En cierta narrativa mediática, Ángela Merkel empezó el verano como villana y va camino de acabarlo como heroína. En el penúltimo episodio del drama griego, forzó la humillación del otrora levantisco Tsipras al hacerle aceptar condiciones leoninas de un tercer rescate. Ahora, con la tragedia de miles de migrantes desesperados capturando la atención internacional, se erige en defensora de los “valores humanitarios” europeos.

Para ser rigurosos, la realidad no se puede reducir a un juego de disfraces. Los espejos deformantes de la política, la diplomacia y la mediática producen simulacros de cuento. Ni Merkel fue una especie de señorita Rottenmaier con los díscolos griegos, ni ha emergido ahora como hada madrina de los desamparados que huyen de la guerra o la miseria en sus países.

Algo si parece innegable. Alemania asume la conducción europea, lo quiera o no. Y la máxima responsable de su Gobierno parece impelida, por vocación o por necesidad, a asumir un liderazgo político ante un vacío alarmante a su alrededor.

En la actual crisis de la migración, Merkel ha sido más prudente de lo que la inevitable dimensión emocional del asunto ha proyectado. Es cierto que ha defendido los “valores humanitarios europeos” para reclamar una actitud más generosa de sus socios continentales. Es cierto que ha secundado con mensajes o discursos la actitud ejemplar de muchos de sus ciudadanos, que han acudido a recibir a los migrantes que han llegado a territorio alemán con socorro material y moral. Es cierto que ha puesto el dedo en la llaga de la parálisis política y la quiebra institucional (crisis de Schengen y de la Regulación de Dublín), como le reconocen algunos analistas. Es cierto, en definitiva, que Merkel, quizás a pesar de sí misma, se ha comportado como se espera que lo haga una dirigente política y no una administradora.

No obstante, para conjurar el peligro siempre acechante de la propaganda, es necesario completar el análisis. La Canciller alemana ni es ni pretender ser madre auxiliadora de los desamparados. En su actuación de estos últimos días se detectan también dosis de encaje diplomático, cálculo político y contradicciones morales.

Antes de este verano de pánico, Alemania pensaba acoger a 800.000 personas huidas de los puntos más calientes del planeta. Esta cifra ya parece desbordada. Con diferencia, es el país que asume el mayor esfuerzo de acogida. Merkel quiere acabar con la actitud evasiva, por no decir claramente hostil, de algunos de sus socios europeos.

Las posiciones son bien diferentes. Francia, por necesidades del guion europeo, se ve empujada a respaldar la iniciativa alemana, incluso con gestos mediáticos, como la visita de Manuel Valls a Calais. Otros, por el contrario, proclaman un cambio pero en sentido opuesto al preconizado por el eje franco-alemán. Enough is enough, ha venido a decir el primer ministro británico, James Cameron y su contundente Secretaria del Home Office, Theresa May. Con menos claridad, como en él es habitual, Mariano Rajoy secunda la postura de Londres. Otros, singularmente los PECOS (países centrales y orientales de pasado comunista) y algunos nórdicos mantienen una línea dura, se inhiben o sucumben al silencio.

Las circunstancias de cada país, el auge de los partidos populistas, la menguante capacidad de las arcas y servicios públicos para soportar en la práctica esa actitud generosa y la gestión del relato de la crisis explican la división y hasta el nerviosismo de los líderes políticos. Pocas veces se ha escuchado, entre aliados y socios, un cruce de acusaciones y recriminaciones tan áspero como en estos últimos días.

Muchos de los gobiernos que se alinearon con Merkel y Schäuble para doblegar a los griegos, discrepan de la Canciller en el asunto de la migración. Y, por el contrario, ahora son los griegos los que aplauden su posición en el problema migratorio, junto con los italianos, los dos países que han recibido el mayor impacto de acogida inmediata.

Con la crisis migratoria, Merkel ha equilibrado la imagen de villana Rottenmaier que exhibió en el rescate griego, aunque ya había ensayado este esfuerzo compensatorio entonces, al defender la integridad de la zona euro (poli buena) frente a otras opciones mucho más duras dentro de su propio partido, personificadas en el Ministro Schäuble (poli malo). Ahora, se somete a una sesión reforzada de lifting político y diplomático predicando hacia los migrantes una generosidad que rebate encarnizadamente en el debate interno europeo.

Es una situación paradójica. Merkel defiende a machamartillo, con una intransigencia deplorable, unas políticas que generan desempleo, desigualdad y desesperanza para millones de ciudadanos comunitarios, mientras ofrece un rostro humanitario a los que llegan del otro lado de la fortaleza europea reclamando su participación en sociedades que ellos todavía perciben como oasis de bienestar, en contraste con el infierno de sus países.

Pero en la actuación de Merkel hay otros motivos que tienen que ver más con el cálculo político interno, en clave específicamente germana, que no conviene olvidar. La solidaridad de numerosas capas de la sociedad alemana convive con un nuevo brote de xenofobia y racismo criminal. Los ataques salvajes contra centros de acogida de refugiados se han incrementado en todo el país (especialmente en el Este), hasta alcanzar una media de uno por día (180 en el primer semestre del año). La Canciller tardó muchísimo en pronunciarse sobre estos actos que evocan los peores momentos de la historia alemana.

Es típico de ella dejar que las crisis maduren en exceso o consuman mucha energía antes de posicionarse. Hace unas semanas, el semanario DER SPIEGEL publicó un excelente análisis sobre su conducta política, bajo el ilustrativo título de “Las Cenizas de Ángela”. Cuando, finalmente, hace unos días, la Canciller visitó el centro de Heidenau para escenificar su compromiso con los refugiados fue increpada por los xenófobos, que la acusaron ruidosamente de ‘traidora‘.

Después de esa experiencia, Merkel hizo más explicito su exigencia de resolver el desafío de los refugiados. Sabe que la amenaza racista no está derrotada en su país. El partido Alternativa por Alemania, contrario al incremento de la inmigración, o el movimiento Pegida, alarmista sobre la islamización creciente, no deben tomarse a la ligera, por supuesto. Pero, comparativamente, resultan mucho más manejables que otras fuerzas políticas en otros países no menores de la Unión, cuyo peso numérico, influencia social y capacidad de desestabilización se han demostrado mucho mayores. Una dirigente prudente como Merkel tiene muy presentes estas circunstancias.

Por estas y otras razones, no es probable que el gran pacto europeo sobre la migración y el derecho de asilo sea fácil, y mucho menos duradero. No hay que esperar demasiado de las próximas citas en el calendario. La divergencia de intereses, las presiones populistas internas, las desiguales actitudes de las mayorías sociales y la mediocridad de la dirigencia política actual hacen temer salidas y no soluciones.