Ángela Merkel resulta un personaje político paradójico. Convertida por las víctimas de la austeridad en la encarnación de todos sus males, su imagen fuera de Alemania es de intransigencia, dureza, falta de empatía y severidad. A su pesar, se la compara habitualmente con Margaret Thatcher, la primera ministra británica que lideró el asalto al modelo social europeo surgido de la reconstrucción de posguerra. Pero cuando se investiga en la percepción pública de la figura de Merkel en su país, el diagnóstico es bien distinto.

Ángela no es ‘Maggie’. No es la «dama de hierro» de este comienzo de siglo. La supuesta afinidad ideológica de una y otra es aparente e incluso engañosa. El liberalismo doctrinario de Thatcher tiene elementos de proximidad con el liberalismo de contable de Merkel. Pero ambos responden a impulsos y objetivos distintos. El enfoque de la británica era acérrimamente individualista; el de la alemana está más teñido de ‘comunitarismo’.

A estas diferencias ideológicas, políticas o culturales, se añaden las de carácter o personalidad. Thatcher era una apasionadora, tenía poca atención a los matices y gustaba de apabullar y despreciar a sus adversarios. Merkel practica un estilo suave, ambiguo, cauto. No descalifica a sus oponentes, los escucha -o parece que lo hace- y, lejos de ningunearlos se apropia a veces de sus opiniones, consejos y propuestas, con una habilidad sorprendente. Lo mismo ocurre con sus socios europeos. ‘Maggie’ irritaba por su aspereza. ‘Ángie’ desespera por su tenacidad amable. Eso dicen quienes la conocen en tales lides.

De las lecturas recientes, destacamos algunas valoraciones agudas o inteligentes sobre el proyecto político y el estilo personal de la Canciller.

‘MERKIAVELO’

El sociólogo Ulrick Beck encuentra notables analogías entre Merkel y Maquiavelo, hasta el punto de construir este guiño lingüístico: «Merkiavelo». Beck ve en Merkel una hábil interprete de las enseñanzas de ‘El Príncipe’, en el manejo de las contradicciones entre soberanía nacional y construcción europea, en su temple para alargar la toma de decisiones hasta que los asuntos maduran y caen por sí solos. Combina seducción y coacción. Pese a la percepción de conducta impositiva, la legión de tecnócratas ‘merkeliano’s ha desarrollado una notable capacidad para convencer a sus socios de la necesidad de la austeridad, hasta convertirla en una política europea y no simplemente alemana. Ahora que parece haberse tocado fondo, ya no hablan de ‘austeridad’, sino de ‘solidaridad’. Juego de palabras.

Comparte Beck la idea de que resulta absurdo hablar de IV Reich, ni de amenaza teutona, porque el gran logro de «Merkiavelo» ha consistido en lograr una Europa alemana sin «lanzar las tropas». Más aún: sin caer en la tentación de presumir de liderazgo. Alemania mantiene un comportamiento inhibido, una modestia de discurso que no se corresponde con su poderío real.

Merkel es el símbolo de esa potencia discreta. Este público perfil bajo contrasta con el esfuerzo de los sucesivos presidentes franceses a no admitir, en la liturgia de las grandes ceremonias internacionales, la pérdida de peso nacional. O con la astucia británica de cultivar el poder de los símbolos imperiales. Alemania ha enterrado las manifestaciones públicas de sus viejos demonios de dominación. Sigue combatiendo con ellos de puertas adentro, con más o menos fortuna, como hemos visto recientemente con la actividad neonazi.

UNA POTENCIA DISCRETA

El reconocido intelectual crítico Jünger Habermas califica de «durmiente» la hegemonía alemana en Europa. En un artículo reciente para DER SPIEGEL, consideraba que detrás de esta estrategia se confundían tanto el deseo de no despertar viejos temores europeos como la falta de un auténtico proyecto político para fundamentar un liderazgo continental. «Ángela Merkel carece de un núcleo normativo», escribió Habermas. Este adormecimiento de las situaciones conflictivas hasta lograr lo que se pretende sin levantar polvo, esta práctica del antihéroe, tan propio de la narrativa oficial alemana de posguerra, no es lo que ahora necesita Europa, ni lo que cabe exigirle a Alemania en su papel real de estos tiempos, sostiene el intelectual.

Esta noción de «aburrimiento político» como táctica de gobierno es empleada también por el director del SUDDEUTSCHE ZEITUNG, Stefan Kornelius, en un artículo publicado por THE NEW YORK TIMES. Incide en esa discrepancia entre la Merkel real y la Merkel pública. Destaca su paciencia, su tesón, su capacidad de escucha, su búsqueda de consenso. Incluso su simpatía en las distancias cortas. Su reflejo de tortuga aflora en las campañas, en los actos públicos, en las ceremonias mediáticas: se hace lejana, distante, antipática, aburrida.

No debería contemplarse estas señales como carencia de habilidades políticas. Por el contrario, siguiendo a Ulrick Beck, quizás se trate de cálculo maquiavélico. Después de todo, esa actitud de administradora prudente le ha reportado éxitos políticos sucesivos. Uno de los eslóganes de campaña de la CDU es revelador: «Mantén la cabeza fría: Vota por la canciller».

LAS SOMBRAS DEL PASADO

En esta celosa discreción puede tener algo que ver la oscuridad que reina sobre gran parte del pasado de Merkel. Este año se publicó un libro que causó una gran polémica en Alemania sobre los orígenes políticos de la Canciller. Aunque nació en Alemania Occidental, su padre, un pastor protestante, se trasladó voluntariamente a la República Democrática, debido a sus convicciones socialistas. Ángela militó activamente en la juventud comunista, y llegó a ser responsable de «agitación y propaganda». A esta militancia contribuyó mucho, al parecer, su pasión por la cultura rusa, a la que la joven Ángela consideraba «plena de sentimiento».

Los autores no atribuyen a Merkel las habituales veleidades delatoras que se han descubierto, al cabo, en destacadas figuras de la intelectualidad germano oriental (o de otros países del Este). Pero recuerdan que ella nunca pretende pasar por una disidente. En todo caso, mostró su respaldo a la ‘perestroika’ y la ‘glasnost’ de Gorbachov. De hecho, Merkel no estuvo presente en las movilizaciones del otoño de 1989, ni fue una de las primeras dirigentes del periodo de transición. Helmut Kohl la descubrió cuando la unificación ya era un hecho.

Tal vez estas pinceladas arrojen una imagen más contrastada, menos estereotipada y superficial de la dirigente europea más impopular fuera Alemania, pero suavemente temida y desapasionadamente querida en su país.