El régimen alemán es un régimen parlamentario, no presidencialista, y CDU-CSU no ha obtenido la mayoría de los votos ni la mayoría de su representación. La izquierda suma el 42,7% de los apoyos, frente al 41,5% de la derecha. Hay más diputados de la izquierda y del ecologismo (319) que de la derecha demócratacristiana y socialcristiana (311). Pero no quieren gobernar. ¿Por qué? Porque hace tiempo que perdieron la batalla ideológica, y ahora dan por perdida la batalla política, lamentablemente.

Merkel y la derecha alemana han impuesto sus coordenadas ideológicas tanto en su tierra como en el conjunto de Europa. La estabilidad económica es el objetivo primero y prioritario. La estabilidad económica exige sacrificios: derechos laborales a la baja, salarios reducidos, desigualdad creciente, fiscalidad laxa, prestaciones sociales en cuestión… Las economías que cumplen sobreviven, con más subempleo y menos derechos, eso sí. Las economías díscolas se precipitan por el agujero de la insolvencia financiera, la recesión, el paro galopante, el ajuste draconiano…

La derecha lleva este programa en su ADN. Lo frustrante es que la mayor parte de la izquierda europea también lo ha asumido, y parece resignada a no hacerle frente con una alternativa propia. La diferenciación produce vértigo, por eso el SPD elige como candidato propio al ministro de Hacienda de Merkel. Por eso las diferenciaciones son de matiz: haremos lo mismo, pero con menos crueldad… Y por eso los ciudadanos acaban votando al original antes que a la mala copia.

¿Qué le espera a Europa con otra ración de Merkel? Más de lo mismo. Se desbloquearán algunas de las medidas aplazadas a cuenta de los intereses electorales de la “jefa”, pero las recetas variarán poco en su contenido. La austeridad seguirá imponiéndose sobre la reactivación en el mantra de Bruselas. Las “reformas competitivas” apuntarán indefectiblemente a la devaluación salarial y el recorte de derechos sociales. Y aquello de “la solución requiere más Europa” irá traduciéndose paulatinamente del alemán como “Europa soy yo”.

La socialdemocracia europea debe tomar buena nota de lo sucedido en Alemania. Cuando se renuncia a la batalla de las ideas, se pierden las batallas políticas y se pierden las elecciones. El capitalismo especulativo que domina Europa no requiere de matices ni de barnices, sino de una auténtica alternativa desde la izquierda. Crecimiento especulativo, no. Desarrollo equitativo, sí. Trabajo precario a cambio de renuncia social, no. Avance social y empleo con derechos, sí.

Si la izquierda sigue presentándose a las elecciones con programas ajenos, líderes disfrazados y un vértigo absurdo por la heterodoxia económica, los nubarrones alemanes se extenderán por toda Europa.

Pero hay otra manera de ver las cosas. Ahí están los datos: la izquierda alemana ha sumado más votos y más escaños que la derecha, aunque renuncien a gobernar.

Aquí no renunciaremos, desde luego.