Basta coger cualquier periódico, escuchar la radio o ver la televisión, para darse cuenta que en la vida de todos los europeos ha entrado con fuerza esta mujer alemana llamada Ángela Merkel. “Merkel dice que Alemania sólo tiene un objetivo, estabilizar la eurozona»; “Merkel se opone a los eurobonos”; “Merkel cree que España debe hacer más para reducir el déficit”… Merkel, Merkel, Merkel…

Este cambio de rumbo está teniendo y si no se corrige, va a tener consecuencias muy graves para el continente europeo y, sobre todo, para sus ciudadanos. El peligroso giro en su política es de 180 grados. De una política europeísta que ha beneficiado a todos los europeos pero especialmente a Alemania y los alemanes, se ha pasado al dogma de la estabilidad presupuestaria que está asfixiando a los países más dependientes del ahorro exterior, pero que al final afectará también a Alemania cuya economía depende mucho del consumo dentro del mercado único.

Merkel ha caído de nuevo en los errores cometidos durante las últimas décadas por las instituciones financieras internacionales, y lo peor es que está arrastrando a la UE a otra recesión, al colocar la obligación de corregir la deuda por encima del crecimiento y el bienestar de los ciudadanos.

Con su miedo a la derrota electoral, disfrazado de populismo economicista, está provocando que se agoten los presupuestos públicos, se paralice el necesario crecimiento económico y se desvíen parte de los recursos destinados a programas sociales a cumplir el objetivo de deuda. Objetivos de deuda que ella misma incumplió en Alemania ante las necesidades de la reunificación.

Entre tanto, la canciller alemana es, según la revista Forbes, la mujer más influyente del mundo, y una persona que «ejerce un liderazgo indiscutible» en la Unión Europea. Pero tanto reconocimiento, me hace recordar, por un lado, las palabras de Adam Schaff cuando, en el año 2000, decía que si seguimos avanzando por el camino que proponen los neoliberales, seremos muy elogiados por los capitalistas norteamericanos y por las instituciones internacionales que dependen de él, pero causaremos daños irreversibles. Y por otro, las palabras de Helmut Kohl cuando recientemente decía “ella me está destrozando Europa”.

Necesitamos que en Alemania haya una canciller que continúe la política de buena vecindad europea iniciada por Adenauer, Willy Brand y Kohl, y no volver a los recelos que durante muchos años existieron en Europa y dieron lugar a dos guerras mundiales. Se necesita un rumbo claro, que es más y mejor Europa con el objetivo de ampliar el bienestar en la vida de los europeos.

Necesitamos líderes, porque como afirmaba Kohl criticando las actuaciones de Merkel, “cuando se carece de brújula, cuando no se sabe dónde se está y hacia dónde se quiere ir, se deduce que no se tiene voluntad de liderazgo y creatividad. Entonces no se es fiel a lo que entendemos como continuidad de la política exterior alemana sencillamente porque se carece del sentido para ello». Por tanto, “debemos tener cuidado de no echarlo todo por la borda y regresar urgentemente a nuestra anterior fiabilidad”.

Necesitamos acabar con la incertidumbre, con las vacilaciones, con la política de restricciones que nos abocan al fracaso y al egoísmo de los blindajes a dos velocidades, para sacar a Europa del coma en que se encuentra.

El objetivo debe ser acabar con la crisis aunque se tarde más en cumplir con el déficit. La crisis es algo más que el problema griego o las deudas soberanas, es una crisis de Europa, de su gobierno y de su futuro. Empeñarse, como hace Merkel, en lo contrario destrozará el futuro de Europa pero también el de Alemania.

Estamos en una guerra sin cuartel entre los mercados financieros y la política. No cabe ser neutral y permanecer al margen.