dunst) que se va a casar. Todo parece que va de cuento de hadas, pero, ay, la boda se tuerce. Bueno, parece que va de boda la película, pero no. A la mitad cortas alegremente el metraje y te centras ahora en Claire (Charlotte Gainsbourg), la hermana de Justine, que un tiempo indeterminado después de la boda la acoge en su casa (ésta ni se menciona, da igual), y mira tú que aparece un planeta llamado Melancolía que quiere estrellarse contra la Tierra, o mejor dicho, llevársela por delante, porque es como unas 10 veces más grande que nosotros. Y eso es todo.

Dicho así parece que no tiene sentido, pero todos, cuando nos enteramos de qué iría tu nueva película, intuimos una trama muy atractiva, un punto de partida que algunos llaman de ciencia ficción pero que yo lo llamo de realismo mágico o fábula, una excusa para un fin del mundo tranquilo, donde explorar cómo se enfrentan unos personajes a un destino tan fatídico, sin posibilidad de huida. Así, en papel, la idea es subyugante, y en tus manos nos esperábamos una película grande, pero qué triste, Lars, que al final te quedes sin gas, en una película plana, aburrida, con personajes inexpresivos, empezando por la actriz protagonista, que aparte de poner cara de “no me pasa nada” no sabemos de dónde saca el mérito para haberse llevado el galardón.

Te empeñas en que la desgana de esta egoísta mujer (pobre novio…) nos tenga que conmover, con un halo de tristeza sempiterna ante el dolor de vivir. Pero eso no se transmite. No nos metemos en su piel porque no hay por dónde entrar en su mente, nos transmite la expresividad de una pared de ladrillos, y así no podemos, Lars. Pensamos entonces animados que con todo el plantel de personajes prometedores que presentas en la boda vamos a tener mucho más juego, una disección a lo “Dogville”, pero salvo la madre hippy (Charlotte Rampling) todos los demás son igual de planos que Justine, rematando en el padre, un despistado John Hurt al que parece que le has pedido que haga de “viejo-pesado-de-boda” con una frase (“¿Tu nombre es Betty?”) que nos tendría que hacer gracia pero que lo deja en caricaturesco. Eso sí, la cena del banquete seguro que estuvo estupenda.

Sentimos en la sala de cine, además del aburrimiento, una impotencia enorme, al ver una idea tan atractiva llevada con tanta desgana, con tan poco rumbo, con unos personajes que no nos importan, con tu cámara aún con ramalazos mareantes (las hermosas composiciones del comienzo y del póster son un mero espejismo), y al final estamos deseando (como tú) que Melancolía se nos lleve a todos por delante y se acabe el suplicio. Porque la composición del banquete de boda prometía, pero no tiene perdón que después de casi una hora eso no importe lo más mínimo, y que no haya el más mínimo problema en que una persona entre en la sala a mitad de metraje, en el largo fundido a negro que separa la parte de Justine y de Claire, porque toda la parte de la boda no importa para nada para lo que sigue, como si fueran dos películas totalmente diferentes, o mejor, dos cortos pegados entre sí, únicamente unidos por el espacio y porque las actrices sean las mismas.

Aún más perpleja que la estructura es la actitud de gran parte de la crítica encumbrando esta película, que sin pies ni cabeza se nos presenta como una gran obra y que no lo es en absoluto. Si fuera la película de un director debutante seríamos razonables y la perdonaríamos, pero viniendo de ti, Lars, nos parece un mal chiste, con todo el jugo que podías haber exprimido y te quedas autocomplaciente repitiendo tus tics de siempre. A veces tienes gracia, Lars (“¿Raccord?, ¿qué raccord?”), pero no esta vez.